Cultural

Jeanne Hébuterne, la amada de Modigliani, en un penal de Perú

También caminaban por allí Pablo Picasso, Vincent Van Gogh, Leonardo Da Vinci, Monet, Salvador Dalí, Botero, Camino Brent, Paul Gauguin, Francisco de Goya y, por fin, Frida Kahlo.

Jeanne Hébuterne. Imagen: Difusión.
Jeanne Hébuterne. Imagen: Difusión.

Escribe: Eduardo González Viaña

Cuando un gran artista muere, ¿mueren también sus creaciones? Parece una pregunta absurda, pero ocurrió con Amedeo Modigliani.

¿Se acuerdan de él? Fue un pintor y escultor italiano conocido por sus retratos y desnudos en los cuales alargaba extremadamente los rostros y las figuras femeninas. Lo que entonces no fue bien acogido, posteriormente logró la aceptación de todos.

Su modelo se llamaba Jeanne Hébuterne. Aparte de ser un rostro eterno, fue también y, sobre todo, la amada del pintor.

Ella había acudido a la Academia Colarossi para iniciar una carrera artística y, al conocer a Amedeo, se convirtió en la musa permanente del carismático artista con quien se unió pese a la oposición de su familia que no veía con buenos ojos la diferencia de edad entre ellos. Tuvieron una niña llamada como su madre.

Modigliani murió de meningitis tuberculosa en 1920 y dejó a su compañera completamente deprimida. Dos días más tarde, ella saltó por la ventana de un quinto piso.

La tumba de Jeanne está ahora junto a la de Amedeo y tiene un epitafio que dice: “Compañera devota hasta el sacrificio extremo”.

La primera vez que fui a Paris visité el Cementerio del Père Lachaise y encontré, además del recuerdo, toda una historia que siempre me había desbordado.

Anoche, esa remembranza vino hacia mí en una exposición en el penal Anexo de Mujeres de Chorrillos. ¿Una exposición en el penal? Sí, por cierto, y una extraordinaria. Las internas habían reproducido por lo menos veinte transfiguraciones de Jeanne.

Aparte de ello, las habían grabado en blusas, bolsos, pantalones e, incluso, gorros, que tienen por sí un gran valor artístico.

Nelly Aquino, psicóloga y directora del penal, me explicó los alcances de la exposición Mujer, arte y naturaleza a la que yo había sido invitado. “Con ella, se intenta llevar el arte de las cárceles a la calle”, me dijo. “Para eso se ha formado un taller en el que participan notables profesionales de la pintura y otras doce internas”.

Por mi parte, confieso que nunca había ido a un desfile de modas ni conocía un penal femenino, pero ayer mi curiosidad tuvo un fruto muy grato. La actividad que entonces se desarrolló se encuentra en el marco de la política de “Cárceles Productivas” que impulsa el Instituto Nacional Penitenciario (INPE).

Existe un taller de confecciones dentro de ese recinto, en el cual voluntariamente las asistentes cumplen un horario de trabajo. Gracias a su esfuerzo y empeño, ellas han aprendido a dominar y perfeccionar la costura en máquinas industriales.

De otro lado, se confeccionan pantalones, leggins, polos y otras prendas de vestir. Según se informa también, sus productos son vendidos en cadenas de tiendas nacionales.

No tan solo Modigliani estaba anoche. También caminaban por allí Pablo Picasso, Vincent Van Gogh, Leonardo Da Vinci, Monet, Salvador Dalí, Botero, Camino Brent, Paul Gauguin, Francisco de Goya y, por fin, Frida Kahlo.

Cuando digo “caminaban por allí”, no me equivoco. Impresiones de sus obras, con una huella peruana, se encontraban en las prendas que las artistas y confeccionistas habían elaborado.

Creo que Frida Kahlo tiene el poder de ubicuidad. La vi en todas partes y me pareció oírla decir con cierto desplante que estaba en una reunión donde Diego Rivera no había sido invitado.

Nelly Aquino agregó que hay 13 pintoras en el taller y fueron 23 las modelos que exhibieron sus creaciones. Además, en Anexo de Mujeres hay 674 temporales ocupantes.

Como había contado antes, encontré a Amedeo y Jeanne en el Cementerio del Père Lachaise. Fue la primera cosa que hice la primera vez que llegué a París. Era tarde en la tarde y ya estaban por cerrar el establecimiento. Escribí una tarjeta y la intenté dejar en un sitio próximo a sus tumbas.

Sin embargo, en el momento en que lo hacía, sentí que alguien, escondido entre los monumentos fúnebres, me miraba. Cerré los ojos y volví a abrirlos. Era una mujer de rostro alargado y sumamente delgada que parecía volar hacia mi encuentro. Creo que le dije: “Eres de otro tiempo”. Volví a cerrar los ojos y me apuré a salir.

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