
En la película Reflejos en un ojo dorado (1967) confluyen varios factores importantes a tener en cuenta. En los roles protagónicos tiene a dos superestrellas de Hollywood en plena madurez expresiva. Elizabeth Taylor tenía 35 años y ya había ganado dos premios Oscar a mejor actriz, siendo el último de 1966 por su rol en ¿Quién le teme a Virginia Woolf? Por su parte, Marlon Brando, de 45 años, ya figuraba como uno de los grandes actores de su tiempo tras romperla en Un tranvía llamado Deseo (1951) y La ley del silencio (1954).
El director John Huston llevaba más de dos décadas de labor y con títulos, a la fecha considerados clásicos, como El halcón maltés (1941) y La reina del África (1951). Estaba en la venerable edad de 61 años y con un nombre ya ganado en la historia del cine.
El trabajo que los juntó, la novela de Carson McCullers, Reflejos en un ojo dorado de 1941, había tardado mucho tiempo en ser llevada a la pantalla grande debido a su carácter polémico y controversial. Este es, además, un proyecto literario que calzó con la crisis matrimonial de la autora con Reeves McCullers, de quien se divorció un año antes de la publicación a razón de los conflictos de identidad que ambos tenían. Crisis de identidad, indiquemos, que sustenta el diáfano nervio narrativo de su celebrada novela.
La película
En una base militar del sur de Estados Unidos en los años 30, en Georgia, el mayor Weldon Penderton (Marlon Brando) trata de llevar una vida aparentemente normal con Leonora (Elizabeth Taylor). Las primeras escenas muestran a Weldon ejercitándose antes de empezar su día, pero sus gestos no denotan tranquilidad, mucho menos plenitud. Esta imagen se ve reforzada en hechos simples de la cotidianidad, como cuando mira con deseo a Leonora montando a su purasangre llamado Firebird por los campos que circundan su propiedad. En cuanto a Leonora, ella es una mujer reconocida por su belleza y deseada por más de uno en la base militar.
John Huston. Imagen: Difusión.
Algo pasa en esa pareja. Huston, como gran cirujano de la psicología humana, explora la crisis mediante los detalles y estos son brindados a gusto por Weldon, ya sea cuando este observa el comportamiento social de Leonora y, sin querer, a otros hombres. Weldon ejerce una autoridad en la base militar. Es profesor. Pero esta autoridad es solo nominal. Todos hablan a sus espaldas, murmuran frases en doble sentido, principalmente cuando se hace referencia a su esposa. Weldon es impotente. En este sentido, resulta de antología cuando Leonora, estando desnuda, provoca a Weldon en franco mensaje de que ella es quien manda en el matrimonio. Pero eso no es suficiente; Leonora tiene un amante: el coronel Morris Langdon (Brian Keith). Langdon y su esposa Alison (Julie Harris) son amigos de los Penderton.
Weldon no es tonto. No le importa sentirse observado por los demás. En este punto, queda claro que Huston halló en la actuación de Brando el punto de inflexión de la historia. Nada le sacará a Weldon de la cabeza que Leonora tiene un amante. Y todas las sospechas recaen en el soldado Williams (Robert Forster), quien cuida a Firebird y está obsesionado con Leonora, a quien espía en las noches mientras duerme.
En paralelo, Huston presenta una subtrama. La historia de los Langdon. Alison tiene un sirviente filipino llamado Anacleto (Zorro David). Alison está segura de que Morris está viendo a otra mujer. Alison necesita de la ayuda de Anacleto para mantener en equilibrio su salud mental. Esta crisis de los Langdon le da sentido (no vamos a adelantar) al romance de Morris con Alison.
Ya preso de la locura, Weldon no solo está seguro de que su esposa lo engaña con Williams, sino que a la vez este soldado se ha convertido en un silencioso objeto de deseo para él. Eso no es suficiente; Weldon deja de solapar su odio por Firebird. A razón de este purasangre, es que vemos una de las escenas más impactantes de la película, en la que Leonora castiga frente a todos, en una fiesta, a su esposo por las heridas causadas a Firebird. El purasangre es más importante para ella que su propio esposo.
Esta historia no acaba bien. Pero más allá de su desenlace, Huston demuestra que es un maestro de la enajenación humana sin recurrir a efectismos baratos y descaradamente gráficos (basta la sugerencia, la base del erotismo). Reflejos en un ojo dorado cumplirá 60 años en 2027 y es más actual y fresca que muchas películas contemporáneas que exploran la enajenación sexual, la identidad y la salud mental. Es una obra maestra.

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