
Los delincuentes violentos ya están lanzando granadas contra sus víctimas urbanas. Siguen profundizándose dos modalidades de crimen muy violento en el país: la extorsión a negocios y la guerra entre bandas criminales. Esto último en diversos sectores de la economía ilegal. En medio de esto, la cifra de delitos menores sigue creciendo a toda velocidad.
Podemos mencionar otros dos espacios criminales: la defensa armada de la droga, cultivada o elaborada, en la zona de producción, y la lucha entre bandas territoriales urbanas.
Los candidatos a las alcaldías del país ofrecieron hacer algo contra la inseguridad ciudadana, pero ninguno de los ganadores ha movido un dedo. En realidad, más allá de los buenos oficios de los serenos para la falta vecinal y el delito menor, los municipios no están facultados para enfrentar el crimen violento. Aun así, es una promesa electoral eficaz.
Después de una racha de declaraciones, el entusiasmo de diversos tipos de autoridades por parodiar a Nayib Bukele ha casi desaparecido, una vez que se vio que ese paquete autoritario no era tan fácil de replicar. Al cambiar el plan Bukele por el plan Boluarte, el premier Alberto Otárola liquidó la cosa en el huevo mismo.
Para los profesionales encargados de resolver el problema, la cosa no es fácil. Por lo pronto está la corrupción entre sus propias filas, que funciona como una quinta columna. Luego están las cuestiones de eficiencia, un tema de sempiterno debate. Las dos limitaciones se potencian y propician una perenne tentación de reorganizar que rara vez funciona.
Para los medios la violencia criminal se ha convertido en un espectáculo que el público sigue, como hipnotizado. Como si la desgracia del prójimo nos reconfortara, al mostrar de lo que uno se ha salvado. Publicitar la violencia criminal es lamentable, pero mucho peor sería ocultarla. Pero ambas son opciones con poca utilidad frente al problema.
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En algún punto está activa una difundida impunidad para los hampones violentos. Los vemos prontamente liberados por jueces que luego ponen cara de bobos. También operando desde las cárceles, o no habidos o prófugos. La prensa se regodea con sus apodos individuales o colectivos. Sus crímenes compiten por las primeras planas y el horario estelar chicha.
¿Dónde están las soluciones, parciales o totales? Es obvio que los columnistas no las tienen. Nosotros solo podemos apuntar con el dedo hacia el problema. Como si hiciera falta.





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