Eduardo Ballón: “Del supuesto presidencialismo que tuvimos, estamos en un autoritarismo parlamentario”

El investigador de Desco, Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo, analiza la coyuntura política a pocas semanas de cumplirse un año del intento de golpe de Estado. Ballón aborda el estallido social que se generó, la coalición Ejecutivo-Legislativo y la búsqueda por controlar la JNJ y otros entes autónomos.

Peligro. Ballón sostiene que la democracia peruana se ha ido quedando vacía de contenido. Foto: difusión
Peligro. Ballón sostiene que la democracia peruana se ha ido quedando vacía de contenido. Foto: difusión

En diciembre se cumplirá un año del inicio de las movilizaciones en contra del Gobierno de Dina Boluarte, quien asumió en lugar de Pedro Castillo, luego de su fracasado intento de golpe de Estado. Eduardo Ballón, investigador de Desco, reflexiona sobre lo que significó esa explosión social que llegó a poner en jaque al poder político.

—En un mes se cumplirá un año del estallido social luego de la llegada al poder de la presidenta Dina Boluarte. En un momento se pensaba que la caída del Gobierno y del Congreso sería algo inevitable. Es más, se puso en la agenda nacional la propuesta de un adelanto de elecciones generales que, incluso, se llegó a debatir en el Pleno, un tema del que ya nadie habla hoy, por cierto. ¿Qué evaluación hace de todo lo ocurrido desde entonces?

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—Es un acierto referirse a las movilizaciones con la idea del estallido social, porque con esa noción se hace referencia a un tipo de protesta que tiene particular intensidad como para llegar a cuestionar el orden social y político y que, simultáneamente, tiene una gran cantidad de protagonistas. Pero, a lo largo del tiempo, luego de llegarse a un pico, ha ido menguando.

—¿Por qué ha ido menguando?

—Porque, si bien se identifican sentimientos y percepciones, estas no llegaron a convertirse necesariamente en una agenda única, íntegramente compartida. Eso es lo que vivimos y es el resultado de la desarticulación de la sociedad frente a una coalición autoritaria, que es empujada muy claramente por el fujimorismo y por la derecha extrema, la cual tiene mayor cohesión e intereses compartidos.

 Derechos humanos. Las movilizaciones fueron reprimidas por el Gobierno a sangre y fuego. Foto: Antonio Melgarejo/La República

Derechos humanos. Las movilizaciones fueron reprimidas por el Gobierno a sangre y fuego. Foto: Antonio Melgarejo/La República

—¿Esa cohesión de la coalición autoritaria es lo que explica que se mantenga en el poder frente a la ausencia de cohesión entre quienes salieron a manifestarse? ¿Ese es el argumento, en resumen?

—Diría que frente a la ausencia de un actor colectivo. Los protagonistas de las movilizaciones fueron muchísimos, sus motivaciones, tal como quedó claro, fueron diversas. Al mismo tiempo, se fueron sumando diferentes fuerzas, pero no llegaron a articularse en ningún momento.

—Hasta hoy.

—Hasta hoy. Las diferencias y los matices entre las organizaciones nacionales y las más locales y provinciales se mantienen. Y por el lado de la coalición autoritaria habría que precisar qué es lo que entendemos cuando hablamos de cohesión: es un acuerdo de corto plazo…

—Un acuerdo de intereses comunes para mantenerse en el poder por lo menos hasta donde se pueda.

— Eso, por un lado. Y, como telón de fondo, la pretensión de quienes son los más “políticos” de esa coalición, lo que buscan es una renovación del orden neoliberal que estaba puesto en cuestión, entre otras cosas, por las movilizaciones.

—Cuando las movilizaciones empezaron a decaer, distintos analistas empezaron a advertir que temas puntuales como la crisis económica o la inseguridad ciudadana podrían reavivar las movilizaciones. Esos problemas están presentes. El propio Gobierno ha admitido que hay recesión. Al mismo tiempo, las respuestas del Ejecutivo para detener la criminalidad no funcionan. ¿Las protestas podrían reactivarse en este escenario?

—La incapacidad del Gobierno lo va desgastando ante sus principales clientes.

—¿A qué se refiere con clientes?

