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Opinión

¿Qué hay después del demonio del dengue?

"Antes de ser Piura, la ciudad norteña se llamaba San Miguel de Piura (1532). Su historia se construyó, así, sobre un nombre que, como todo credo, despertaba súplicas".

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Pacientes con dengue en los pasillos del centro de salud de Pachitea, Piura. Foto: Maribel Mendo / La República

Antes de ser Piura, la ciudad norteña se llamaba San Miguel de Piura (1532). Su historia se construyó, así, sobre un nombre que, como todo credo, despertaba súplicas; el pueblo avanzó bajo esta concepción y la propagó a través del tondero más popular del desierto: “Que viva y reviva mi San Miguel, todita la noche rezo por él”. El corillo se desempeña ahora como una banda sonora oportuna porque cada año el dengue despierta invocaciones al demonio y hace pensar que el eterno calor se asemeja al infierno.

Y, con el infierno, llega la lluvia, el polvo, el miedo al desborde del río. La emergencia sanitaria que hoy gobierna titulares y actualizaciones web es parte de un paquete sin fecha de vencimiento. El temor de que suceda lo mismo que en 2017 aparece, como espíritu del mal, todos los veranos —siempre perpetuos—. ¿La causa? El desamparo del Estado: son ahora los zancudos los que lideran más que las autoridades y movilizan a la ciudad hacia las postas y los cementerios.

El Centro Nacional de Epidemiología, Prevención y Control de Enfermedades del Minsa ha confirmado, hasta el 1 de junio, 49 fallecidos y más de 34.000 casos de dengue en la región. Las cifras, el desabastecimiento de medicina, el déficit en el despliegue del personal de salud y el amilanamiento de Rosa Gutiérrez, la ministra del sector, nutren la furia colectiva y también el desconsuelo: los piuranos saben que este escenario encierra solo los primeros eslabones de una cadena de angustia; vendrán después el desfase escolar y universitario, las crisis laborales por ausencias continuas, los aprietos económicos y los cuerpos débiles y de pieles con rush.

En suma, una vez despejado el dengue —si es que existe una estrategia gubernamental eficiente para ello— quedará sobre una tierra de comida maravillosa y playitas paradisíacas —como dicen los turistas— un espíritu deshidratado y harto de Paracetamol que deberá acoplarse a la cotidianidad sin mirar los desequilibrios emocionales camuflados con repelente. “Que viva y reviva mi San Miguel, todita la noche rezo por él”. Rezamos y rezaremos.

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