
Australia reutiliza miles de toneladas de lana de oveja para enfrentar la degradación del suelo y el avance de la desertización, uno de los mayores desafíos de su agricultura. La iniciativa, respaldada por ensayos científicos, aprovecha este material natural como cobertura para los cultivos con el objetivo de conservar la humedad, mejorar la fertilidad del terreno y recuperar áreas agrícolas afectadas por décadas de explotación intensiva y sequías recurrentes.
La estrategia también ofrece una salida a otro problema que enfrentaba el país. Aunque Australia continúa siendo uno de los principales productores de lana del mundo, la caída de la demanda internacional convirtió este recurso en un residuo de difícil aprovechamiento, acumulando cerca de 200.000 toneladas al año sin destino comercial.
La pérdida de calidad del suelo es un problema en varias regiones de Australia. Años de cultivo intensivo, sumados a las sequías cada vez más frecuentes, han provocado una reducción de la materia orgánica, la compactación del terreno y la desaparición de microorganismos esenciales para mantener la fertilidad agrícola.
La magnitud del desafío resulta especialmente importante en un país que dispone de más de 427 millones de hectáreas destinadas a la agricultura y cuya producción anual supera los 90.000 millones de dólares.
Los efectos del deterioro ya son visibles en distintas regiones. En Nueva Gales del Sur, el carbono orgánico del suelo disminuyó más de 3% entre 2006 y 2020. Mientras tanto, en Australia Occidental, la erosión causada por el viento llega a arrastrar hasta 1,8 toneladas de tierra por hectárea cada año, debilitando aún más la estructura del terreno.
Frente a este escenario, investigadores comenzaron a evaluar el potencial de la lana de oveja reciclada como una alternativa para recuperar la salud del suelo y mejorar las condiciones de los cultivos.
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La técnica consiste en utilizar lana procesada como cobertura sobre la superficie del suelo. Su principal componente, la queratina, permite que las fibras absorban hasta el doble de su propio peso en agua, contribuyendo a conservar la humedad durante más tiempo.
Además, la estructura de la lana genera pequeños espacios de aire que favorecen la oxigenación de los terrenos compactados y crean condiciones más adecuadas para el desarrollo de microorganismos beneficiosos.
Los ensayos realizados en distintas regiones australianas muestran resultados prometedores. Según los datos obtenidos, esta cobertura natural reduce hasta un 35% la evaporación del agua y aumenta entre un 30% y un 50% la actividad microbiana del suelo.
Asimismo, el uso de gránulos y compuestos elaborados con lana permitió registrar incrementos de producción de hasta un 18% en algunos cultivos, gracias a una mejora progresiva de la calidad del terreno y a una mayor capacidad para conservar la humedad durante los periodos secos.
Con esta estrategia, Australia no solo busca recuperar suelos degradados y combatir la sequía, sino también dar un nuevo uso a un recurso que durante años se había convertido en un problema por la falta de demanda comercial.





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