
26 de septiembre de 2025. Xiomara Suárez deja su casa y cruza por el Paseo de la Fama de los Ángeles camino a las oficinas del ICE. Antes de salir, ha chequeado sus documentos por cuarta vez: el parolé –el permiso temporal que le da el Gobierno de Estados Unidos mientras tramita su green card– está ahí. Su declaración jurada de persecución y temor de regreso, donde explica porque no puede volver a vivir en Perú, también lo está.
La visita será sencilla. Solo debe presentar sus documentos. Le avisarán los pormenores en su ajuste de estatus. En un par de semanas, o a más tardar en un mes, su green card ya debería estar lista. Acabará el trámite, volverá a su hogar y planeará un nuevo viaje a Scranton para visitar a Grazi, su esposa.
PUEDES VER: Revisa los candidatos y sus planes de gobierno

La han ubicado en la sala de espera. Desde que entró, dejó de sentir el clima templado y ha pasado a reposar sobre un frio artificial. “Es el aire acondicionado”, piensa. Para mantener ese microclima, las ventanas y las puertas están cerradas. Nada se escapa. Xiomara no debería estar tensa, pero nunca ha sido una amante del frío. Trata de pensar en otra cosa: “¿Qué estará haciendo Grazi ahora?”, se pregunta. “No quiero distraerla del trabajo. Mejor no le envió ningún mensaje de texto”.
Las horas pasan. Según sus cálculos, ya debería estar en casa. “Pase a este cuarto”, le dicen. La ubican junto a otras 10 personas más. “Ahora te van a atender. Ya pronto te vas a ir a tu casa”. Si es así, ¿por qué sus manos sudan tanto?
El oficial del ICE que acaba de entrar al salón no parece un mal tipo. A cada paso que da, un cascabeleo incesante no deja de oírse. Colgadas de su pantalón, un manojo de 20 llaves tintinea. Ha saludado a cada uno de los presentes. Es un hombre alto, delgado y de buena presencia. “Parece amable”, piensa Xiomara, ubicada en un rincón de esa fila de asientos.
–¿Hay alguien aquí que sepa hablar inglés? –pregunta a los presentes.
Nadie entendió que quiso decir. Salvo Xiomara, que ha alzado la mano.
–Mira, lo que harás es muy sencillo. Quiero que le traduzcas a cada uno de ellos lo que voy a indicar. Te digo y tú les dices. ¿Está bien?
Xiomara asiente. La orden es clara.
–Muy bien. Primero vamos con este chico. –El hombre saca una libreta de su bolsillo trasero. Llama sus compañeros de brigada y comienza a tomar notas. Pregunta los nombres, las edades, las ubicaciones, el lugar de origen. Pregunta por los documentos. El joven entrevistado muestra su parolé, muestra su declaración jurada de persecución y temor de regreso.
–Ahora pregúntale si vio el trámite de solicitud de asilo apenas llegó a América.
Xiomara traduce. La respuesta es negativa. El oficial solo responde con un gesto de desaprobación. Alza las cejas y lo separa por un momento. Sus compañeros le hacen llegar la mala noticia al hombre. Está detenido. “No sé por qué siempre se olvidan. Es lo primero que tienen que hacer apenas llegan”, dice el oficial. Xiomara ve la escena. Lo están encadenando sin que pueda hacer nada. El oficial no pierde tiempo. Le pide que siga. Todavía quedan ocho migrantes en esa sala.
El problema es que Xiomara tampoco hizo ese trámite el primer año que llegó a Estados Unidos.
Ha traducido a otras siete personas. Tiene las palmas de las manos sudando más que nunca. Es tanto el sudor que se desprende de sus manos, que las yemas de los dedos aparecer arrugadas como si recién hubiera salido de una piscina. Su turno ha llegado. El oficial hace una a una las mismas preguntas que ha hecho con los otros 10 migrantes presentes. Todo es positivo. Salvo el trámite del asilo. La reprobación del oficial cambia por un signo de sorpresa.
–Pensé que tu si lo tendrías.
Hasta ese día, la frase “You ‘re under arrest!” era solo un cliché típico de las películas policiales que veía en televisión cuando vivía en Lima. Xiomara pide con urgencia que le dieran un espacio privado en el baño de la oficina para poder vomitar. Su solicitud fue denegada.
Encadenada en los pies, en las manos y en la cintura, Xiomara será trasladada al Centro de Detención de Adelanto para migrantes. Vivirá en medio de un desierto californiano. A 2600 millas. 4100 kilómetros de donde vive Grazi. En cuatro horas y media, Grazi abonará 21 dólares para hablar una hora con Xiomara, y luego, depositará 21 dólares más para terminar de entender la situación.
