El caviar también llora

¿Recuerdan lo que pasó hace casi cinco años? Las dos peores opciones, otra vez, habían pasado a la segunda vuelta. Toledo y PPK se habían aniquilado entre sí, dejándole la cancha libre a Keiko y Humala. Un gran sector de la opinión pública (que no es lo mismo que decir “un gran sector de la población” porque no toda la población tiene una opinión sobre qué demonios sucede en la política) se sumió en un dilema digno de tragedia griega. Por un lado tenías a Keiko Fujimori, rodeada de figuras de los 90 (Rey, Chávez, Trelles, etcéteras varios) y, por el otro, a Ollanta Humala, que había reivindicado las nefastas presidencias de Velasco y Hugo Chávez.
 
Un grupo de personas —pequeño pero que pronto se convertiría en el fiel de la balanza (Humala terminaría ganando por un margen de 400 mil votos)— había entrado en genuino desconcierto. Sin embargo, mientras tanto y casi de inmediato, el establishment decidió cuál era la salida: Keiko Fujimori. Los representantes de los grupos de poder económicos (tanto en sus roles de entrevistados como de entrevistadores) se la jugaron descaradamente por la candidatura fujimorista. Salvo honrosas excepciones (algunas de las cuales terminaron expulsadas de sus medios, como sucedió con la purga que llevó a cabo la administración de entonces de El Comercio/América TV), la mayoría de periodistas de los medios masivos se alineó alrededor de una opción.
 
Mientras eso sucedía, Humala se esforzó en dar varias señales de que, de ganar, no seguiría ni por la senda de Velasco ni por la de Chávez. En honor a la verdad, ya había intentado dar esas señales antes de la segunda vuelta pero persistían aún vestigios de su velasquismo/chavismo, como el tan escudriñado Plan de Gobierno de la Gran Transformación. Alguien, quizás Nadine, quizás Favre, lo convenció de que su única salida era pasar por un proceso que —a falta de un mejor término— llamaremos caviarización. Es decir, comprometerse con la lucha anticorrupción, la defensa de los derechos humanos y el respeto a la institucionalidad democrática. Este florazo se plasmó en la Hoja de Ruta y fue bendecido por Su Santidad Mario V. (amén).
 
El resto es historia conocida: Humala ganó y tanto sus nuevos aliados como sus viejos enemigos se aseguraron de que no pueda hacer nada ni ligeramente parecido a Chávez. Su gobierno, sí, es un desastre pero por débil y no por autoritario (como se temía).
 
Por supuesto, aún persiste un grupete radical y francamente ridículo (pero con bastante llegada a medios) de gente que, en estos 5 años, se ha esforzado en ver indicios de chavismo en cada respiración de Humala. La piconería del perdedor electoral terminaba generando comentarios histéricos hasta el ridículo, recordando el polo rojo, la Gran Transformación, Venezuela. Un espectáculo patético, a toda hora, en medios masivos y redes sociales.
 
Buena parte del proceso que acabo de describir podría terminar aplicándose también a los antifujimoristas del 2015: una candidata de reivindicaciones de un pasado autoritario y corrupto ha emprendido un proceso de caviarización que probablemente le asegure la victoria, pero viene siendo cuestionada con argumentos histéricos que se quedan anclados en un pasado que se está dejando atrás. Así como le convino al Perú que el candidato finalmente ganador del 2011 abandonara sus raíces, nos podría convenir que la candidata finalmente ganadora del 2016 se termine desligando del conservadurismo y de los 90. Menos histeria y más memoria, amigos caviares. No vayan a terminar convertidos en aquello de lo que se han venido riendo en estos años.

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