
La vacancia de Dina Boluarte ha vuelto al escenario. Nadie piensa que realmente será vacada, pero la idea es irle recordando que siempre hay una espada de Damocles apuntando en dirección a ella. Además, la palabra es parte de un juego cruzado, entre que te puedo vacar y te puedo disolver. Una triste versión de la separación de poderes.
A estas alturas la cuestión no es si ella puede ser vacada o no, pues para eso faltan votos y decisión política. El asunto sigue siendo, como desde el primer día, si ese despido arreglaría algo. Sabemos que nada, pues aquí el despido es un reemplazo. Vemos a los ministros de Boluarte, no queremos imaginar a los de Eduardo Salhuana.
Mencionar la vacancia, pedirla, invertir tiempo en organizarla, ya no pasan de ser una forma de castigo a una presidenta inmensamente impopular. También es una manera de darle cierto encanto a una oposición reducida y aplastada por el pacto de gobierno Ejecutivo-Legislativo. Es decir, una forma de jugar al teatro de la calle.
Con cada día que pasa, Boluarte debe temer menos ser vacada, y más quedar presa entre las cuerdas legales post-presidencia con que la amenazan sus enemigos. ¿Está haciendo algo para suavizar el aterrizaje en el llano? Parece que ella confía al 100% en que Fuerza Popular y APP le van a hacer leve el problema legal. Pero esa no parece una apuesta segura.
Estas livianas reflexiones ocurren a las puertas de la votación sobre la confianza al gabinete Arana, un elenco especialmente chambón, en la gestión y en las declaraciones. Así como es difícil imaginar una vacancia, lo es imaginar una disolución de este Congreso. Después de todo, los ministros son reemplazables, al infinito.
Lo que sí falta, y es viable, es censuras, para ministros como el que está entregando Nasca a la minería ilegal, el que hizo un despelote del nuevo aeropuerto, y ahora le está metiendo cabe a la economía. Boluarte los reemplazará con otros iguales o parecidos, o incluso peores, como ha venido sucediendo hasta ahora.
Un juego, dijimos. Aquí cabe decir que los juegos de manos son de villanos. No hay una pizca de sinceridad o buen propósito cívico en todas estas iniciativas. Solo maneras de ir tonteando al público con un simulacro de política. ¿Dónde aprendieron? ¿Dónde está la bolita?

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