Abogado y Magister en derecho. Ha sido ministro de Relaciones Exteriores (2001- 2002) y de Justicia (2000- 2001). También presidente...
La semana pasada se debatió en el Senado estadounidense sobre la continuidad —o no— de la ayuda militar irrestricta a Israel en el actual contexto de la guerra contra Gaza (antes) o contra Irán (ahora).
A diferencia de otras épocas y circunstancias, en este caso un bloque de senadores, encabezados por el senador demócrata Bernie Sanders, objetaron la continuidad de esa ayuda militar dadas las graves violaciones al derecho internacional humanitario cometidas por Israel en Gaza antes, y en el Líbano antes y ahora…
Un tema recurrente en el debate fue distinguir entre capacidades militares defensivas y ofensivas. Los partidarios de la resolución —Sanders y sus colegas— que objetaban la continuidad a ciegas de esa ayuda militar subrayaron que, si bien el derecho de Israel a la autodefensa goza de reconocimiento, el uso de determinadas armas ofensivas en zonas densamente pobladas —como Gaza— suscitaba serias preocupaciones éticas.
Pidieron que se revisara la forma en que se estructura y supervisa la ayuda militar estadounidense.
Otro argumento clave se centró en la opinión pública dentro de Estados Unidos, cada vez más adversa al involucramiento de los EE. UU. en una guerra con tantos miles de víctimas civiles. Así, varios senadores comentaron datos de encuestas y resumieron en el debate el creciente activismo de base que indicaba que un segmento creciente de la población estadounidense —en particular los votantes más jóvenes— se mostraba cada vez más en contra del apoyo incondicional a Israel. Este cambio se describió como un reflejo de preocupaciones más amplias sobre los derechos humanos y el derecho internacional humanitario.
Los defensores de la continuidad de la gigantesca ayuda militar de EE. UU. argumentaron que Israel se enfrenta a amenazas de seguridad legítimas y continuas, incluidas las de grupos militantes como Hamás. Desde esta perspectiva, restringir la asistencia militar podría socavar la capacidad de Israel para defenderse y podría envalentonar a sus adversarios.
Estos senadores también hicieron hincapié en la importancia estratégica de la alianza entre Estados Unidos e Israel. Argumentaron que Israel es un socio clave en una región inestable y que debilitar esta relación podría tener implicaciones más amplias para los intereses de EE. UU. y la estabilidad regional. Algunos advirtieron que condicionar la ayuda podría sentar un precedente que afectaría a otras alianzas de EE. UU.
El debate también abordó el papel del Congreso en la supervisión de la venta de armas, pues tampoco era aceptable una ayuda militar a ciegas después de lo hecho por Netanyahu en Gaza y por lo que venía ocurriendo con los civiles en el Líbano. Actuar a ciegas se puso en cuestión tomando en cuenta la preocupante información pública disponible sobre lo que estaba ocurriendo.
Los partidarios de la resolución argumentaron, así, que el Congreso tiene tanto la autoridad como la responsabilidad de revisar y, cuando sea necesario, bloquear las transferencias de armas. Enmarcaron la votación como un ejercicio de responsabilidad democrática, levantando con ello un principio que no debería llamar a sorpresa en el aparato legislativo de una sociedad democrática.
A ello se sumó un elemento adicional que complejizó aún más la discusión: la creciente presión internacional.
Diversos organismos multilaterales y organizaciones no gubernamentales han advertido sobre violaciones graves al derecho internacional humanitario, lo que ha contribuido a elevar el costo político de mantener una política de apoyo irrestricto y a ciegas hacia el aparato militar del cuestionado Netanyahu. Este factor ha empezado a influir no solo en el debate legislativo, sino también en la sociedad estadounidense y en la opinión pública global, generando un entorno más crítico y exigente frente a las decisiones de política exterior de Washington.
La resolución para bloquear o condicionar las ventas de armas no alcanzó la mayoría necesaria para ser aprobada, en gran parte debido a la oposición unificada de los republicanos y a que una minoría de demócratas votó en contra.
Aun siendo ese el resultado final, la votación reveló un cambio significativo: una amplia mayoría de senadores demócratas apoyó la medida, lo que indicaba un cambio mayoritario de postura dentro del partido.
Aunque la resolución finalmente fracasó, su importancia política fue considerable. Supuso uno de los mayores desafíos del Congreso al irrestricto apoyo militar de EE. UU. a Israel en décadas. El debate también situó las cuestiones de los derechos humanos, la protección de la población civil y la rendición de cuentas en el primer plano de los debates sobre la política exterior estadounidense. Algo nuevo.
Todo eso dentro de un contexto en el que en la región hay un nuevo actor con notable capacidad bélica que es Irán, ingrediente nuevo —y poderoso— en ese escenario complejo. Que debiera llevar a que las conversaciones de paz sobre lo que viene ocurriendo en la región sean consistentes —no solo para la exhibición— y consideren seriamente a este nuevo componente, del cual se deriva un nuevo escenario en el que esa voz —antes ausente— debe ser tomada ahora en cuenta si se quiere, en serio, un acuerdo de paz.
En ese sentido, el escenario futuro aparece marcado por una mayor incertidumbre, pero también por la posibilidad de redefinir las reglas del involucramiento internacional en conflictos regionales.
La discusión en el Senado ha sido algo importante, porque no solo refleja algunas de las tensiones coyunturales, sino que anticipa un debate más amplio sobre los límites del poder, la legitimidad de las intervenciones de terceros países y el peso de los valores en la política exterior estadounidense.
A medida que avanzaba el debate, quedó claro que el Senado está profundamente dividido.
Mientras la mayoría de los senadores republicanos se opuso a la resolución que cuestionaba la continuidad de la ayuda irrestricta, el grupo demócrata mostró solidez y una variación interna significativa. En particular, un número considerable de senadores demócratas expresó su apoyo a al menos alguna forma de restricción o supervisión. La votación final reflejó esta división.
La resolución para bloquear o condicionar las ventas de armas, sin embargo, no alcanzó la mayoría necesaria para ser aprobada, en gran parte debido a la oposición unificada de los republicanos y a que una minoría de demócratas votó en contra. Sin embargo, la votación sí puso de manifiesto un cambio significativo y trascendente: una amplia mayoría de senadores demócratas apoyó la medida, lo que indicaba una variación sustancial de postura dentro del partido.
Aunque la resolución finalmente no se aprobó, su importancia política fue considerable. Supuso uno de los mayores desafíos desde el Congreso al irrestricto apoyo militar de EE. UU. a Israel en décadas. El debate también situó en el centro del debate las delicadas cuestiones de los derechos humanos, el derecho internacional humanitario, la protección de la población civil y la rendición de cuentas como aspectos medulares y prioritarios en el diseño y ejecución de la política exterior estadounidense. Algo nuevo.
Todo eso dentro de un contexto en el que en la región hay un nuevo actor con notable capacidad bélica que es Irán, ingrediente nuevo en ese escenario complejo, que debiera llevar a que las conversaciones de paz sobre lo que viene ocurriendo en la región tengan que considerar seriamente a este nuevo componente, del cual se deriva un nuevo escenario en el que esa voz —antes ausente— debe ser tomada en cuenta.

Abogado y Magister en derecho. Ha sido ministro de Relaciones Exteriores (2001- 2002) y de Justicia (2000- 2001). También presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Fue Relator Especial de la ONU sobre Independencia de Jueces y Abogados hasta diciembre de 2022. Autor de varios libros sobre asuntos jurídicos y relaciones internacionales.