En ese momento, sus vidas cambiarán para siempre.
PUEDES VER: Ollanta Humala: Fiscalía abre investigación contra jueces que sentenciaron al expresidente y Nadine Heredia

–It’s a Match!
Bumble, una de las aplicaciones de citas más conocidas del mundo, ha enviado una notificación al celular de ambas. A Xiomara le han encantado las fotos de Grazi y a Grazi la descripción del perfil que redactó Xiomara –”Escapé del Perú y ahora busco novia en Bumble” junto a un emoji de sonrisa abierta con sombrero de vaquero– le hizo sonreír.
Ha pasado una semana desde que comenzaron a hablar y Xiomara quiere conocerla más. “Ni siquiera tenía planeado descargar Bumble”, piensa. “Pero qué más da”. Grazi está por primera vez en Los Ángeles y nunca ha conocido el Paseo de la Fama. Xiomara vive a cinco cuadras de ahí.
Faltan pocos días para que se acabe el 2024. Tras pensar que su año nuevo sería solitario, Xiomara ha sido invitada por Grazi a pasarla con ella en la casa de su madre. Grazi se está quedando ahí para ayudar a su madre con problemas personales. No esperaba pasar mucho tiempo ahí, pero ahora tiene razones para quedarse.
Han destapado un champagne para brindar por el fin de año. Grazi narra a Xiomara detalles de su vida. Son muy similares en algunos aspectos: ambas han sufrido por su orientación sexual.
Pero también tienen sus diferencias.
Xiomara Suárez (derecha) y Grazielli Chiosque (izquierda). La pareja se casó en California en 2025.
Tras el divorcio de sus padres, Grazi Chiosque dejó Brasil a los seis años. Su madre contrajo matrimonio con un ciudadano estadounidense y, desde entonces, ella también obtuvo la nacionalidad. Entre su tez blanca, sus ojos claros y su perfecto inglés, ningún agente de 'la migra' pensaría en encadenarla.
La historia de Xiomara es distinta.
Xiomara Suárez creció en la casa de su abuela materna en Punta Negra, un distrito playero al sur de Lima. Al crecer, dejó la arena por el concreto. Comenzó a alquilar un monoambiente en el Barrio de Los Próceres, cerca al límite de Surco con San Juan de Miraflores. Tras estudiar Arquitectura de Interiores en un instituto, se dedicó a trabajar para la tienda de mascotas de uno de sus tíos, ubicada en la avenida Primavera. En sus planes, Xiomara jamás pensó abandonar el Perú.
Pero tuvo que hacerlo para seguir viva.
En su declaración jurada de persecución y temor de regreso, Xiomara narra que, en septiembre de 2022, un hombre mucho más alto que ella, de cabello y ojos negros, se asomó cerca a la casa de su abuela en Punta Negra. No hizo contacto físico. Pero no quitó su mirada de ella. Estático, detrás de su ventana. El hombre siguió allí hasta que se fuera a dormir.
La escena se repitió un mes después, esta vez en su casa de Surco. Era el mismo hombre con sus ojos indolentes. No hacía otro gesto.
Ya en noviembre, Xiomara fue a Lurín –un distrito ubicado a dos horas del centro de Lima– a comprar unos insumos en un mercado mayorista. En Perú, las filas de los mercados suelen bifurcarse entre puestos de carnes, de pescados y frutas. Es una mezcla de olores y gritos confusa. Xiomara transita cada pasillo con una presencia detrás. Está ahí. No deja de seguirla, solo se aleja cuando ve que los agentes de seguridad del local se percatan del acoso.
Tras esa escena, Xiomara consiguió la información necesaria y decidió presentar una denuncia. Ese día, conoció la indiferencia: “Fui a la comisaría. No me permitieron presentar una denuncia formal porque no tenía su nombre, pero sí pude dejar una ocurrencia, que quedó registrada en el sistema de la Policía Nacional del Perú. Pero nada más. No cambio nada”.
Una semana después, el mismo hombre apareció en una noche en la que ella volvía del trabajo. Estaba a solo dos cuadras de su casa cuando sintió una mano sobre su hombro. El hombre la sujeta por detrás, la empuja contra una pared e intenta estrangularla y abusar de ella. Xiomara logra zafar rompiendo parte de su camisa. El hombre se ríe. La mira correr y le grita.
–Necesitas un hombre de verdad para dejar de ser lesbiana. Una vez y te convertiré nuevamente en una mujer de verdad. Conozco a tu hermana. Conozco a tu mamá. No voy a parar de hacer esto.
A raíz de estos hechos, Xiomara acredita haber sufrido un daño emocional y psicológico continuo: ansiedad severa, insomnio, miedo persistente a ser seguida y, sobretodo, la imposibilidad de vivir o moverse con seguridad en el Perú.
