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Opinión

Bajemos la voz y subamos el criterio

Si este miércoles prima la estridencia —gritar, imponer miedos, difundir mentiras con interés partidario— es porque, poco a poco, hemos permitido que esa dinámica crezca.

Bajemos la voz y subamos el debate
Bajemos la voz y subamos el debate | Joel Narváez | La República

La democracia, con todas sus imperfecciones, sigue siendo una de las mejores construcciones humanas. No es una promesa mágica ni un estado permanente de perfección; es un proceso vivo que exige ejercicio, cuidado y, sobre todo, criterio ciudadano. Precisamente por eso debemos insistir en una consigna que suena a provocación y, sin embargo, es urgente: bajemos la voz y subamos el criterio.

En nuestros países, la realidad es acumulativa. Cosechamos lo que sembramos. Si este miércoles prima la estridencia —gritar, imponer miedos, difundir mentiras con interés partidario— es porque, poco a poco, hemos permitido que esa dinámica crezca. Nuestra pasividad e indiferencia han favorecido el terreno fértil para la manipulación. No hemos cultivado lo esencial: pensar, compartir argumentos, formar y difundir criterios propios. Y, sin criterio, la opinión pública se sustituye por el ruido.

La reciente contienda electoral peruana y procesos similares en la región dejan ver con crudeza cómo la polarización nubla la posibilidad de decidir con conocimiento. Votar, elegir, no debería ser un acto emocional impulsado por consignas, sino una decisión informada sobre lo que conviene al país. En cambio, los derechos que la democracia nos otorga se malbaratan cuando la ciudadanía no madura hasta convertirse en sujeto pleno de derechos y deberes. Así, gana visibilidad el poder de quienes pueden invertir en campañas de desinformación y ruido mediático.

No se trata de desconocer los avances. Hay ciudadanos, organizaciones y sectores que sí ejercen sus derechos con responsabilidad y conocimiento. A ellos corresponde celebrarlos y reconocerlos como ejemplo. Pero resulta fundamental dejar en claro la relación entre el Estado y la población. El Estado existe para garantizar libertades, derechos e instituciones; la población, mediante criterio y participación informada, transforma ese marco en vida cotidiana y políticas públicas efectivas. Sin una ciudadanía crítica y formada, la centralidad del individuo en la acción estatal queda en mera retórica.

Por eso, la invitación no es a callar por timidez o resignación, sino a pensar antes de hablar, a sustentar opiniones, a priorizar información veraz sobre la inmediatez del grito. Bajar la voz es, paradójicamente, una forma de elevar la calidad del debate público. Subir el criterio significa exigir evidencia, coherencia y fines comunes; es negarse a que la manipulación y el miedo definan el rumbo colectivo.

 

Esta reflexión no es un alegato a favor de ninguna tendencia política —ni izquierda, ni derecha ni centro—. Es, en esencia, una propuesta institucional y de derechos: que repensemos nuestro papel frente a los asuntos públicos. Cualquier agenda nacional, cualquier gobierno y cualquier postura electoral deben enfrentarse a ciudadanos que razonan y que, por tanto, limitan la instrumentalización política que invade nuestras democracias.

 

Debemos, además, desterrar la cultura del miedo como herramienta electoral. Las campañas que apelan al pánico logran efectos inmediatos y devastadores. Fragmentan, paralizan y erosionan instituciones. Mirar los mapas electorales de cada país —no solo para trazar estrategias, sino para entender prioridades locales— permite diseñar políticas que conecten con realidades concretas y reducir el espacio para la manipulación.

Los Estados que colocan a la ciudadanía en el centro de su acción no lograrán concretarlo si la población no desarrolla criterio. Liberar a nuestros países de las tempestades creadas por políticos corruptos y autoritarios exige una ciudadanía madura que reflexione, dialogue y exija. Construir democracia es también consolidar hábitos públicos de razón y comunicación. Un país es más que una pose o un minuto de espectáculo; es, sobre todo, derechos e instituciones que exigen ejercicio responsable.

Aprender a comunicarnos bien es aprender a entendernos mejor. Bajar la voz y subir el criterio es, al final, una invitación ética y cívica a transformar el ruido en razones, la pasividad en acción informada y la indignación en propuestas que fortalezcan nuestras democracias. Si aspiramos a sociedades más justas y estables, comencemos por exigir de nosotros mismos el valor de pensar antes de hablar.

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