Periodista por la UNMSM. Se inició en 1979 como reportera, luego editora de revistas, entrevistadora y columnista. En tv, conductora...
De la catadura moral de Fernando Cerimedo ya no hay mucho que decir: un tipo que manda asesinar a su pareja embarazada (de su propio hijo) por ser un estorbo en el camino es un sociópata desde cualquier punto de vista. La justicia boliviana tiene pocas dudas, sobre todo tras encontrar, en su celular, una conversación que reza: “No digas a nadie, pero nos vendió (…) la Nadia (Beller). O la eliminamos ya o estamos jodidos. ¿Conocés a alguien que pueda hacer el trabajo?”. Hasta ahí, el grotesco guion de un thriller político pasional de medio pelo.
Pero, ¿entiende realmente la gente común la gravedad de lo que, más allá de los titulares amarillos, representaba Cerimedo en la política latinoamericana? Porque este no es un escandalete más, sino la prueba palpable de que los electores en nuestros países han sido tratados como bichos manipulables, borregos desprovistos de agencia propia, incautos a los que se podía “conducir” hacia determinadas decisiones políticas a punta de desinformación, granjas de bots y campañas de odio.
Lo confesó el propio Cerimedo, en 2023, al periodista Hugo Alconada, de La Nación de Argentina, cuando le preguntó si manejaba trolls: “Sí, un montón”, respondió. “Los generamos con máquinas, con inteligencia artificial. Contamos con operadores que dan las instrucciones y las variables para crearlos, y después dejamos pasar tres, cuatro meses, para que el algoritmo, al peinar la red, no los detecte”.
En otras palabras, es muy probable que ese sujeto gritón, identificado con un seudónimo y una foto trucha, que se mete a opinar con insultos, groserías y calumnias hacia los opositores de la ultraderecha —y a quien usted responde como si de un verdadero ser humano se tratara— sea un troll que solo existe en una de las muchas pantallitas que se encontraron en la granja de Cerimedo en Bolivia.
El único antecedente de una estrategia así de masiva y maquiavélica es el de Cambridge Analytica, la consultora británica que obtuvo datos de 87 millones de usuarios de Facebook sin su permiso para diseñar anuncios personalizados que los hicieron cambiar de opinión, tanto en las elecciones norteamericanas de 2016 —que ganó Donald Trump—, como en el Brexit del mismo año en Reino Unido.
Pero, ¿qué ha hecho Cerimedo para que la ultraderecha gane elecciones más allá de sus estrategias de desinformación y manipulación en redes? Lo descubierto es solo la punta del iceberg, pues falta documentar los pactos indecentes que tuvieron que celebrarse con los candidatos y sus entornos, las financiaciones de campaña que involucrarían narcotráfico y minería ilegal, así como los nexos precisos con el movimiento MAGA, secta de un Donald Trump interesadísimo en apropiarse del poder en su patio trasero.
Lo de la granja de bots no es sino la confirmación de la manera descarada en la que se ha influido en el debate político en nuestros países: “engañando” a los algoritmos de redes sociales para hacer creer a la gente que el alcance de sus mensajes, candidatos o agendas era real, colocándolos a la fuerza y sin escrúpulos en el debate público. Es decir, una estafa a gran escala de la que ya no hay retorno posible, pues los gobiernos que se beneficiaron de esa asquerosa estrategia ya se encuentran bien instalados en sus puestos.
«Si hablo, caen ocho gobiernos», habría dicho Cerimedo tras su detención en el penal de Palmasola y, quienes conocen su trayectoria, dicen que se refiere específicamente a Argentina, Chile, Honduras, Colombia, El Salvador, Perú, Bolivia y Paraguay, donde candidatos de extrema derecha han ganado recientemente. De todos, el más comprometido —después, obviamente, del presidente Rodrigo Paz, de Bolivia— parece ser Javier Milei, a quien, en la ya mencionada entrevista con Alconada, Cerimedo describió como “Dócil”.
Otro que aún no ha ganado la elección —y que probablemente no la ganará después del escándalo en el que se encuentra enfangado hasta los muslos— es Flavio Bolsonaro, cuyo hermano Eduardo, en una gala en Mar-a-Lago en la que se premiaba a Cerimedo como gran estratega político (gala en la que, ¡oh coincidencia!, habría estado Keiko Fujimori), le agradeció todo lo que había hecho por la candidatura familiar.
En esa ocasión, Cerimedo estaba tan emocionado que se fue de lengua, pues se largó a hablar de la “guerra cultural” (el eje ideológico del movimiento MAGA) y su objetivo prioritario: que la izquierda nunca más vuelva al poder en América Latina, para lo cual no solo había que ayudar a los candidatos de ultraderecha a ganar elecciones, sino a gobernar. ¿Y la voluntad popular? Un insignificante asunto que se puede manipular o “dirigir” con engaños, mentiras y campañas sucias.
¿Qué dirán ahora los votantes de la ultraderecha latinoamericana? ¿No se sentirán un poco ridículos después de haber acusado a la izquierda (que tiene lo suyo, no nos hagamos) de lavar el cerebro de los jóvenes, para luego resultar ellos los manipulados como borreguitos descerebrados? ¿No habrá por ahí algún “facho pobre” (un trabajador mal pagado que defiende a los ricos) que, al enterarse de los métodos de Cerimedo, se haya sentido un tonto útil? Es probable. Aunque, claro, el mayor logro de esta gentuza es que sus propias víctimas terminen aplaudiéndolos.

Periodista por la UNMSM. Se inició en 1979 como reportera, luego editora de revistas, entrevistadora y columnista. En tv, conductora de reality show y, en radio, un programa de comentarios sobre tv. Ha publicado libro de autoayuda para parejas, y otro, para adolescentes. Videocolumna política y coconduce entrevistas (Entrometidas) en LaMula.pe.