—Clientes en el mundo empresarial que los toleran y los miran, no es que se sientan representados. Y tienen también una cantidad de clientes entre quienes tienen miedo. Diría que algo que explica la parálisis en una sociedad donde más del 80% está de acuerdo en que quienes gobiernan son unos inútiles y corruptos y deben irse es el miedo a la incertidumbre, de que pueda venir algo peor. Miedo a que si uno sale a la calle (a protestar) pueda terminar engrosando las estadísticas de esta gran cantidad de muertos que, está demostrado, son responsabilidad directa de las fuerzas del orden y del Gobierno. En ese contexto, la situación económica que va a empeorar por los efectos del fenómeno El Niño, el malestar enorme por la inseguridad que lleva a lógicas de respuesta de acción directa en la población ante la ausencia de una estrategia, la disputa entre los poderes del Estado con argumentos triviales, todo eso es parte de este malestar que vivimos y, eventualmente, el Ejecutivo puede terminar cayendo por este nivel de desorden y desgobierno que hay. Por ejemplo, la convocatoria al señor González Olaechea como canciller, este personaje curioso, admirador de Ortega y Maduro, interesado en irse de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, es parte de esta realidad que le describo. Es un juego en el que la presidenta Dina Boluarte usa las cartas que le entrega su supuesto escudero que en realidad es el poder detrás del trono, el premier Alberto Otárola.

—Vayamos a lo que ha venido ocurriendo estos últimos días. La pretensión del Congreso de destituir a la Junta Nacional de Justicia, ¿diría que tiene por objetivo último intentar controlar las próximas elecciones?

—Sí, pero también controlar el nombramiento y ratificación de jueces y fiscales. Hay distintos intereses en el Congreso, desde los más grandes, como los de Keiko Fujimori y sus múltiples juicios, hasta los más pequeños, de los ‘niños’ y los robasueldos. Esos intereses negocian con la fiscal de la Nación y con sectores del Poder Judicial. Los indicios están a la vista de todos.

—Me ha hablado de una coalición autoritaria. ¿Estamos en camino hacia un autoritarismo?

—Yo diría que la democracia peruana se ha ido vaciando de contenido, que nunca fue muy denso. Ha ido perdiendo la poca institucionalidad que tenía a lo largo del siglo XXI. El proceso se ha ido acelerando. Hay ahora un Ejecutivo cada vez más debilitado y un Legislativo cada vez más empoderado. Todo esto se acelera —no empieza— a partir del gobierno de Pedro Pablo Kuczynski, y que tiene como armas arrojadizas, de un lado y del otro, a la vacancia presidencial y el cierre del Congreso. Lo que yo veo es que, del supuesto presidencialismo que tuvimos, estamos ya instalados en un autoritarismo parlamentario.

—¿Pero cree que Lima, por ejemplo, podría llegar a movilizarse masivamente por temas como la democracia? Mi impresión es que no.

—Si uno mira en los últimos 50 años los grandes momentos de movilización, uno se da cuenta de que ha habido cambios enormes. En los 70, tenía un carácter clasista, con gremios, con organizaciones tradicionales y un discurso ideológico. La ‘Marcha de los Cuatro Suyos’, en cambio, fue convocada desde la política, por líderes políticos, por partidos que llamaron a un conjunto de organizaciones plurales. Y la movilización contra Manuel Merino de Lama fue convocada por jóvenes, en una clave distinta, por diversos activismos, fundamentalmente en Lima y en algunas grandes ciudades. Los dos primeros momentos ya no existen. Y la movilización contra Merino y compañía es percibida por la gente, de alguna manera, como el momento que antecede a lo que vivimos hoy. Por eso hay desencanto, incertidumbre, perplejidad y miedo. En ese escenario, creo que mayor potencia van a tener los malestares económicos o la corrupción a la que son tan proclives nuestros políticos y la inseguridad que camina hacia un desgobierno que, si no tuviera los dramáticos costos que tiene, sería hasta gracioso. Hace unos días cometieron la barbaridad de apagar las luces de un estadio de fútbol, los transportistas informales están buscando inscribir a su propio partido político. Eso es parte de nuestra descomposición. Sin embargo, para no terminar con un sabor absolutamente amargo en la boca, considero que ya estamos en otro ciclo.

—¿Cuál ciclo?

—Uno en el que la pelea por la democratización ha venido desde adentro, es rural, y sin embargo institucional. ¿Qué pedían [los que se movilizaron]?

—Entre otras cosas, pedían nuevas elecciones.

—Que cierren el Congreso, una asamblea constituyente. Es decir, buscaban salidas de reconocimiento institucional y de inclusión. Ese nuevo ciclo, desde luego, va a ser larguísimo, va a subir y bajar, pero ya estamos en él.

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