El racismo, un viejo acompañante

¿Cómo comprender esta forma de trato entre los peruanos ya entrado el siglo XXI? La sociedad peruana no termina de resolver un problema de fondo: la herencia colonial.

¿Cómo comprender esta forma de trato entre los peruanos ya entrado el siglo XXI? La sociedad peruana no termina de resolver un problema de fondo: la herencia colonial.

Dos incidentes recientes nos enfrentan con la persistencia del racismo en nuestro país.

En Arequipa una abogada atacó a una humilde mujer encargada de dirigir el tránsito. Furiosa porque la servidora pública no la dejó pasar por donde quería, la llenó de insultos racistas que atacaban hasta a sus hijos y terminó golpeándola.

En la comisaría de La Punta cuatro jovencitos que fueron detenidos a la entrada del distrito en estado de ebriedad se negaron a identificarse y llenaron de insultos racistas y golpearon a los policías. En ambos casos abundaron las mentadas de madre, el “cholo (e india) de mierda”, y “¡no sabes con quién estás hablando!”.

¿Cómo comprender esta forma de trato entre los peruanos ya entrado el siglo XXI? La sociedad peruana no termina de resolver un problema de fondo: la herencia colonial. En términos objetivos, el Perú ha sufrido una gran revolución durante el último medio siglo: desaparecieron las haciendas y la clase latifundista que gobernaba el país, desapareció la servidumbre y la sujeción de la población indígena en las haciendas, se liquidó el gamonalismo y, de ser un país cuya población en 1940 era en un 65% rural, serrana e indígena, pasamos a uno donde apenas el 20% de la población está en el campo, más del 50% habita en la costa y la migración ha provocado un extenso proceso de mestizaje.

Desgraciadamente la velocidad de los cambios subjetivos (aquellos que se operan en la mente de las personas) está retrasada con relación a la de los cambios objetivos: una importante fracción de la sociedad peruana sigue viendo el Perú de hoy con los anteojos de la vieja mentalidad oligárquica.

Hay un personaje que, a comienzos del siglo XXI, ejemplificaba como nadie la quintaesencia del racismo oligárquico, el arequipeño Andrés Bedoya Ugarteche. Tenía una columna en el diario Correo, “La ortiga”, y desde allí exudaba un racismo delirante. En cualquier otro país hubiese terminado en prisión por incitación al odio (llegó a proponer rociar con napalm a la población indígena de Bagua) y a la discriminación. Pero en Perú difundía su mensaje bajo la protección del director de Correo de entonces, Saldo Mariátegui.

Veamos algunas perlas: “¿saben qué -escribía Bedoya Ugarteche-, indios de mierda? Ustedes no tienen complejo de inferioridad, ustedes SON inferiores. Y son inferiores porque son quechuas y aymaras. Recuerden que (para) los nazis (…) los latinoamericanos eran una ‘subespecie’. En otras palabras, menos que humanos: antropoides, primates (...) ¿Cuáles son los países más cagados de Sudamérica? Los tres que tienen indios, pues: Ecuador, Perú y Bolivia” (“Humalientos, humaladas y animaladas”. Correo, 6 de enero de 2005).

Hablando del presidente de Bolivia, Evo Morales, Bedoya Ugarteche escribía: “¿Evo Morales ‘persona’? ¡Por favor! ¿Cómo declarar “persona” a un ser cuya condición de Homo sapiens está en duda y más parece un australopiteco?”. Especulando con que los aimaras peruanos se irían con Bolivia se congratulaba, añadiendo: “Claro que ya no tendremos uros para entretener a los turistas y que les tiren maníes (a pesar del letrero que dice ‘Prohibido dar de comer a los Uros’), pero no todo pueden ser ventajas, pues. En algo tenemos que ceder” (“Indioemierda non grato”. Correo, 17 de marzo de 2005).

La tolerancia del poder frente a estas manifestaciones ayuda a entender cómo el viejo racismo termina prendiendo en las nuevas generaciones.

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