Nosotras las intelectuales

Han sido muchas las que, con legitimidad desde sus diversas áreas de estudio, se han referido no solo a la situación abisal de corrupción de este momento, sino que la han puesto en perspectiva histórica.

Han sido muchas las que, con legitimidad desde sus diversas áreas de estudio, se han referido no solo a la situación abisal de corrupción de este momento, sino que la han puesto en perspectiva histórica.

En su última editorial, César Hildebrandt se pregunta sobre el papel de los intelectuales peruanos en estos días tan adversos, y se responde que la mayoría se ha quedado como consortes de Mario Vargas Llosa o transparentes en las aulas universitarias y que no existe una voz intelectual que levante las banderas anticorrupción. No lo menciona, pero hay una cierta melancolía por el intelectual orgánico que retrata Antonio Gramsci. Por cierto, Hildebrandt se refiere al papel de los escritores varones.

Y en esa insistencia invisibiliza a un grueso grupo de intelectuales que, ora en la prensa o en las calles, ha salido de sus madrigueras académicas para sentar postura sobre lo que nos acontece en el Perú: las mujeres intelectuales. Han sido muchas las que, con legitimidad desde sus diversas áreas de estudio, se han referido no solo a la situación abisal de corrupción de este momento, sino que la han puesto en perspectiva histórica.

Las historiadoras Cecilia Méndez y Carmen McEvoy han insistido en que no podemos entender la situación del Perú en la actualidad sin la memoria histórica de un pasado republicano de desigualdades, estupros contra los más débiles, redes mafiosas entre los poderosos -antes hacendados y hoy malos empresarios-, pero sobre todo vileza contra los indígenas, los ninguneados de siempre. Por otro lado, Francesca Denegri, estupenda investigadora y difusora de la labor de las mujeres letradas del s. XIX, estuvo denunciando una serie de inequidades en una columna que tenía en El Comercio hasta que tocó carne —un texto sobre la persecución de la prensa a Maritza Garrido Lecca— y le dieron las gracias y prescindieron de sus servicios de manera muy cortés, dejando en claro que hay ciertos temas tabú para el decano.

La extraordinaria poeta, Victoria Guerrero, no solo escribe y coordinada el grupo Comando Plath, al que pertenezco, sino que ha asumido la causa de mujeres que visibilizan la violencia de género entre escritores y poetas, motivo por el cual ha sido estigmatizada y criminalizada ante la fiscalía por difamación y, además, bullyada en las redes sociales por el solo hecho de ser más amiga de la verdad que de los poetas violentos.

Gabriela Wiener, que ha publicado varios libros en España y podría seguir feliz por allá, ha denunciado en Ojo Público, en una investigación emprendida junto con Diego Salazar muy pormenorizada y fidedigna, las sistemáticas violaciones sexuales del poeta Reynaldo Naranjo contra su propia hija y su hijastra; además ha sido una de las promotoras de que se retire el Premio Nacional de Literatura a este individuo, lo que ha sucedido hace poco para honra de nuestro Ministerio de Cultura.

Son muchas -Claudia Cisneros, Rosa María Palacios, entre tantas e, incluso, “quien-firma-estas-líneas”- las que activamos en las calles, nos movilizamos contra la corrupción, intentamos hablar en el ágora pública -aunque nos ninguneen-, hacemos pedagogía de derechos, alzamos la voz y esgrimimos la pluma. Eso fue lo que hizo Clorinda Matto hace cien años: denunció al presidente del Congreso en 1893 y le quemaron su imprenta; así que debió exiliarse del Perú. Sin duda, seguiremos su ejemplo aunque César Hildebrandt, a pesar de su apertura de mente, no se dé cuenta.

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