En Estados Unidos, la situación de la comunidad LGBTIQ+ parece ser más saludable. Xiomara ve series de televisión donde hay personajes que viven sus vidas sin que su orientación sexual signifique una razón para morir
“Era algo que tenía asimilado. Que en Estados Unidos siempre se respetaban tus derechos. Al menos en ese tiempo era así”.
No puede esperar más. En cualquier momento, ese hombre podría terminar con su vida. Una visa demorará varios meses en salir. Hay otra opción: cruzar la frontera y presentarse como refugiada. Parece sencillo: cruza el desierto, ruega por no ser atrapada, llega a California.
A finales de 2022, Xiomara llegó a los Estados Unidos de América.
Dejar la patria por una promesa incierta. Xiomara todavía no conoce Huanchaco, ni Oxapampa, ni Sacsayhuaman. Hay mucho de su país que le falto conocer. Por un tiempo, no habrá vuelta atrás: “Es la historia de todo migrante, ir por algo mejor, ¿no?”.
Su madre también se mudó a otro distrito de Lima que nos pide no revelar. Ella fue la primera persona que se enteró que Xiomara había cruzado la frontera exitosamente.
La mamá de Xiomara no conoce todavía a la esposa de su hija. Cree que es una compañía perfecta para ella: “La adora, piensa que es una persona muy responsable”, dice Xiomara al recordar a su madre.
En algún momento, cuando todo esto acabe, Grazi viajará a Perú a conocer a su suegra.
Tras tres meses de relación, la pareja se casó en California un 14 de febrero. Tras la boda, pasaron una semana en Marina del Rey, bahía costera de Los Ángeles. Ahí la pareja montó kayak por primera vez y almorzó en Cheesecake Factory escuchando a las gaviotas acercarse a la orilla. Esa fue su pequeña luna de miel.
No ha sido tan lujoso. Grazi quiere que la boda mayor sea en Brasil, para que su padre pueda acompañarlas.
Pero Grazi y Xiomara tienen que vivir una primera separación poco después de casarse. Estaba avisado, todavía quedan reglas por cumplir.
“Debido al parón de contrataciones en el gobierno, he tenido algunas dificultades para trasladarme a California. Llevo varios meses intentando mudarme de Pensilvania a California porque Xio tiene su solicitud de green card en California y no queríamos hacer el proceso aún más largo haciendo que ella se mude a Pensilvania y que su trámite se transfiera aquí. No tenía mucho sentido hacer todo ese viaje para que luego yo me traslade a California y Xio tenga que volver a transferir el proceso de Los Ángeles otra vez”, cuenta Grazi.
Por ello, la pareja ha establecido un sistema de turnos: cada mes par, Xiomara viajará de California a Pensilvania. Y cada mes impar, Grazi saldrá de Scanton para visitar Los Ángeles.
Cuando Graxi está en California, ella escoge la cena: “Siempre que estoy en L.A., voy a Pampas Brazilian Steakhouse”. Xiomara, quien, en cambio, tiene otros gustos: “Lo que más me gusta de Scraton, además de Grazi, es Aromas Peruvian Food”. Hay una regla entre ellas, implícita: nadie visita esos lugares sin la otra.
Xiomara en Scranton consiente a Gaia y a Cronos, los gatos de Grazi. La dueña de casa está harta de pedirle por favor a Xiomara que no deje que los gatos entren a su cuarto, que no desordenen su estante y que no se revuelquen en su cama. Xiomara nunca hace caso, como si fuera tentada por ser parte de un mito griego, ha confabulado junto a Gaia y a Cronos para lograr la ira de su mujer: ambos saltan por los cajones, tiran la ropa y los accesorios de la cómoda de su dueña.
Pero los gatos no son la única compañía que la pareja quiere tener. En los últimos meses, la posibilidad de adoptar a un niño es cada vez más real. Es otra motivación para terminar el papeleo de la green card. Lograr la residencia de Xio. El hogar quiere ampliarse: “Primero uno, luego vemos si podemos con otro. Puede ser por fecundación In Vitro, ¿no?”. Piensan también en que, con los niños, podrían viajar a conocer Brasil y Perú.
El 25 de septiembre de 2025, Grazi habló por telefono con Xiomara y la escuchó mencionarle un viaje corto que hará de California a Miami. Su mejor amiga la ha invitado a pasar el fin de semana con ella y con otros amigos de Punta Negra. Además, desde que ha llegado a Estados Unidos, nunca ha visitado las playas de Florida. Unas horas después, Xiomara estará encadenada en un bus, detenida junto a otra decena de migrantes, camino al desierto de Adelanto y arrestada bajo la ley federal.
