
La pandemia ha puesto a prueba la natural tenacidad del peruano en tiempos en los que es necesario adaptarse para sobrevivir, como dicta el memorial de Darwin. Esta es la historia de tres familias que así lo entendieron.
Diseñadora de profesión, Miluska Manrique y su esposo Iván Salas se dedicaban a la producción de material impreso en instituciones educativas.
La milimétrica organización y fortaleza solo propias de un negocio nacido en el seno del hogar les permitió surgir empresarialmente con una relativa prosperidad hace más de veinte años, hasta que la primera cuarentena los encontró.
“Definitivamente, el negocio no está rindiendo como antes (...). Nuestra última campaña de marzo fue de agendas escolares, nos quedamos en el aire. Estamos sobreviviendo con lo del año pasado”, asegura.
La pareja estima que durante campaña escolar su negocio puede mover entre S/ 90.000 y S/ 120.000 solo hasta marzo, aproximadamente la mitad de lo que puede recabar en una buena temporada anual.
“Durante nuestra última campaña dábamos crédito a algunos clientes, y justo terminaba en marzo (la inmovilización del 2020 comenzó el 15 de ese mes). Hemos estado tratando de cobrarles durante todo el año. Había que comprender que muchos habían cerrado, así que tampoco tenían cómo asumir su deuda”, explica.
El tiempo le concedió a la joven pareja recibir la pandemia en un momento en que sus hijos eran mayores. Así que, en compañía de Angélica Alegre, lanzaron MIIA, made here, una empresa de regalos por correspondencia que ha sabido sortear la cuarentena.
REINVENTAR. 'MIIA, made here' es uno de los tantos ejemplos de supervivencia post pandemia. foto: difusion
“Pensamos de todas maneras retomar el anterior proyecto y continuar con el tema de los regalos, que es un negocio alterno que buscamos encaminar”, dice Miluska, mientras espera no más restricciones de transporte antes de la fecha pactada por el Gobierno, el 14 de febrero.
Los Sotomayor Giurfa son músicos por naturaleza.
Sin embargo, los caminos de la vida llevaron a don Alex y sus dos hijos, Giorgo y Giancarlo, a incursionar en un mercado a veces tan ajeno como innovador: la comida fusión japonesa.
Es así como en el año 2016, gracias al aplomo y esfuerzo conjunto que solo la familia puede dar, fundaron por homonimia el restaurante nikkei Sotomaki, en el corazón de su natal Chorrillos.
Probar suerte con restaurante de comida exógena en un distrito de larga tradición cevichera no fue tarea fácil. Pero cambiar guitarras por cacerolas e interminables travesías al muelle se convirtió con el tiempo en un trámite que superaron con creces.
“Cuando inició la primera cuarentena decidimos no cerrar. Esperábamos que pudiera pasar rápido y así lo avisamos a nuestros clientes”, comenta Giancarlo, quien junto a su padre y hermano tenía planeado abrir un segundo local que pudiera expandir su dinastía.
Nunca se dio. La comida japonesa, a diferencia de los fast food o el pollo a la brasa, no goza de una larga tradición por delivery. Los esporádicos pedidos que llegaban a la cocina de su hogar, donde se trasladó el negocio ante el desconcierto, no tenían visos de dar los frutos esperados.
Meses después, y para agravar la situación, el restaurante se sumó al grueso de negocios que invirtió en protocolos sanitarios para una reactivación que nunca se dio del todo. Pasaron de vender más de 8.000 platos al mes a menos de 3.000 en su mejor momento durante cuarentena, 60% menos. Calculan una pérdida de más de S/ 45.000.
“No fue nada fácil, estuvimos más de cuatro meses de para. Teníamos deudas, planillas, y un montón de cosas por pagar”, confiesa Giancarlo.
Ahora, Sotomaki abriga un ambicioso proyecto culinario de atención pormenorizada, que contempla la visita únicamente de parejas o familias de mutua residencia cuando se relajen, vacuna mediante, las restricciones del confinamiento. Esperan que, a diferencia de su primera edición, Reactiva Perú reduzca la valla y favorezca a empresas formales como la suya.
“No somos de las personas que se rinden tan fácilmente, ni que arman proyectos para fracasar. Está en la sangre”, confieren.
El deporte fue otra de las actividades largamente afectadas por la pandemia. Y pese a que el fútbol tuvo una especial vitrina frente a otras disciplinas, esto solo se dio a nivel profesional.
Es el caso de Luis Hernández, entrenador de categorías inferiores en el distrito de San Juan de Miraflores, quien, luego de muchos años de arduo esfuerzo construyendo una academia con más de 100 promesas de todas las edades, tuvo que cerrar de forma permanente.
luis hernandez john reyes
Su equipo, Juventud Lima, había pasado de gozar de uno de los planteles infantiles más prometedores en el distrito a dar sus primeros pasos con canteranos en Copa Perú.
“Junto a mi familia creímos que no duraría más de dos o tres semanas (...). Los padres eran los más felices con retomar cuanto antes las clases, pero nunca sucedió”, cuenta.
Pasaron de manejar un ingreso anual superior a los S/ 30.000 entre sus dos sedes, sin contar la temporada alta de verano, a cero. Cinco profesores que enseñaban junto a él se quedaron durmiendo el sueño de los justos.
Un plan de contingencia con clases semipresenciales nunca se llegó a concretar. Si de por sí era complicado para un deporte de contacto, aterrizar un plan de clases virtuales era una opción todavía menos viable.
No obstante, aún tenía un as bajo la manga: el vehículo que recientemente había adquirido para hacer de su academia un mejor lugar. La misma determinación que en el año 2014 lo llevó a repartir su tiempo entre su carrera de administrador con la vida deportiva afloró. La minivan que otrora había servido para trasladar balones, camisetas y jugadores, ahora lucía repleto de enseres, alimentos y productos de panllevar que eran repartidos por toda la ciudad.
Con el paso de los meses y la flexibilización de las actividades por parte del Gobierno, Hernández pudo reflotar algunos otros emprendimientos familiares con el respaldo clave de su pequeña minivan, pero el deporte no volvió a asomar.
“Existen maneras de realizar entrenamientos cumpliendo protocolos, con distanciamiento, uso de mascarillas e higiene por parte del alumno y profesor (...) antes que estar jugando en la calle como muchos hacen”, considera.
Hoy, tanto él como sus principales acreedores, los padres e hijos en todas las academias donde tuvo la oportunidad de enseñar, aguardan con esperanza el llamado de vacunación para reconciliarse con la cotidianidad, acaso tan cercana a estas alturas como el arco contrario.
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