Un poemario cada tantos años. Falso politólogo. Periodismo todos los días. Natación, casi a diario. Doctor por la UNMSM. Caballero...
¿Han servido para algo nuestros debates electorales? Quizás llamarlos debates es un exceso. Los candidatos se van presentando y pronunciando opiniones recortadas por el poco tiempo disponible y por el formato establecido. Hay un sistema establecido para convencernos de que ese es un buen momento para decidir por quién votar y por quién no. Eso es falso.
Quizás una discusión más o menos abierta entre dos candidatos, con tiempo suficiente, arrojaría algunas luces sobre ambos y sobre la relación entre ellos. Pero el match Keiko Fujimori-Pedro Castillo no permitió entender la extensión de la tontería de este último. Al electorado le tapó la vista un sombrero folclórico, que más tarde Castillo se quitó.
Con 36 candidaturas a la presidencia en la actual primera vuelta, las cosas se complican. Los adelantos sobre cómo será ese debate, una suerte de fixture, muestran candidatos con verdaderas posibilidades confrontados con políticos que no lograron salir de “otros”, material de segunda y hasta tercera división. ¿Es esto inevitable?
La teoría es que en los debates el elector descubre en el candidato virtudes o defectos que no sospechaba. Una suerte de plataforma de lanzamiento de quienes no eran suficientemente conocidos. Es decir, que esos cambios de palabras revelan lo que los medios y las redes no pudieron transmitir. En otras palabras, la gente aprecia mucho los programas de concurso en la TV.
La idea, entonces, es que los debates ayudan a la ciudadanía a decidir. Que no solo pesan en establecer quiénes pasarán a la segunda vuelta, sino que además influyen indirectamente en la capacidad de arrastre parlamentario de un candidato. Pero el tiempo es muy reducido para que el televidente se haga cargo de decisiones tan importantes.
La eterna pregunta en este tema es si un debate puede voltear una elección. Hay ejemplos más que suficientes que le dan la razón al sí y al no. Pero además es una incógnita si el triunfador ganó la elección porque ganó el debate. Mario Vargas Llosa era mucho mejor polemista que Alberto Fujimori, y miren lo que sucedió en 1990.
No es nuestra intención apartar al respetable público del próximo debate electoral, sino solo ayudarlo un poco a entender mejor qué es lo que estará mirando. Pues un show en el cual los actores tienen poco tiempo para mostrar sus mejores ideas puede ser engañoso. Más revelador sería si se les permite extenderse. Pero imaginen lo largo de ese programa.

Un poemario cada tantos años. Falso politólogo. Periodismo todos los días. Natación, casi a diario. Doctor por la UNMSM. Caballero de la Orden de las Artes y las Letras, Francia. Beca Guggenheim. Muy poco X. Cero Facebook. Cero Instagram, cero TikTok. Poemario más reciente: Chifa de Lambayeque (Lima, Personaje Secundario, 2024). Próximo poemario será la quinta edición de Sobrevivir. Acaba de reeditar el poemario Los asesinos de la Última Hora (Lima, Cepo para Nutria, 2025).