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Opinión

Jimmy Carter, un caballero, por Mirko Lauer

"La imagen de ineptitud se pegó a Carter por la crisis de los rehenes estadounidenses tomados por Irán en 1979, en cierto modo esa fue la antesala de la hegemonía islamista en el Medio Oriente".

larepublica.pe
LAUER

El fallecimiento del expresidente James Carter nos transporta a un pasado mundial que no es difícil de extrañar. El demócrata presidió (1977-1981) unos EEUU donde la vigencia de la mejor convivencia entre los ciudadanos no estaba en cuestión. Entonces las guerras no se autoalimentaban como las de hoy, y la realidad mundial no era una constante dieta de atrocidades.

El mérito en esa presidencia fue haber promovido los derechos humanos en el mundo, y en esa medida la democracia. A partir de eso el vicepresidente Walter Mondale pudo declarar en una reunión: “Dijimos la verdad. Obedecimos la ley. Mantuvimos la paz”. No todos fueron tan generosos con ese gobierno. Se decía, con cierta injusticia, que Carter fue un presidente inepto, y un gran expresidente”.

La imagen de ineptitud se pegó a Carter por la crisis de los rehenes estadounidenses tomados por Irán en 1979, en cierto modo esa fue la antesala de la hegemonía islamista en el Medio Oriente. Los países de esa región empezaron a competir en enemistad frente a Washington. La paz Egipto-Israel que Carter logró no pudo calmar las cosas en la zona, al contrario, irritó a los países más antijudíos.

La crisis en Irán le costó a Carter la reelección y ser sucedido por Ronald Reagan, el primero de varios presidentes republicanos dispuestos a ir a la guerra en serio. El exactor de cine fue conocido como “el gran comunicador”, algo que muy pocos habían dicho de Carter. Pero este había entendido su vínculo con la presidencia de su país como una cruzada, y la cumplió.

El Centro Carter, fundado por el expresidente y su esposa, Rosalyn, un año después de dejar el poder, proyectó una larga imagen sobre el mundo. La institución todavía hoy está dedicada a “declarar la paz. Combatir la enfermedad. Construir la esperanza”. Ese terminó siendo su mejor mensaje político para el mundo.

El estilo algo campechano de Carter (venía de cultivar maní en Georgia) y su paso por la Casa Blanca le permitieron ser un conciliador ideal en las más variadas situaciones. El centro que fundó pasó a convertirse en una máquina de derechos humanos y ayuda a los desvalidos en todas partes. Siempre fue, y nunca dejó de ser, una persona respetable.

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