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A los 7 años ya era un genio soviético reconocido con un coeficiente intelectual de 142, pero su vida terminó antes de los 30

Pável Konoplev, prodigio soviético nacido en 1971, destacó por su alto coeficiente intelectual y habilidades matemáticas desde muy joven, representando la imagen ideal del niño soviético.

A pesar de sus logros académicos, Konoplev enfrentó aislamiento emocional y problemas mentales.
A pesar de sus logros académicos, Konoplev enfrentó aislamiento emocional y problemas mentales. Foto: Soviet Art/USSR Culture

Nacido en Moscú en marzo de 1971, Pável Konoplev fue uno de los niños más brillantes de la URSS. Con tan solo 7 años, su coeficiente intelectual fue evaluado en 142, un resultado que sorprendió a los neuropsicólogos soviéticos. Capaz de resolver problemas matemáticos complejos y dominar conceptos como logaritmos antes de entrar a la escuela, se convirtió en un ejemplo extremo del talento precoz que el sistema soviético intentaba potenciar.

Konoplev aprendió a leer y escribir observando a sus padres, sin necesidad de instrucción formal. Desde muy temprano, encarnó la imagen ideal del niño URSS: educado, disciplinado, brillante y útil al Estado. Pero detrás del reconocimiento y los logros académicos, su vida estuvo marcada por el aislamiento emocional, la presión y enfermedades mentales que nunca fueron tratadas de forma adecuada.

El ascenso del prodigio soviético

Con 15 años, el niño URSS se graduó de secundaria e ingresó directamente a la Facultad de Matemáticas Computacionales y Cibernética de la Universidad Estatal de Moscú. No solo destacó en áreas como astronomía, programación y economía, sino que también escribió ensayos literarios, prosa y poesía con notable nivel.

A los 18, se convirtió en el diputado más joven del consejo distrital en su ciudad natal, durante un periodo de apertura política en la URSS. Lo movía el deseo de ayudar, pero también cargaba con una creciente sensación de soledad. A pesar de su talento, sus compañeros universitarios no lo respetaban. Lo utilizaban para resolver tareas académicas, sin reconocer su valor como persona. Esta falta de validación afectó su salud emocional.

En su etapa de posgrado, centró sus estudios en la predicción matemática del futuro, pero fue entonces cuando comenzaron a aparecer los primeros signos de desequilibrio psicológico: estallidos de ira, frustración constante y una profunda insatisfacción personal.

Enfermedades mentales y un diagnóstico erróneo

Konoplev fue diagnosticado con “esquizofrenia lenta”, una categoría clínica común en la URSS para describir una variedad de trastornos mentales, que en muchos casos incluía depresión o ansiedad severa. Comenzó un tratamiento con fármacos antipsicóticos, pero su estado físico se deterioró rápidamente. Los episodios violentos en casa, los objetos rotos y su conducta errática obligaron a hospitalizaciones frecuentes durante casi una década.

Un endocrinólogo psiquiatra modificó el tratamiento, lo que trajo una leve mejora temporal. Aun así, Konoplev nunca volvió a su estabilidad inicial. Durante los años siguientes se dedicó a realizar investigaciones en solitario, apartado del circuito académico. Su madre siempre cuestionó el diagnóstico oficial, convencida de que había sido mal diagnosticado.

Muchos expertos señalan que en la URSS se abusaba del término “esquizofrenia lenta” para catalogar cuadros clínicos que requerían abordajes diferentes. Esto dejó a muchos pacientes sin el tratamiento psicológico adecuado, con secuelas irreparables.

El niño prodigio de URSS que murió sin pena ni gloria

Pável Konoplev fue internado por última vez en marzo del año 2000. Murió el día 29 por una embolia pulmonar, a los 29 años. Dos horas antes, había hablado con su madre por teléfono. Ella responsabiliza a los médicos por su muerte. Afirma que los medicamentos administrados en los últimos días alteraron su sangre y provocaron el desenlace.

“La gente con un talento excepcional necesita apoyo toda la vida. En muchos aspectos son genios, pero en otros siguen siendo tan vulnerables como niños”, dijo su madre, en una entrevista posterior. Su testimonio refleja una realidad poco visibilizada: muchos niños con inteligencia sobresaliente, como Konoplev, enfrentan enormes desafíos psicológicos y emocionales al llegar a la adultez.

Pável Konoplev no fue el único. En la URSS, los niños prodigio eran celebrados como símbolos del éxito estatal, pero raramente recibían el acompañamiento psicológico necesario. El sistema educativo priorizaba el rendimiento académico y la disciplina, sin una estructura real para tratar las enfermedades mentales.

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