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Opinión

El homosexual homofóbico, por Percy Mayta-Tristán

"Antes de salir del clóset, yo también era homofóbico"

percy mayta
Percy Mayta Tristán

Me costó mucho salir del clóset; recién lo hice con mi familia y mis mejores amigos a los 33 años, incluso cuando ya tenía tiempo conviviendo con mi hoy esposo. Reconocerme ante otros tomó tiempo, precisamente porque cargaba el mismo prejuicio que me rodeaba.

Cuando era adolescente, en mi barrio del Callao, solíamos hacer mofa en grupo de aquellos chicos afeminados que pasaban por nuestro parque. No faltaban las bromas, en las que tildar a alguien de "cabro" era el mayor insulto que le podías hacer. Asimismo, insinuar que el otro lo era o demostrar por qué tú no lo eras constituía un mecanismo de defensa y supervivencia ante el escarnio y la acusación, pues necesitaba demostrar que yo no pertenecía a ese grupo.

Claramente, no odiaba a los homosexuales; me reconocía como uno de ellos, pero odiaba la posibilidad de que los demás se dieran cuenta de que yo lo era. Lamentablemente, en ese proceso hacía daño a quienes eran como yo.

Cada cierto tiempo aparece una noticia que me recuerda esos tiempos. Un líder religioso obsesionado con la sexualidad, un político conservador abiertamente anti-LGBT, un trabajador de salud que promueve terapias de conversión, o un creador de contenido defensor de la familia tradicional, en quien se revelan sus relaciones homosexuales ocultas, o, peor aún, en situaciones de abuso y coerción.

Desde hace décadas, la psicología social describe algo llamado "estrés de minoría". La idea es relativamente simple: las personas LGBT no solo enfrentan el estrés cotidiano de cualquier ser humano, sino un estrés adicional producido por vivir en contextos donde su orientación sexual es rechazada, castigada o ridiculizada. No se trata de que la homosexualidad genere daño psicológico por sí misma; el daño proviene del entorno social.

Ese estrés adopta muchas formas. A veces es violencia directa. Otras veces es algo más silencioso: miedo a ser descubierto, necesidad de ocultarse, vigilancia permanente sobre cómo se habla, cómo se camina, cómo se mira o cómo se actúa. Algunas personas aprenden desde la adolescencia que no basta con parecer heterosexuales; también hay que demostrar aversión hacia quien uno realmente es.

Por ello, cuando la sociedad convierte nuestra orientación o identidad en un motivo de vergüenza, algunas personas terminamos interiorizando ese rechazo. En algunos casos, se expresa como una sobreactuación pública de masculinidad, religiosidad o heterosexualidad, o como agresión hacia quienes son como ellas, incluso promoviendo terapias de conversión o de "exhomosexuales".

Las consecuencias del estrés de minorías pueden ser más dañinas cuando quien las experimenta ocupa espacios de poder, porque promueve discursos de odio. El impacto más severo se da en la salud mental. Por ejemplo, el Trevor Project encontró en 2024 que más del 50% de jóvenes LGBT peruanos pensó en suicidarse el último año y uno de cada tres lo intentó.

Por supuesto, no toda persona homofóbica es homosexual reprimida. Reducir la homofobia a eso sería simplista e incorrecto. Pero sí existe evidencia científica de que personas con fuertes problemas de aceptación de su propia orientación sexual pueden desarrollar un rechazo agresivo hacia aquello que sienten y no logran aceptar.

Esto nos ayuda a comprender por qué ciertos discursos contra la comunidad LGBT parecen cargados de una intensidad desproporcionada. No siempre se trata de "ideología"; en algunos casos, es miedo, vergüenza, la necesidad de pertenecer al grupo correcto y de exponer públicamente aquello que amenaza su (in)seguridad.

En países conservadores como el Perú, esto adquiere, además, una dimensión política. Vivimos en una sociedad donde todavía se discute si merecemos los mismos derechos, donde el Congreso convierte con frecuencia nuestras vidas en material de batalla moral y donde muchos padres están convencidos de que tener un hijo homosexual sería un fracaso personal o familiar.

Las sociedades homofóbicas no producen menos homosexuales; generan más culpa, más silencio y más dobles vidas. Por ello, estos casos son un ejemplo de cómo nuestra sociedad sigue obligando a personas a odiarse a sí mismas para sobrevivir.

Salir del clóset no elimina el miedo de inmediato. Pero sí termina con algo agotador: la necesidad permanente de actuar para que otros no descubran quién eres.

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