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Opinión

Esperanza versus ira

“En un país tan fragmentado como el nuestro, las identidades sociales y políticas están construidas en buena parte por antis: antifujimorismo, anticomunismo...”.

larepublica.pe
Chaparro

En todo proceso de identidad social siempre hay una dinámica en la que la cohesión grupal se construye, en parte, por la interacción con colectividades que se perciben en la vera opuesta. Un aspecto de sentirnos parte de un grupo es porque reconocemos como afines a quienes comparten ciertas discrepancias y afectos contrarios hacia quienes son vistos como “los otros”.

Las llamadas emociones negativas no son lo único que se experimenta hacia los eventuales contrarios pero, en cierto nivel de relación, es lo que prima respecto al que se ve como diferente, salvo que se le vea como un par con relación a un antagonista a otro nivel de vínculo. Las rivalidades entre comunidades pueden disminuir si alguna situación lleva a que estas se unan frente a un tercero. Recordar cualquier dinámica futbolera ayuda a darse una idea de esta situación en el que los equipos rivales pueden llegar a llamarse “compadres”, sin embargo, tienen reservada una andanada de adjetivos para burlarse cuando la situación se preste y, a la vez, llegar a ponerse la camiseta del contrario si alguna situación de urgencia lo amerita.

El problema es grande cuando estas emociones, con relación al opuesto, son algunos de los pocos motivos por los cuales se percibe que tienes algo en común con otra persona. Sí, salvo la discordia, el resto es ilusión. En un país tan fragmentado como el nuestro, las identidades sociales y políticas están construidas en buena parte por antis: antifujimorismo, anticomunismo, antiLima, anticholos, antipolíticos. Buena parte del populismo de antes y de ahora, así como la demagogia (que muchos confunden con lo anterior) se nutre y alimenta de esta dinámica. Los procesos de construcción de identidad, como toda decisión, siempre pasan primero por definir lo que no se quiere. Lo complicado es cuando como sociedad diversos grupos sabemos qué no queremos, lo que nos distancia de otros, y no llegamos a tener ideas y sentimientos firmes sobre qué nos une.

Eventualmente a eso se refería Luis Alberto Sánchez cuando decía que Perú era un país adolescente. El problema es que la moratoria se hace eterna.
El gobierno actual, carente de legitimidad, busca aprovechar la crisis de los migrantes venezolanos para reactivar ese quebrado y endeble “nosotros” que nos habita. El escenario se presta porque se activa esa parte del nacionalismo que todos tenemos construido en la animadversión hacia grupos extranjeros. Alguien en el gobierno habrá visto la oportunidad de juntar recelos añejos respecto a los vecinos sureños con los nuevos que algunos experimentan hacia los migrantes del norte.

El nacionalismo va acompañado de algo de “ley y orden” para, una vez más, hacer un despliegue policial de efectivos que lleva a recordar escenas de The Wall. Por supuesto que el hecho y el problema existen, pero también el uso político y mediático del mismo. Vizcarra usó en su momento el tema de los migrantes como Toledo el de las veleidades con relación a Chile. Lo que habría que tratar de rescatar es la esperanza. Al menos, de acuerdo con los estudios que se vienen realizando sobre acción colectiva y emociones, es uno de los llamados sentimientos positivos que juega un rol importante en la movilización ciudadana.

Las emociones negativas han sido más estudiadas y suelen estar a la base de la reacción de las personas respecto a un conflicto. Las investigaciones indican que la continuidad de un colectivo, y por lo tanto la profundización y fortalecimiento de su identidad, pasan por que el mismo convoque sentimientos positivos, entre otros, de esperanza. No es el ocasional “sí se puede” sino la identificación con ideas, líderes y escenarios futuros deseados. En la reconstrucción o construcción institucional que nos toca por tarea, los liderazgos son fundamentales, pero liderazgos que sirvan para tender puentes, no para levantar más muros.

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