“Mi nombre es Grazielli Chiosque. Tengo 29 años y trabajo para la Administración del Seguro Social en Scranton, Pensilvania. Mi esposa, Xiomara Suárez, está confinada en el Centro de Detención de ICE en Adelanto, California, desde el 26 de septiembre de 2025”.
Antes de comenzar la llamada, el teleoperador sienta las reglas.
–Esta llamada estará sujeta a ser grabada y supervisada. La llamada será cargada a su tarjeta de crédito. Por favor, digite su cla…
Grazi corta y aprieta cuatro números de su contraseña, autoriza el gasto para comunicarse. “Autentificación completada”. Cada minuto costará 35 centavos de dólar. Estamos en videollamada. Xiomara no puede vernos, pero nos escucha. Nos explica lo que es vivir bajo el régimen de ICE. Detrás de ella, a las afueras del cuartito con el teléfono, hay una fila de varias decenas de mujeres esperando para llamar a sus familiares.
Dos son los colores que se han vuelto más usuales cerca de su celda: el gris de los suelos y crema de las paredes. Cuando sale, a los pasillos de la celda o al comedor, los colores la siguen. Siempre hay personas hablando, a todas horas, por eso durante la noche es complicado dormir; sobre todo cuando no son diálogos tranquilos, sino gritos: el alarido de un oficial, el llanto de una migrante; todo ello se combina con el ruido blanco de los televisores portátiles que no captan señal en el desierto o –especialmente– el tintineo de las llaves que cuelgan de las cinturas de los guardias. Ellos pasan cada noche por las celdas evitando cualquier movimiento inesperado.
Recuerda el sonido: el cascabeleo del manojo de llaves que estuvo presente cuando fue arrestada. La primera noche, al escucharlo, ese ruido la llevó a cuestionarse su situación: “A mí me crio mi abuela, profesora de química y literatura. Es una persona muy correcta. Desde niña siempre me enseñó que no debía seguir el camino fácil. Siempre estuve muy confiada: mientras cumpliera la ley, no pasaría nada. Pero ahora ya no lo siento así. Me hace cuestionarme, tal vez si soy culpable. Tal vez si he hecho algo malo. Ser arrestada por no cumplir con una citación de inmigración, por no acatar una pequeña orden en un país que no es el mío y que no termino de comprender, es muy chocante”.
Cuando no es el sonido de las llaves lo que no la deja dormir, es ella misma. La culpa y la ansiedad aparecen en las noches: “A veces repito en mi cabeza: ¿Qué hubiera pasado si respondía de otra manera? ¿Qué hubiera pasado si hubiera conocido de los trámites que tenía que hacer apenas llegué? Fue ignorancia. No debería culparme de más. Yo lo sé. Pero en mi cabeza no dejan de aparecer esas preguntas: ¿Cuál fue el maldito error que cometí?”
Los meses pasan y, en medio de la pesadez y la incertidumbre, Xiomara encuentra espacios para conocer gente nueva. Algunas de las mujeres que están en el centro de detención se han convertido en sus amigas. Mujeres de toda Latinoamérica conviven junto a camerunesas, rusas e iraníes. Todas y cada una de ellas quisieran salir de ahí en este preciso instante. Pero no lo pueden hacer, y mientras no se pueda hacer, cada hora de almuerzo servirá para honrar sus memorias y compartir un poco de su historia.
En su instancia en el centro de detención del ICE, Xiomara ha aprendido que en Rusia las navidades son en otra fecha y que la forma en la que se besan en Irán es distinta. Ha aprendido también que cada país tiene sus propios horarios para almorzar, beber, conversar con la familia y hacer el amor.
“La mayoría está aquí solicitando asilo. Compartir experiencias ayuda mucho”, añade.
En las celdas, los secretos son inútiles: cada mujer duerme a menos de un metro de la otra. Asumidas como parias, se entienden entre sí. En Adelanto, Xiomara ha fundado un pequeño Perú junto a otras 12 compatriotas.
“Casi todas son de Lima: de Pueblo Libre, Cercado. Dos son de Los Olivos; una de ellas ya fue liberada. Muchas están aquí solicitando asilo. Algunas cruzaron con toda su familia. Otras vinieron solas”, menciona. Xiomara les habla de su infancia en Punta Negra, les dice que nunca había extrañado tanto la brisa de la orilla, el sentir de la arena y las rocas en sus pies. Y ellas hablan de otras playas: de Ancón, de las de Miraflores.
“Extrañamos cocinar, los restaurantes, las pollerías, la música. Una vez hablamos de Pedro Suárez-Vertiz y de Bartola. Otra vez, nos reímos recordando el sketch del pollo y las viejas pitucas de La Molina del Especial del Humor. Es raro reírse estando acá, pero a veces puedo”.
