Jorge Bruce es un reconocido psicoanalista de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha publicado varias columnas de opinión en diversos medios de comunicación. Es autor del libro "Nos habíamos choleado tanto. Psicoanálisis y racismo".
El título de la película de Paul Thomas Anderson –“Una batalla después de la otra”– me permite graficar una sensación insidiosa que muchos sentimos con este nuevo Gobierno. Lo que temíamos fuera un régimen autoritario, al estilo de la dictadura de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, hasta ahora se exhibe como un despliegue de falsedades e incompetencia. La promesa del orden que permitió a Keiko Fujimori ganar las elecciones ni siquiera asoma en el horizonte. Por el contrario, cada día trae su cargamento de medidas desconcertantes o deprimentes. En todo caso, nada que haga pensar que esto se encamina a una situación controlada como la ofrecida.
La policía del general Arriola no ha cambiado en nada. Más bien parece haber empeorado, lo que se traduce en el abandono de los ciudadanos a su suerte. En una entrevista concedida a La República, el politólogo Alberto Vergara explica que esta es la policía que el Gobierno quiere. No para restablecer el orden, sino para usarla como arma represiva cuando la situación, como seguramente ocurrirá en algún momento, se ponga tensa por las protestas y la desesperación de las personas abandonadas en manos de los extorsionadores y otros delincuentes.
Situación que es aprovechada por otro que se está saltando la Constitución a la garrocha: el candidato a regidor por Renovación Nacional, a quien el JNE le acaba de dar su beneplácito para que sea reelegido como alcalde en lo que solo se puede describir como una pendejada. Contraviniendo no solo lo estipulado por la Carta Magna, sino los fallos de los jurados electorales regionales. La ley del más vivo oleada y sacramentada, para decirlo en los términos que podría usar el candidato del Opus Dei. Una vez consumada la violación de la ley gracias a la bendición otorgada por Burneo, López Aliaga “tranquiliza” a los limeños diciéndoles que, cuando él sea alcalde por segunda vez consecutiva, quien sea extorsionado solo tiene que llamar a Carlos Álvarez para que le solucione el problema. Al desprecio por las leyes se añade el delirio como promesa de gobierno municipal. Los payasos son los llamados a resolver la violencia generalizada, sufrida cada día por las personas más desprotegidas y angustiadas.
Quienes temíamos un Gobierno amenazador y brutalmente autoritario nos hemos estrellado contra una realidad que, por lo menos este psicoanalista, nunca previó. El mensaje parece ser: dejemos las cosas como están y la economía resolverá todo. Como dicen los argentinos: arroja los melones en la carreta y se acomodarán solos.
Mientras tanto, van apareciendo una serie de nombramientos en puestos claves para representar al Perú en el ámbito internacional, que parecen obedecer a una lógica de favores, con total desdén por la importancia del ámbito internacional. Poner al almirante Tubino de embajador en Argentina me exime de mayor explicación. El servicio diplomático tiene un prestigio y profesionalismo que permitiría colocar embajadores en puestos clave. Pero desde hace años viene siendo maltratado por esta nefasta tradición de utilizar las embajadas como recompensa por los servicios prestados, olvidando que los peruanos tenemos derecho a ser representados digna y profesionalmente. En los años que viví en París pude observar de cerca el trabajo del embajador Arias-Scheiber, uno de los artífices de la línea demarcatoria de 200 millas intangibles (algo que hoy parece haber sido olvidado).
La sensación que prevalece es la de una apuesta, como dice Vergara, por el statu quo. O, como diría el Gatopardo de Lampedusa: que todo cambie para que nada cambie. Es una decisión peligrosa, por decir lo menos. Los peruanos eligieron este Gobierno para que los libere de esta situación de precariedad existencial. Tanto en lo que respecta a su seguridad como en asuntos esenciales de la vida cotidiana: salud, educación, transporte, etcétera. La expectativa implícita era la del pacto de la ciudadanía con el padre de la Presidenta: renunciamos a nuestros derechos a condición de que imponga orden, en todas las acepciones de la palabra.
Pero tal parece que esta vez será diferente. Como han señalado diversos observadores, en realidad lo único novedoso es el Gabinete de ministros, que no parece estar muy alineado por lo demás. Porque, en la práctica, el pacto congresal gobernaba al país desde el ridículo golpe de Castillo. Visto así, era en efecto iluso esperar que las cosas cambiaran radicalmente. Era como las promesas de López Aliaga: cháchara vacía y groserías destinadas a complacer al lado más lumpen de cualquiera de nosotros.
Porque es importante reconocerlo: en todas las personas —no solo los peruanos— hay una franja incivilizada que engancha con las bromas soeces, el racismo, el machismo o el clasismo.
En esas condiciones, toca ponerse a pensar en cómo resistir estos años difíciles que no se avizoran, sino continúan. Acabo de participar en un Congreso de la Sociedad Peruana de Psicoanálisis, que fue un rotundo éxito. Su título: “Un psicoanálisis mestizo: Raíces y travesías”. En una de las mesas, el artista Gabriel Alayza propuso una idea tan simple como genial. Ante el avance de la inteligencia artificial, mascarón de proa del tecno-fascismo (los riquísimos propietarios de Silicon Valley), acaso la mejor resistencia sea volver a los actos más elementales: coger un lápiz y ponerse a dibujar.
Como no todos somos artistas, pues será el desafío de quien pueda hacerlo encontrar su propia manera de resistir, preservando de esta manera su capacidad de pensar, simbolizar, reconocer al otro.

Jorge Bruce es un reconocido psicoanalista de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha publicado varias columnas de opinión en diversos medios de comunicación. Es autor del libro "Nos habíamos choleado tanto. Psicoanálisis y racismo".