Periodismo que incomoda al poder: la serie “Tijuana”
Una serie de Netflix pone en bandeja el compromiso con la verdad del periodismo. Con Damián Alcázar a la cabeza, los periodistas de un semanario mexicano denuncian con investigación, no con palabras ni demagogias.
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En la parrilla de Netflix aún es posible encontrar una serie muy buena, la cual calza a la perfección con los tiempos electorales que vivimos. La hemos vuelto a ver, tanto por su dimensión visual como por su valor ético y moral. Es una serie sobre la labor periodística frente a la corrupción.
Tijuana, de Zayre Ferrer y Daniel Posada, se estrenó en 2019. Es una producción mexicana inspirada en el Semanario Zeta, publicación tijuanense que desde su fundación en 1980 ha sido víctima de no pocos atentados por denunciar actos políticos de corrupción y exponer la logística del narcotráfico.
En sus 11 episodios, Tijuana impone presencia ante su mayor dificultad: el entendible prejuicio del espectador que parte de una impresión/inquietud: ¿qué puedo esperar de una serie en la que obviamente se me dirá que el periodismo es un oficio de ideales y a la vez peligroso? Al respecto, lo que eleva a la serie es el principio básico del arte de narrar, es decir, el guion y la dirección muestran un sendero del que nunca saldrán: llevar al límite la interacción entre los personajes bajo una historia lineal sin digresiones y reflexiones moralistas.
El semanario Frente Tijuana ha construido su prestigio mediante la independencia. Su director, el veterano Antonio Borja (Damián Alcázar), y su socia Federica (Claudette Maillé), han hecho todos los méritos para ser odiados por el circuito de poder económico y empresarial de Tijuana, y más cuando están por seguir un proceso electoral que tiene todas las señas de una pulpería de inacabables intereses.
Borja y Federica no están solos. Con ellos, laboran en Frente Tijuana la fotógrafa Malu (Teté Espinoza); el jefe de redacción, Lalo (Rolf Petersen); y la joven reportera Gabriela Cisneros (Tamara Vallarta). Cada cual es un mundo propio, perfectamente barnizado de incoherencias. Este escenario resulta propicio para los microcosmos en conflicto; a saber, la distancia entre Borja y su hijo Andrés (Iván Aragón), que desea hacer un documental sobre una figura mítica del Frente Tijuana: Iván Rosa (Roberto Sosa), uno de los fundadores del semanario y asesinado por cumplir su labor periodística. Saber de la muerte de Rosa conduce a Andrés a entablar relación con el poderoso empresario Gregorio Muller (Rodrigo Abed), lo que afianzará más el alejamiento entre padre e hijo. Por su parte, Gabriela se compromete tanto a averiguar sobre los responsables del asesinato del candidato presidencial, que no quedará libre de peligros. Tampoco habría que pasar por alto los métodos de Lalo (personaje entrañable, sin duda) para conseguir información (por ejemplo, en un episodio se ve obligado a fingir que es un pedófilo).
Se señala, y con absoluta razón, que Tijuana es un homenaje al periodismo que se realiza en circunstancias adversas, como el que se da en la frontera entre México y Estados Unidos. Lo es. Pero ese homenaje está también en su implícita crítica que recorre cada uno de los episodios, un dedo crítico contra el mayor peligro del periodismo, sea de ayer, hoy y mañana: el aburguesamiento de los periodistas.














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