El calor de Adelanto se fuga por las paredes cremas del recinto. Muta el concreto y se vuelve amarillento. Es el moho que genera una temperatura mayor a los 40 grados. Viene de un sol que no conocen. Que nunca terminan de observar por el encierro. Cada requisa, cada movimiento, cada memoria se da en un espacio de no más de 150 metros cuadrados. Sudan los cuerpos sin ventilación. Y los humores se funden con el olor sintético de la comida precocida que alimentan sus cuerpos cada mañana y cada tarde.
Estrés y hedor. Las enfermedades aparecen. Xiomara cae enferma. El catarro de finales de otoño es el más fuerte de todos los que ha vivido. Pasa por sus pulmones, por su estómago.
“Fue una infección muy fuerte. Llegue a tener defecaciones con sangre”, recuerda. “No me dieron medicación para tratarme porque no me creyeron. Me pusieron en una habitación para que pudiera hacer popó de nuevo. Pero no me dieron comida ni agua. No pude evacuar. Por eso que no me creyeron”.
Del otro lado de la línea telefónica, Grazi hace un gesto de impotencia al enterarse de cada uno de los sucesos que atraviesan la vida de su esposa a la distancia: “Siento culpa y frustración por no poder hacer nada. Culpa por estar afuera mientras ella está detenida. Y tristeza porque no puedo estar con ella”.
Centro de Detención de ICE en Adelanto, California | Foto: Chris Carlson/AP
Pero las cárceles también imponen sus propias reglas sobre la libertad. Para Grazi, el proceso de detención ha significado, además, una intromisión en su intimidad y en su vida cotidiana. En Scranton, sus días como funcionaria del Estado no la prepararon lo suficiente para enfrentar esta situación. De hecho, ni siquiera las personas más experimentadas en estos procesos han logrado orientarla por completo.
Varios abogados han ido y venido. Cada uno fijó sus honorarios en función de las promesas que ofrecía en el momento. “El impacto financiero ha sido muy grande. Tuvimos que cambiar de abogados, además de asumir gastos para que ella tenga un mínimo de dignidad dentro del centro de detención”, comenta.
Al llegar su sueldo cada mes, Grazi separa una parte para cubrir esos gastos. Deposita las monedas correspondientes a través de una aplicación llamada Access Corrections, una aplicación diseñada para enviar dinero a presos en Estados Unidos:
“La comida que come Xiomara debe ser horrible, ellos pueden comprar cosas extra como ramen o atún enlatado a través de la tienda interna, pero eso cuesta dinero. Las llamadas cuestan dinero, y si necesita una manta extra o un suéter porque es invierno, eso también cuesta. En resumen, es duro emocionalmente, pero también económicamente”, menciona Grazi.
En GoFundMe*, una página de recaudación para apoyos sociales, Grazi ha recolectado 2000 dólares: “No hemos alcanzado la meta, pero el dinero recaudado hasta ahora nos ha ayudado mucho, por lo que estamos muy agradecidos”, cuenta. Desde Brasil y desde Perú, cada real y cada sol se divide entre pagos legales y envios por Access Corrections.
Todo sirve para aminorar los gastos. Hasta ahora, el matrimonio Chiosque-Suárez ha tenido que pagar más de 20.000 dólares solo entre gastos legales y dinero para que Xiomara pueda sobrevivir en detención. De este dinero, no se estan contando otros gastos, como el pasaje a último minuto que tuvo que comprar Grazi para ir a las oficinas del U.S. Citizenship and Immigration Services (USCIS) ubicadas en Los Ángeles, ni la estadía que tuvieron que pagar para su tiempo en esa ciudad.
USCIS es la institución que tiene la facultad de ajustar el estatus migratoria de Xiomara a residente permanente, un derecho que se sostiene en la ley federal de Estados Unidos desde mediados del siglo XX. Desde noviembre pasado, Grazi envió varios correos a USCIS para que atendieran su solicitud en las oficinas de Scranton. La comunicación existió, pero fue en vano: nadie atendió su caso.
Un mes después, Grazi está en el aeropuerto de Los Ángeles. Sola, entre mares de gente que vienen a conocer Beverly Hills, Grazi toma un taxi directo hacia las oficinas de USCIS ubicadas en el condado donde su esposa está tramitando su residencia. No se asombra por las palmeras o la gente patinando en la acera. Ese día, no hay más fiestas en Los Ángeles.
“Pedí que me entrevistaran, ya que mi cónyuge fue detenida, pero me dijeron que no. Que eso lo decidiría el juez”. Ese es el loop infinito: el diálogo de la administración pública de los Estados Unidos de América.
