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-¿Ya estás preparado, Garcilaso, para conocer tu destino?
No sabía quién se lo estaba preguntando, pero Garcilaso de la Vega (1539-1616) había caminado hasta Pachacámac, una extensión desértica a 31 km al sur de Lima, y esa tarde estaba recostado sobre una pared exterior del templo con la mirada fija en el cielo mientras esperaba la voz de la revelación.
Según había aprendido, en ese lugar, hablaba la arena y todo el desierto. En verdad, hablaba Pachacámac entera.
Era el oráculo del mundo andino. Su fama llegaba a todo el Tahuantinsuyo. Recibía viajeros de los lugares más remotos, y los peregrinos no tenían cuándo dejar de llegar. Reyes y caudillos consultaban al dios en persona o mediante embajadores. Los guerreros solicitaban su consejo antes de iniciar una campaña al igual que los viajeros antes de emprender su marcha.
Por mi parte, esta tarde de verano del 2026, acabo de regresar de Pachacámac. Suelo visitarlo varias veces al año y esta vez me apena haber encontrado cerrado el Acllahuasi.
Pachacámac tiene una antigüedad de alrededor de 1800 años. Desde su inicio en la época Wari y luego de su conquista por los incas, ha sido el más importante centro de peregrinación de nuestra costa.
La noticia de que existía un santuario tan fabuloso la dio el propio Atahualpa cuando estaba cautivo en poder de Francisco Pizarro. Probablemente buscando negociación, le dijo que en ese lugar se acumulaban ofrendas de oro y plata procedentes de todo el imperio. El conquistador del Perú envió una expedición para explorar el santuario, o sea para desvalijarlo.
La gente acudía a ese lugar porque lo consideraba la residencia de la divinidad Pachacámac que contaba entre sus atributos con la capacidad para ofrecer predicciones, así como el poder de prever y controlar los movimientos sísmicos.
Por casualidad, apenas llegué a mi casa y abrí la computadora, un temblor algo impetuoso nos remeció un poco. Espero que sea solamente una casualidad.
Julio C. Tello, el profeta de nuestra arqueología, trabajó en Pachacámac en 1940 y a él se debe la restauración del Acllahuasi. Me apena no haber hallado abierto el ingreso a esas construcciones laberínticas porque todas las veces que he entrado me he perdido. Y, como se sabe, en las antiguas religiones, extraviarse es una forma de encontrar la verdad.

Garcilaso de la Vega (1539-1616). Imagen: Difusión.
Pero, volvamos a Garcilaso.
Hijo de un conquistador español -el capitán Garcilaso de la Vega- y de una princesa inca -Isabel Chimpu Ocllo-, a sus 20 años, nuestro futuro escritor se trasladó de Cusco hasta España. A su paso por Lima, consultó el oráculo.
En esos días, usaba su nombre originario: Gómez Suárez de Figueroa. En la península, adoptaría el de su padre.
La misión que iba a cumplir en España consistía en acudir a la corte del rey y solicitar que se reconocieran los servicios de su progenitor, así como recuperar algunos beneficios de su ancestro noble.
De pronto, en Pachacámac, se le acercó un extraño anciano, quien le dijo que había venido a orientarlo.
El hombre era un emisario del oráculo y le pronosticó que iba a fracasar en su intento.
-¿Y entonces por qué estoy en Pachacámac? ¿Para qué sirve este oráculo? Quiere decir que si voy a España voy a fracasar y, si me quedo en mi país, no podré hacer nada por nadie. ¿Es esa la voluntad de Wiracocha, el dios padre de todo lo creado?
Respondió el anciano:
-Vas a escribir. Vas a dar cuenta de los tuyos… de nosotros.
Y Agregó:
—La única forma de volver a tu tierra y a tu madre será escribiendo. El escritor ayuda a los hombres a sufrir sin rendirse.
La predicción se cumplió. En España, Garcilaso no fue ni siquiera recibido por el rey, pero escribió una obra -Comentarios Reales de los Incas (1609)- que cuenta la historia de nuestras tierras. Sin él no tendríamos pasado, ni sombra, ni patria.
En palabras de Jean Paul Sartre, nuestro mundo “se descubre y se expresa a través de esa voz”, y por eso, para mantener la dominación colonial, España tuvo que prohibirlo.
A propósito, Garcilaso murió 23 de abril de 1616, el mismo día en que expiraban Miguel de Cervantes* y William Shakespeare. Por eso, esa fecha es considerada “el día del libro” y suele celebrarse obsequiando una obra literaria. Usted dirá cuál prefiere.
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*Cervantes falleció el 22 de abril y fue enterrado al día siguiente. Se asocia con el 23 por una coincidencia simbólica con los fallecimientos de Garcilaso y Shakespeare.
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