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Opinión

Bukele lovers, por Maritza Espinoza

“Esos regímenes no tienen un ojo biónico para identificar delincuentes y suelen practicar más bien la pesca de arrastre...”.

larepublica.pe
ESPINOZA

No sorprende que en nuestro país haya tanta gente que entra en estado orgásmico apenas escucha la palabra ‘Bukele’ y se muestra dispuesta a entregar todos sus derechos, su libertad y hasta el medallón de la abuelita a cambio de un poco de seguridad.

¡Nunca hubo tanta violencia! ¡Acá te matan por un celular! ¡Mamita, los venezolanos!, son frases que oímos a diario y, aunque sí hay un aumento de violencia en los últimos años, también es innegable que esa sicosis es alimentada por políticos populistas y medios de comunicación irresponsables que lucran con el miedo de la masa.

Por eso, hay tantos que hoy piden al cielo que nos mande un Bukele (como cuando, en los 80, los argentinos clamaban: “¡Virgen María, mándanos un presidente como Alan García”) y justifican todos los peligros que eso representa para la democracia y el Estado de derecho, creyendo —¡oh, almas cándidas!— que a ellos nunca les tocará ver la cara fea de un régimen así de represor.

Se equivocan. Esos regímenes no tienen un ojo biónico para identificar delincuentes y suelen practicar más bien la pesca de arrastre. Es decir, capturar lo que caiga, peces gordos o pececillos despistados, y mandarlos a los campos de concentración donde recibirán el mismo maltrato hasta que demuestren su inocencia.

De hecho, Bukele, de los más de 70.000 detenidos por su política represora (que representa el 5% de la población adulta), ha tenido que liberar a más de 7.000. O sea, ¡ups!, un descomunal error de un 10% que podría ser el doble, porque los más pobres no tienen cómo apelar a una justicia secuestrada por el régimen.

Entonces, si tantas ganas tienes de un Bukele perucho, también debes estar dispuesto a que, un buen día, solo por la casualidad de estar en el momento o lugar equivocado, tu hijo, tu sobrino, tu hermano o tú mismo caigan en una redada y se vayan derechito a una cárcel infrahumana. Porque, ojo, ese día, no tendrás derecho a decir ni pío. Algunos lo llaman “daño colateral”.

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