Días antes de viajar a Los Ángeles, Grazi envió un correo electrónico a Laura Friedman, diputada por California, solicitando que el juez acepte el pedido para que se dé el cambio de estatus correspondiente. Friedman respondió rápido: la Oficina Ejecutiva para la Revisión de Inmigración (EOIR), entidad del Departamento de Justicia de Estados Unidos encargada de administrar los tribunales de inmigración, le había confirmado que sus jueces de inmigración no resuelven peticiones hechas por los formularios I-130, el documento que Grazi buscó presentar para acreditar que su esposa estaba en un proceso de ajuste de estatus migratorio.
Pero hay un dato importante en el correo de Friedman: “Sin embargo, USCIS puede poner el formulario I-130 en espera mientras su proceso de remoción esté pendiente, hasta que dichos procedimientos se resuelvan. Por ejemplo, mediante la liberación bajo fianza de la custodia de ICE o la deportación”, se lee en su respuesta por correo.
Pero he ahí el detalle: USCIS argumenta que no pueden llevar a cabo su entrevista de ajuste de estatus porque su caso debe ser manejado por un juez de inmigración. A su vez, el juez de inmigración no tomará una decisión porque USCIS no ha completado su entrevista.
El 31 de octubre del 2025, Grazi ya había pedido que su esposa pueda participar de una entrevista por videollamada con los funcionarios de USCIS para explicar ella misma su situación particular. Nunca obtuvo una respuesta.
Correo enviado por Grazielli Chiosque a las oficinas de USCIS.
Donald Trump está en la pantalla del televisor. En su discurso, el presidente de los Estados Unidos agradece a ICE por defender “la soberanía y libertad” de su país. Para Grazi, su presidente no es un hombre que le infunda miedo. De hecho, no le infunde nada: “Nunca seré su fan, pero realmente me es indiferente”. Las cosas cambian cuando la cámara enfoca a los oficiales de ICE que reciben la ovación.
En las calles, los hombres y mujeres que portan el símbolo de ICE en el pecho entran a las oficinas, a los restaurantes latinos y a los barrios más pobres de la ciudad. Olfatean a los otros. Ven la piel morena, el dejo latino y llaman a la detención. Allá afuera, los migrantes caen bajo un idioma que no es el suyo y en un país que no les vio nacer.
Los oficiales de ICE también juegan papel en los procesos: “Desde antes de que Xiomara sea detenida, hemos pasado momentos incómodos. No tengo muchos recuerdos sobre esto, pero una vez Xio me comentó que que en una de estas visitas a las oficinas de ICE, un oficial la buscó en el sistema y vio que su solicitud de ajuste de estatus era con otra mujer. El tipo hizo un comentario fuera de lugar y le dijo que mientras se mantuviera fuera de problemas legales todo estaría bien”, cuenta.
Es bajo este régimen que ver a su esposa se ha vuelto algo ocasional. Adaptan las tradiciones: ahora Grazi no viajará a Los Ángeles y Xiomara no viajará a Scaron cada mes. Ahora, se conectarán a una videollamada cada semana, previo pago de 5 dólares cada 20 minutos. Todo bajo un programa que terceriza el pago y cobra desde 8 a 11 dólares por cada nuevo abono.
En la fila de espera, Xiomara observa a las mujeres entrar con una expresión neutra y salir en lágrimas. Al pasar por esa fila y volver a la celda, las mujeres muestran su llanto a todas las que esperan. No pueden detenerse a ser consoladas. La escolta –dos guardias de la prisión– les piden que aceleren el paso.
La impotencia de no tocarse se mezcla con la suerte de ver unos minutos a tus seres queridos. Para algunas, ni siquiera ese consuelo existe.
“Hay una chica de dieciocho años que su papá no la llevo a una de sus cortes de inmigración. Es muy probable que sea deportada. Su papá no quiere ayudarla. Ella no hace llamadas. Básicamente está aquí valiéndose por si misma. Es muy triste. Nosotras siempre tratamos de ayudarla, yo trato de comprarle dulces, es lo que puedo hacer”, cuenta Xiomara.
¿Cómo son para Grazi esos 20 minutos en los que puede ver a su esposa? Comparto una impresión ilusa: creo que se trata de una suerte de cartografía de los afectos. Ella coincide, aunque —más bien— prefiere definirlo como un ejercicio de la memoria: repasan lo que saben y miran lo que siempre han mirado.
“En esos 20 minutos no puedo dejar de mirar su sonrisa. Cada vez que hacemos una videollamada, ella sonríe y me mira fijamente, como si intentara memorizar mi imagen. Dice que no quiere olvidar cómo me veo”, cuenta Grazi. Y luego ríe.
