
A poco más de un mes de las elecciones generales del 12 de abril, el escenario político peruano luce como pocas veces antes: atomizado, ruidoso y, paradójicamente, vacío. Hay 36 planchas presidenciales inscritas ante el Jurado Nacional de Elecciones —un récord histórico— y, sin embargo, el 50,5% de los peruanos no logra identificar a un probable ganador. El candidato que más intención de voto concentra, Rafael López Aliaga, apenas llega al 14,6% en las encuestas de febrero, una cifra que en cualquier democracia con oferta política consolidada sería considerada marginal. Esta no es una elección competida entre proyectos sólidos: es una carrera donde nadie ha logrado despegar, y donde la fragmentación no es un accidente sino el síntoma estructural de un sistema que lleva años desmoronándose. El gran favorito, a estas alturas, sigue siendo el descrédito, la desconfianza, el "ninguno".
El contexto institucional lo explica, aunque no lo justifica. El Congreso ha colocado a 6 de los 8 presidentes que hemos tenido en los últimos 10 años. Nuestro presidencialismo no está ya atravesando una crisis: ha entrado en un estado fallido crónico. Boluarte fue removida en octubre de 2025; su sucesor, Jerí, corrió la misma suerte en febrero de 2026, acusado de sostener reuniones no declaradas con un empresario chino bajo investigación. Hoy gobierna Balcázar. Tres presidentes en menos de seis meses. ¿De qué sirve hablar de democracia si la ciudadanía no percibe que su voto se refleja en quién nos gobierna?
En ese escenario de desconfianza y fragmentación extrema, los debates adquieren una importancia que en otras circunstancias no tendrían. Cuando ningún candidato ha logrado instalar un relato dominante ni una propuesta que prenda masivamente, el debate se convierte quizá en la única oportunidad real de que la ciudadanía vea y compare, en vivo, a quienes piden su voto. El JNE organizó un "ciclo de debates" en seis fechas —23, 24 y 25 de marzo, y 30, 31 de marzo y 1 de abril— con los 36 candidatos en el Centro de Convenciones de Lima, dos horas y media por jornada.
Pero el diseño del debate tiene límites serios que vale la pena nombrar. El formato contempla 12 candidatos por noche en bloques de tres, con tiempos que no superan los cinco minutos por candidato por jornada. ¿Es suficiente para que un electorado que llega mayoritariamente desinformado pueda realmente distinguir proyectos? A eso se suma un elemento que pocas veces se menciona con la gravedad que merece: el azar. El orden de participación, los cruces entre candidatos, quién debate con quién y en qué fecha, se definió por sorteo. Eso significa que la posibilidad de quedar en las últimas fechas —con mayor recordación en el votante— o de enfrentar a un adversario incómodo o conveniente, no depende de mérito político ni de propuesta programática, sino de la suerte de una tómbola. En un proceso donde las diferencias entre candidatos son mínimas en las encuestas y donde un punto porcentual puede definir quién llega a segunda vuelta, dejar parte de la arquitectura electoral al azar no es un detalle técnico: es una decisión política con consecuencias reales. El JNE hizo lo que pudo con lo que tiene. Pero el formato es también el espejo de la crisis: cuando hay tantos candidatos y tan poca política, hasta los debates se vuelven un ejercicio de gestión del caos.





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