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Opinión

Sepulcros blanqueados

“Gonzalo Cano, todo hay que decirlo, acaba de revelar en su blog Dibanaciones que él fue uno de los treinta testimonios de exsodálites.”

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Gonzalo Cano es psicólogo y un futuro psicoanalista. Y ahora se ha lanzado a la aventura de escribir. Una novela y un ensayo. La primera, de formato cibernético, ha contado con el patrocinio de La Mula. El ensayo saldrá con el sello de Random House. Este último, que también promete, aún no ha sido publicado. Versará sobre los trillizos latinoamericanos Maciel, Figari y Karadima.

Pero hablemos de la novela. La novela es una historia policíaca. O un thriller religioso, si cabe. Y si bien la ficción es lo que prevalece, Sepulcros blanqueados, el título de la ópera prima de Cano, es también una denuncia rotunda sobre la descomposición moral de ciertas sociedades católicas ultraconservadoras.

En el caso del autor, su tránsito por comunidades pertenecientes al Sodalitium es lo que inspira las intrigas alambicadas y sórdidas de sus páginas. Particularmente, le permite crear personajes tan corruptos y perturbadores, que son como lobos rapaces enmascarados de ropajes religiosos.

En este libro se confunden el fanatismo religioso con el abuso sexual a menores, torturas implacables, manipulaciones psicológicas, lavados cerebrales, violencia física y psicológica, y hasta asesinatos. Es un cóctel terrorífico, si me apuran. El individuo que sirvió de musa a esta historia es Jeff erey Daniels, el supuesto pederasta denunciado en las páginas de Mitad monjes, mitad soldados, y que luego fue señalado por el propio Sodalicio en un informe.

Gonzalo Cano, todo hay que decirlo, acaba de revelar en su blog Dibanaciones que él fue uno de los treinta testimonios de exsodálites que aparecieron en la investigación que publicamos con Paola Ugaz. Gonzalo aparece con el seudónimo de “Felipe”. Su empaque de psicólogo le permite destazar con acuciosidad los vicios de la creación de Luis Fernando Figari.

“La institución no era un carisma del Espíritu Santo, sino la proyección del afán por el poder de sus fundadores. Había pruebas, víctimas, cuentas bancarias. Teológicamente hablando, se dilucidó que era una iniciativa personal perversa, y no una institución del Espíritu Santo”, relata, sin faltarle razón, uno de los personajes de tinta de Cano.

Sé que, más pronto que tarde, habrá una edición impresa, que es la que estoy esperando con ansias para releer Sepulcros blanqueados. Mientras tanto, les cuento que ya está en internet en versiones para tablet. ¡Sodálites, no la lean!

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