El ser peruano creativo y el destructivo, según Saúl Peña
Homenaje. Compartimos extractos de la reflexión de Saúl Peña, psicoanalista, psiquiatra, fundador de la Sociedad Peruana de Psicoanálisis, profesor honorario de la Universidad Mayor de San Marcos, fallecido el 4 de diciembre. Su artículo “El ser del peruano” se publicó en Acta Médica Peruana, en el 2011, pero sigue vigente.

Reflexión de Saúl Peña
El peruano proviene fundamentalmente de una dualidad física, psíquica y cultural, de polaridades. Dentro de estas se encuentra el instinto de vida, Eros, frente al instinto de muerte, Tánatos; la creatividad y la destructividad, el amor y el odio, lo autóctono y lo foráneo, la pobreza y la riqueza, la libertad y la esclavitud, procesos de identificación y de contraidentificación.
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Podridos, incendiados
Como decía Basadre en 1947, en Meditaciones sobre el destino histórico del país, “en el Perú nos encontramos con los podridos, los congelados y los incendiados”. Agregaría a las personas que sustentan su existencia en la apariencia, con una interioridad, si no hueca, falsa; pero felizmente tenemos que reconocer y admirar la existencia de peruanos íntegros, sensibles y amantes de la paz y de la vida.
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Los podridos, dice el historiador, son los que han prostituido y prostituyen las palabras, conceptos, hechos e instituciones, al servicio exclusivo de sí mismos. Los congelados se han encerrado dentro de ellos mismos y no miran sino a quienes son sus iguales, y nadie más existe. Los incendiados se han quedado sin iluminar y se agitan sin construir. Los primeros han hecho todo lo posible para que este país sea una charca, los congelados lo ven como un páramo y los incendiados quisieran prender explosivos para que surja una gigantesca fogata.
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La peruanidad enfrenta dilemas éticos y encubrimientos que es necesario detectar y esclarecer; así como comprender la violencia, la crisis de identidad, los complejos de culpa y mitomanía social, manteniendo las ideas, el diálogo interno y externo, el quehacer del ayer, del hoy y del futuro.
La identidad peruana existe, no la idealizada ni la denigrada, sino la real; la que incluye el reconocimiento de lo creativo y de lo destructivo, del amor y del odio, de la proximidad y de la distancia, de la envidia y la gratitud, de la solidaridad y mezquindad, de la cultura y de la ignorancia, de la pobreza y de la riqueza, de la verdad y de la mentira, de la inocencia y la malicia, de la megalomanía y de la modestia, de la ambición y el desprendimiento, de la guerra y la paz, de la dependencia e independencia, del sometimiento y liberación, de la libertad y esclavitud, de la vida y de la muerte.
Los residuos de la conquista, de la colonia, del virreinato y de muchos periodos de la república han determinado que el peruano viva espacios de sometimiento, externos e internos.
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Así son. “Algunos líderes son expresión hipertrofiada del falso ser, de una corrupción interior”. Foto: difusión
Existe, en gran medida, y lamentablemente, el peruano que es falso y que trata de aparentar o aparecer como ético y justo. En su vida cotidiana trata de sacar beneficios, con una identidad escindida entre lo que dice y lo que hace. El tipo de defensa que utiliza no solo es la negación sino la inversión, en la que trata de aparecer como algo bueno lo malo que hace. Algunos líderes son expresión hipertrofiada del falso ser, de una corrupción interior y de aspiraciones exacerbadas de sí mismo y de muchos.
La herencia de factores negativos coloniales y virreinales tiene que ver con la hipocresía, el encubrimiento y la mentira que ha llegado a ser institucionalizada. Esto no niega la responsabilidad del peruano actual que no puede justificar su comportamiento y conducta adjudicándolos a su historia política o familiar, debe asumir la responsabilidad que le corresponde. Los que dicen la verdad suelen caer muy mal.
La mentira está vinculada al autoritarismo, a la carencia de educación y a limitaciones personales, familiares, económicas y éticas. Todo esto genera una falta de autoestima, desde los sectores más deprimidos hasta los más encumbrados. Pero también hay peruanos prósperos, con ética, que no les gusta abusar de los otros.
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No es que el peruano no tenga memoria sino que algunos, en su ambivalencia y en su carencia espiritual, tienen un aspecto que quiere salir de ello y un sentimiento de envidia creativa al identificarse con aquel que ve en paz, contento y seguro de sí mismo, pero otro aspecto de él desea ser como el vivo que logró en una forma no ética alcanzar lo que quería; de ahí que se identifica, no por olvido, con el exitoso, así sea ladrón o asesino.
El poder no es suficiente; percibimos a personajes con un poder enorme y que sin embargo se sienten amenazados y perseguidos interiormente. Su comunicación es desconfiada, paranoide y tratan de eliminar este temor de adentro por el de afuera inexistente, pero muy en consecuencia con su tendencia ambiciosa compensadora.
El día en que haya amor auténtico, espontáneo, natural entre los que conformamos la peruanidad, esta va a llegar muy lejos, pero superar los prejuicios es muy difícil y reitero, solamente podrá lograrse algo si estos se resuelven gradual, genuina, libre y responsablemente.
