
La injusticia no tiene silencio. Algunas personas, quizá un poco más lúcidas, la resuelven con palabras exactas y movimientos calculados. Otras, sin embargo, se dejan llevar por el credo de la ‘justicia por sus propias manos’ y responden con la misma violencia de su agresor. Esta última reacción, que no ha dejado de aplicarse en medio de la pandemia del coronavirus, no está contemplada dentro del marco de la ley. De hecho, si uno o varios incurren en este acto podrían ir a la cárcel.
Un video compartido en las redes sociales, en el cual se ve a un grupo de pasajeros golpeando a un ladrón que ingresó a un vehículo para arrebatarles sus pertenencias, abrió el debate luego de que el malhechor quedara inconsciente y desnudo en la berma. La aprobación de los internautas fue inmediata. ¿Por qué?
El sociólogo Raúl Porras, en diálogo con La República, culpa a la violencia contemporánea, la del nuevo milenio, a dos factores: la falta de valores en la familia y la cultura de la imitación y el reflejo. “Por ninguna razón se justifica la violencia [...] La familia es el principal aspecto que hay que tener en consideración para reducir la violencia, no la legislación”, indica. “Los jóvenes de ahora tienen una cultura imitativa y de reflejo. Ya no leen. Todo se les ha facilitado [...] Si eso lo hacen allá, yo también lo hago, esa es la premisa”.
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Otro problema es la mirada heterogénea sobre la justicia, asegura. Las ideologías, por ejemplo, suelen ser un detonante para caer en un acto violento. “Por lo general, una ideología es una distorsión de la realidad. Esto ha llevado a que no se respete a la autoridad”. También se arriesga a decir que la mala alimentación tiene una fuerte influencia. “Incluso hasta la alimentación podría ser un determinante porque influye en el carácter de la persona”.
“Ya debe haber un control”, apunta, “que los medios y los políticos den un buen mensaje a la familia, que inviten a la conversación porque a través de ésta se llegan a acuerdos. Nada debe imponerse”. El bombardeo de estímulos, la falta de conciencia social y el lenguaje agresivo son algunas de las causas que, según el sociólogo Raúl Porras, configuraron esta “época de violencia, de inseguridad, de corrupción”, lo cual, es casi siempre una invitación a que las personas tomen la ‘justicia con sus propias manos’.
Según la psicoterapeuta Glory Luperdi Iberico, las personas pueden postergar el uso de la razón cuando presienten que su integridad física y emocional están en peligro. “Ante estos estímulos se activa nuestro cerebro más primitivo, el cual se encarga de las funciones básicas de supervivencia [...] Por ello, vamos a dejar de lado el uso de nuestra razón” impidiendo, cuenta, la capacidad para presagiar las consecuencias que podría provocar en su entorno esos actos impulsivos.
“Existe un pobre manejo en la regulación de emociones”, cuenta la psicoterapeuta, quien además explica que la reacción violenta de una persona es una respuesta no solo impulsada por el estrés y la ansiedad sino también porque su conciencia traduce al hecho delincuencial como un daño económico y mental.
A pesar de ello, indica que “la violencia no puede ser legítima de ninguna manera”. Reconoce que tanto el diálogo como la gestión de las emociones son el camino correcto para resolver conflictos, aunque no niega que deberían reforzarse algunos programas en el Estado para contrarrestar esta volcánica necesidad de ajusticiarlo todo.
“Es recomendable vincularnos con cada una de ellas (las emociones) y expresarlas en el momento oportuno [...] contenerlas provoca un desborde emocional”, enfatiza. “Las políticas de Estado tendrían que estar orientadas hacia la promoción y prevención de la salud mental en la sociedad”, sentencia.
¿Y qué implicancias legales tiene recurrir a esa falsa justicia, a esa practica con sabor a venganza? “El acto de hacer justicia con nuestras propias manos configura todos los delitos que están regulados”, enfatiza el abogado Pablo Caíña.
“Por ejemplo, si vienen y te lesionan lo más práctico es acudir al protocolo habitual: ir a la comisaría, poner la denuncia, pasar por médico legista y lo que sigue por ley [...] Ahora si uno quiere llevar al ámbito de hacer ojo por ojo, diente por diente, lógicamente se va a incurrir en lesiones y hasta en homicidios”, detalla.
En el caso específico de México cuenta que “el ladrón puede denunciar” a quienes lo dejaron inconsciente y la denuncia procedería “siempre y cuando identifique al responsable o a los responsables de forma independiente”. Resalta que “las responsabilidades penales son individuales”, así se hayan dado de forma colectiva.
Sin embargo, sostiene que en algunos casos la respuesta con violencia puede ser legítima, solo si es en defensa propia y si es protagonizada por un agente del orden. “En el caso de ellos, ese acto está regulado. El policía repele el ataque del delincuente. En ese caso el concepto es de defensa personal y está en el marco protector de la ley”.
“Los civiles no lo tienen. Por ejemplo, la gente agarra y lincha a un delincuente. ¿Está permitido? No. Si se logra ubicar al promotor de la golpiza, este puede denunciarlo por tener responsabilidad penal”, explica.
“Si alguien promueve actos de justicia con tus propias manos tiene responsabilidad penal por agitar a la masas. Podría recibir una condena como mínimo de cuatro años. Todo va a depender de la subsecuencia en la que arribe la investigación”, asegura el abogado Pablo Caíña.
La famosa Ley del Talión, el acto de implantar una dosis de violencia vestida de venganza tras un determinado hecho, así sea de forma individual o grupal, tiene una consecuencia legal. Tomar ‘justicia con tus propias manos’ podría inmortalizar al autor, pero también invitarlo a pasar un buen tiempo en la cárcel.





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