Los días que Xiomara la visitaban el mundo no era tan inmenso. Desde que su esposa ha sido detenida, Gaia y Cronos juegan menos. La casa está más ordenada y pulcra. Tanto que, en ocasiones, provocaría romper los vasos y los platos para simular que en ese hogar no habitan las ausencias. Vive con Grazi el fantasma de un recuerdo prohibido de volverse a vivir.
“Siento que mi vida está en pausa. Me despierto todos los días, voy a trabajar y hago todas mis actividades normales”, como cocinar y hacer las compras, pero no siento que realmente esté viviendo: solo estoy existiendo. La persona con la que quiero compartir los pequeños momentos cotidianos, la que hace que mis días se sientan más livianos, ya no está cerca de mí. Los momentos simples y normales que solíamos compartir de pronto ya no están”, cuenta.
Los días del invierno pasan en Scranton y en Adelanto, Xiomara sigue sin conocer el frio por el bochorno del desierto californiano. Ambas esperan que llegue el cambio. En cualquier momento, sus vidas podrían volver a ser normales. ¿Por qué entonces no lo son? El limbo sigue.
“No pueden deportarla mientras su proceso de green card esté en trámite y no haya sido rechazado. Así que, siendo realistas, si no gastamos dinero en pelear con abogados para demostrar que lo que están haciendo es inconstitucional y simplemente esperamos su ‘voluntad’. Ella podría estar ahí, diría yo, por bastante tiempo. Obviamente no para siempre, pero no me sorprendería que sea más de un año, considerando que ya hay personas que llevan ocho meses allí”, menciona Grazi.
Cuando Xiomara piensa en Perú, piensa en su madre y en su abuela; pero no piensa en soluciones: “No creo en las autoridades. Yo viví el accionar de la policía en mi país cuando denuncié el acoso que sufría por mi orientación sexual. No hicieron nada. Por eso que no tengo nada que decirles”.
El caso de Xiomara no ha rebotado en la prensa nacional. Existen autoridades que pueden abogar por Xiomara. Tienen el poder para hacerlo: el embajador de Perú en Estados Unidos, los congresistas que representan a los peruanos en el extranjero, la propia Cancillería.
–¿Podría intentar hablarles? ¿Les parece bien?
Hay un acuerdo. Volveremos a hablar este viernes para ver si hay novedades en la respuesta de las autoridades del Perú. Veremos si algo se puede hacer.
La llamada ya debería haber terminado. Pero Grazi ha decidido robarme el puesto de entrevistadora. “Son 35 centavos más, qué más da”, dice.
–Bebé, tengo una pregunta yo también. Quiero que escojas: ¿Gaia o Cronos?
–Cronos definitivamente.
–¿Enserio?
–Si, Gaia muerde mucho.
Según las propias estadísticas manejadas por ICE en su sitio web oficial, más de 14.000 peruanos han sido arrestados por el Servicio de Control de Inmigración. De esa cifra, solo 783 son criminales convictos. Más del 90% de los detenidos solo ha cometido infracciones migratorias.
El 10 de febrero envié dos correos electrónicos: uno dirigido a la Embajada del Perú en Estados Unidos, misión diplomática liderada por el exministro de Comercio Exterior y Turismo, Alfredo Ferrero Diez-Canseco; y otro al Consulado General del Perú en Los Ángeles. En ambos solicitaba una entrevista de 15 minutos con un vocero oficial para informar sobre la situación de Xiomara Suárez.
Al día siguiente, el Consulado General del Perú en Los Ángeles respondió el mensaje. Indicaron que el jefe de la Oficina de Prensa del Ministerio de Relaciones Exteriores se comunicaría conmigo. Sin embargo, esa comunicación nunca llegó. Por parte de la Embajada del Perú en Estados Unidos no hubo respuesta alguna.
La Cancillería también optó por no pronunciarse al respecto. Tras varios días de insistencia con el asesor de comunicaciones del Ministerio de Relaciones Exteriores, se me indicó que la institución “aún no ofrecerá declaraciones respecto al caso”.
Desde 2021, el Congreso del Perú cuenta con representación de los peruanos residentes en el extranjero. Este nuevo espacio electoral elige a dos congresistas que los representan cada quinquenio. Para la actual legislatura, los elegidos fueron Jorge Zeballos y Juan Carlos Lizarzaburu, representantes de Renovación Popular y Fuerza Popular, dos de los partidos más conservadores del actual Parlamento.
A ambos se les informó sobre la situación de Xiomara y se les solicitó una entrevista para conocer las medidas adoptadas en protección de los peruanos migrantes. Desde el lunes 9 de febrero, las comunicaciones con el despacho de Lizarzaburu se realizaron sin éxito hasta el cierre de esta nota.
