
Hace 21,9 millones de años, una erupción volcánica en el norte de Chile cubrió un paisaje completo bajo una capa de roca. El depósito, procedente de la caldera de Lauca, alcanzó hasta un kilómetro de espesor en algunos sectores y conservó pistas sobre la antigua forma de la cordillera de los Andes.
El hallazgo permitió a investigadores de la University College de Londres (UCL) reconstruir aquel relieve. El estudio, publicado en Science Advances, compara el proceso con Pompeya, a una escala mucho mayor: en lugar de sepultar una ciudad, la erupción cubrió un paisaje entero con una mezcla de ceniza, fragmentos de roca y gases volcánicos.
La erupción de la caldera de Lauca produjo una extensión de ignimbrita, un tipo de roca volcánica que surge de materiales expulsados durante grandes erupciones. La capa cubrió un área seis veces mayor que Santiago de Chile y casi tres veces superior a la del Gran Londres. En ciertos sectores llegó a 1 kilómetro.
Depósitos de ignimbrita de Cardones, erosionados por el río Lluta en el norte de Chile. Foto: Frances J. Cooper
Ese manto volcánico actuó como un registro natural. Aunque el paisaje quedó fuera de la vista por millones de años, su forma dejó pistas en la estructura del depósito. Los científicos recurrieron a modelos para reconstruir qué superficie pudo existir antes de la erupción.
"No podemos excavar para ver el paisaje enterrado, pero podemos usar la forma del manto volcánico y lo que sabemos sobre cómo los ríos dan forma a las montañas para deducir lo que se esconde debajo”, dijo Byron Adams, investigador de la UCL y autor principal del estudio.
El equipo creó cientos de posibles paisajes antiguos y simuló cómo los ríos habrían transformado sus relieves con el paso del tiempo. Después comparó esos escenarios con las características de la capa volcánica. El resultado indicó que solo superficies con un relieve relativamente bajo podían encajar bajo el gigantesco depósito.
La reconstrucción apunta a un territorio parecido a zonas de piedemonte, con pendientes moderadas y montañas poco abruptas. Un relieve mucho más pronunciado habría desarrollado pendientes demasiado empinadas para coincidir con la geometría preservada bajo la ignimbrita.
La forma del paisaje enterrado permitió estimar cuánto se elevaban las rocas en esa parte de la cordillera. Los investigadores calcularon una tasa de hasta 0,26 kilómetros por millón de años, equivalente a unos 2,5 centímetros por siglo. Esa cifra apunta a un ascenso lento y sostenido durante millones de años.
"Este enfoque nos brinda una nueva forma de analizar la historia de la Tierra. Los métodos actuales para estimar la velocidad de formación de las montañas se basan en relojes químicos en la roca, pero estos se limitan a momentos específicos en el tiempo. Nuestro método puede estimar el levantamiento de las rocas durante un período mucho más largo", explicó Adams.
El estudio respalda la hipótesis de que los Andes crecieron de manera gradual durante decenas de millones de años, frente a la posibilidad de un levantamiento muy lento seguido por un ascenso rápido durante los últimos 6 a 10 millones de años. Los autores también señalan que su estimación coincide con investigaciones previas basadas en minerales que registran cambios de temperatura asociados al ascenso de las rocas.





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