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Opinión

Manuela Sáenz, mujer de armas tomar, por Eduardo González Viaña

Una mujer que se hizo sola y que fue en contra de las convenciones de su época. Su figura es, en la actualidad, una inspiración para muchas mujeres.

Manuela Sáenz. Imagen: Difusión.
Manuela Sáenz. Imagen: Difusión.

Escribe: Eduardo González Viaña*

“Doña Manuela era una equivocación de la naturaleza, que en formas esculturalmente femeninas encarnó espíritu y aspiraciones varoniles. No sabía llorar, sino encolerizarse como los hombres de carácter duro”.

Lo dice Ricardo Palma y se refiere a Manuela Sáenz de Vergara y Aizpuru (1797-1856), la compañera de Simón Bolívar. El tradicionista termina su artículo con una comparación entre dos mujeres: “La Campuzano fue la mujer y punto. La Sáenz fue la mujer - hombre”.

Esas apreciaciones son, por lo menos, descriptivas. Estoy hojeando una docena de libros escritos en nuestro tiempo sobre la heroína y me apena sentir que buena parte de los juicios acerca de ella usan una lupa machista.

Una autora, por ejemplo, dice que Manuela era una apasionada de los uniformes militares y así intenta explicar su vida, a raíz de su relación amorosa con el Libertador.

Esa manera de ver las cosas no solo es sesgada, sino que parte de la atávica creencia de que las mujeres no pueden tener ideas revolucionarias, ni participar en política y mucho menos en la guerra. Todo esto es falso, mojigato y ridículo.

Manuela Sáenz fue, antes de conocer a Simón Bolívar, una activa conspiradora por la independencia y una ideóloga que llegó a leer incluso los libros malditos de la época. El propio Palma, para acusarla de “mujer-hombre” hace una lista de sus “varoniles lecturas”:

“Esta leía a Tácito y a Plutarco; estudiaba la historia de la península en el padre Mariana, y la de América en Solís y Garcilaso; era apasionada de Cervantes, y para ella no había poetas más allá de Cienfuegos, Quintana y Olmedo”.

¡Vaya lectora! Si la Santa Inquisición se hubiera enterado de que nuestra amiga leía estos libros, tal vez una celda o una hoguera le habrían sido destinadas.

Como se conoce, los Comentarios Reales de los Incas fueron prohibidos en el Perú por la administración española en 1782. La obra era considerada peligrosa porque promovía el sentimiento de nacionalidad indígena y recordaba el pasado del imperio Inca.

La formidable insurrección de Túpac Amaru II puso a los españoles a punto de tomar el barco de regreso. Recordemos que Garcilaso fue uno de sus mentores ideológicos.

Tuve a la vista una carta en la cual Manuela Sáenz conversa con una rebelde española, María Luisa Nuño, a quien ha conocido en Lima y le escribe mientras le hace recordar sus compartidas lecturas de Rousseau:

Manuela Sáenz. Imagen: Difusión.

“¿Te acuerdas de las conversaciones que tuvimos con las otras muchachas acerca del Contrato Social? Éramos pocas las que habíamos leído a Rousseau, pero todas entendíamos que se trataba de señalar que los seres humanos formamos sociedades y que podemos cambiarlas.

Muchas veces hemos dicho que la monarquía es un insulto contra la inteligencia humana y que la Colonia es fruto de una imposición bestial e intolerable.

Ahora bien, cuando he visto esta marcha de indios, he advertido que son ellos, y no los soldados de grueso mostacho o largas patillas, quienes van a cambiar todo esto.

El contrato social no lo hace Dios. Repito que lo fundan los seres humanos, y por eso estamos nosotras intentando cambiarlo”.

La verdad parece asomarse a través de todas esas expresiones.

Manuela Sáenz nació en Quito y era hija de una pareja que no llegó a casarse. Por esta razón, la sociedad de entonces la llamó “bastarda”. Aunque vivió un tiempo en el hogar legítimo de su padre, no podía casarse como otras jóvenes de su tiempo o como sus hermanas y, por esa razón, el padre pactó un matrimonio fuera del país con un acaudalado mercader inglés.

En una mujer insumisa, aquello provocaría una rebeldía permanente. Por esa razón, dejó al marido y se fue a Quito y, al conocer al Libertador, lo primero que hizo fue pedirle un sitio en las filas de sus soldados.

Hay que saber que, además de lectora de libros prohibidos, Manuela era una buena amazona y tenía excelente puntería. Con esas condiciones participó en las batallas de Junín y de Ayacucho.

Esta es Manuela Sáenz, la mujer que se unió al Libertador de América, don Simón Bolívar. El diminutivo cariñoso en su nombre (“Manuelita”) no va con ella ni mucho menos con cualquier otra mujer admirable de nuestro tiempo.

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