Uno de los asesores de Zeballos señaló que el congresista “ha remitido una solicitud de información al Ministerio de Relaciones Exteriores a fin de conocer el estado de los peruanos que hayan sido detenidos por la autoridad competente norteamericana” y que “en tanto se tenga respuesta, se dará a conocer más al respecto”. No se obtuvo respuesta cuando se propuso una entrevista con el legislador.
La congresista Heidy Juárez preside la Comisión de Relaciones Exteriores del Congreso de la República, instancia parlamentaria encargada de debatir proyectos de ley vinculados a la política exterior del país y de atender temas como la protección de los derechos de los peruanos residentes en el exterior.
Cuando se le hizo llegar el caso de Xiomara, Juárez decidió derivarme con una de las asesoras de la comisión. La respuesta fue similar a la brindada por el despacho de Zeballos: se cursará el oficio correspondiente a la Cancillería para que actúe en el tema. Al consultar sobre las acciones adoptadas en favor de los migrantes, se mencionaron dos decretos legislativos publicados recientemente: los Decretos Legislativos N.º 1719 y N.º 1725. El primero regula el sistema de refugio en el Perú para extranjeros y el segundo crea el estatuto de la persona apátrida en el país.
Ambos no son aplicables a la situación que atraviesa Xiomara.
El léxico de la burocracia y el del cansancio terminan por fundirse en uno: “Estamos coordinando eso”, “Ya lo estamos viendo”, “Lo vemos luego”. Cuando se lo digo a Grazi, asiente: la indiferencia tiene su propio idioma. Se oye en la llamada que USCIS no devuelve, en el “eso está fuera de nuestra jurisdicción”, en el correo que se pierde en el vacío digital sin respuesta alguna.
“Lo que veo que está ocurriendo aquí es que, si no tienes dinero para gastar, no vales nada, porque no hay una resolución para un problema que ellos mismos —“el gobierno”— crearon. Las leyes y los derechos no importan, porque no te ven como un ser humano, como un individuo con derechos, ¿por ser inmigrante? Dicen apoyar que las cosas se hagan “de la manera correcta”, cuando esa “manera correcta” parece existir solo para quienes pueden pagarla”, critica Grazi.
Mañana, en gran parte del mundo, se celebra San Valentín. También debería festejarse el primer aniversario de matrimonio Chiosque-Suárez. Pero, en estos días, no hay fiestas en esa casa de Scranton. Por celebrar: ya pasó con Halloween, con el Día de Acción de Gracias, Navidad y Año Nuevo.
En su cuarto, viendo la ventana y a los hombres y mujeres pasar con corazones y chocolates, Grazi piensa en sus ejercicios de resiliencia: “Decidimos no celebrarlas porque no queremos que nuestras fechas especiales queden marcadas por recuerdos de ICE. Aun así, ambas creemos que esta experiencia nos hará estar más agradecidas por cada celebración en el futuro y nos ayudará a entender de verdad qué es lo más importante”, menciona.
Es 14 de febrero. Grazi escucha los tonos de espera y el aviso para que digite su tarjeta. Xio aguarda sentada frente a los hombres que la capturaron. Entran en contacto. “Hola, bebé. ¿Cómo estás?”, “Creo que sí, con eso puedo comprar ramen y alguna lata de atún”, “Te amo. Y te extraño todos los días que paso aquí”, “Feliz primer aniversario, sí”. Cuelgan.
Grazi sirve la comida a sus gatos, se asea, se mete en la cama y apaga la luz. Mañana toca trabajar, revisar el GoFundMe y seguir llamando a USCIS y a los jueces de migración para buscar alternativas. Ha apagado el celular y no verá los mensajes de sus amigos invitándola a tomar unas cervezas en el centro de Scranton. Y aunque todo está oscuro, no puede dormir; solo cierra los ojos y espera.
*La solicitud de apoyo de Grazielli Chiasque en GoFundMe puede visitarse haciendo clic aquí. La campaña continúa recibiendo donaciones.





CINEPLANET: 2 entradas 2D + 2 bebidas grandes + Pop corn gigante. Lunes a Domingo
PRECIO
S/ 47.90
PERULANDIA: FULL DAY + Piscinas + S/. 35 o S/.40 de VALE DE CONSUMO + Perusaurus y más. Según elijas
PRECIO
S/ 59.90
VACILANDIA: Full Day + Vale de Consumo. Según elijas
PRECIO
S/ 29.90
ALMUERZO O CENA BUFFET + Postre + 1 Ice tea de Hierba luisa en sus 4 LOCALES
PRECIO
S/ 85.90