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Voz. “Es importante que la gente vuelva a comprometer su pasión en algo que creía perdido”. Foto: difusión
Creo en una revolución humanista y universalista que logre gradual y laboriosamente llegar a un nosotros, a amar al otro, manteniendo incluso nuestra diferenciación, individuación y separación, con la posibilidad de un connubio o cópula auténtica. Esto sería un predominio del Eros sobre el Tánatos, de la superación del racismo, de la xenofobia; de lo espontáneo sobre lo obligatorio, de lo natural sobre lo artificial, de lo auténtico frente a la falsedad; es decir, podríamos llegar a un nivel medular y esencial del alma que es lo axiológico y afectivo instintivo.
Y esta es la forma en que entiendo el inconsciente de Mariátegui, porque él, más que socialista, era un humanista. Creo que cualquier reivindicación tiene que integrar el plano filosófico, cultural, ético, espiritual, lingüístico con lo económico y lo político. Es decir, se tiene que resolver el problema del inconsciente, llámese colectivo o cultural. Son dialécticas revolucionarias distintas pero lo son. Hay que trabajar en contra de un poder exclusivo, agresivo, desafectivo, voraz, excesivamente ambicioso que quiera mantener solo para sí los bienes.
El patriotismo no solo es recordar nuestro pasado, sino vivir con satisfacción plena el ser peruanos, mirar hacia el futuro con el reconocimiento de nuestro pasado y presente.
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Si integramos saludablemente nuestra diversidad no solo tendremos una cópula creativa de nuestra interioridad: pasado, presente y futuro, sino una joie de vivre, una alegría de vivir suficiente y plenamente libres y comprometidos. Es decir, consolidar nuestra historia, pero responsabilizarnos de qué hacemos con ella, sin discriminaciones ni prejuicios sino con experiencias, vivencias y diálogos internos y externos que nos permitan disfrutar de esta peruanidad y tender a una universalidad, que se enriquecen y fortalecen mutuamente.
Creo que el énfasis no debe estar exclusivamente puesto en las empresas privadas y no privadas; a buena hora, celebremos sus éxitos, esfuerzo y conocimiento. No nos veamos seducidos por el esplendor de los pocos, sino dirijamos nuestro espíritu, nuestra alma a hacer algo, pero algo real por los que no tienen. Que no solamente no carezcan de alimento material y económico, sino que tengan la oportunidad de desarrollarse como seres humanos plenos, con una ética espiritual y psíquica.
Gran parte de la clase política ha dado muestras de negligencia y corrupción. La gente está desilusionada y es importante que vuelva a comprometer su pasión en algo que creía perdido. Hay que aprender a mirar los tiempos y no solamente lo externo y el afuera sino lo interno y propio.
Los grandes procesos no se dan en pocos años, tenemos que mirarnos en el mundo y salir de esta visión monolítica y escotomizante. Tenemos que aprender a conocernos y aceptarnos en nuestra realidad con afecto, cariño y tolerancia mutua, y no mirarnos con desprecio que conduce a la pérdida de identidad. Es importante desligarnos de prejuicios ancestrales, atávicos y destructivos.
La identidad y el ser del peruano está en la potencial capacidad que tenemos de integrarnos con la certidumbre, la confianza, el amor, la pasión lúcida y creativa para un “nosotros” que incluya genuina y auténticamente todas las sangres.
“Debemos superar prejuicios anacrónicos”, dice Peña y menciona a ‘héroes’ del país
“Es importante destacar como un logro esperado por mucho tiempo el derecho de la mujer a una educación igualitaria. Quizás esta sea la contribución más valiosa a nuestra identidad y cultura, luego de superar prejuicios anacrónicos, sustentados en una envidia destructiva, malsana y de profunda ingratitud. La mujer peruana, gracias a la educación, entre otros factores, está consolidando su independencia y aporte espiritual, sexual, económico y político”.
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“Las clases pudientes y medias pueden tener felizmente una educación, una economía y un conocimiento que les permite una situación muy diferente a la del pobre o desvalido que está expuesto a situaciones deplorables y a sentimientos de venganza y revancha”.
“Debemos nuestra gratitud permanente a los precursores y héroes de nuestro país, y contamos con paradigmas como José Carlos Mariátegui, César Vallejo, Jorge Basadre, José María Arguedas, Raúl Porras Barrenechea, Víctor Andrés Belaunde, Julio C. Tello, Blanca Varela y Leopoldo Chiappo que han destacado en el Perú y en el mundo. Y actualmente Francisco Miró Quesada C., Gustavo Gutiérrez, Luis Jaime Cisneros, Mario Vargas Llosa y Javier Pérez de Cuéllar, entre otros, personas universales, cuyos alcances son reconocidos mundialmente”.
“El peruano mira los asuntos del país y cree que solo el Perú tiene problemas particulares. No entiende que todo es parte de los grandes procesos del mundo. No estamos solos”.
Patología
Excepciones. “Las instituciones y la historia política de los líderes y de los gobernantes posteriores a la conquista, la colonia y el virreinato, con honrosas excepciones, no muestran un interés por el país ni por los otros, sino por su propio beneficio (184 años de corrupción en el Perú, por Héctor Vargas Haya). La patología política es más lesiva que la individual”.
Confianza. “El peruano está perdiendo la credibilidad y la confianza en las instituciones, incluyendo el clero”.














































