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Opinión

Primero, la vida, por Rosa María Palacios

“Una protesta con piedras, hondas, palos, botellas, cartones y llantas incendiadas no es terrorismo”.

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Defender la vida se ha convertido en una actividad peligrosa. La palabra terrorista, contradictoriamente, se escupe contra todo aquel al que se le ocurre recordar que no hay pena de muerte en el Perú. Un estudio de Transparencia, Ama Llulla y eMonitor+, ‘Análisis del discurso político y mensajes polarizadores, informe especial, estallido social, 20 dic. al 9 ene.’, encuentra con un motor de búsqueda sobre 14.456 publicaciones en redes sociales que la palabra “terroristas” es la más usada. La acompañan “golpista” y “asesina”. 35% de las publicaciones analizadas contienen discursos de odio.

Tengo edad para recordar bien el terrorismo de Sendero L uminoso y el MRTA. Su eje central era matar. Mataron policías y militares y cultivaron el asesinato selectivo, pero el mayor número de muertos los puso la población: campesinos pobres quechuahablantes. La destrucción de infraestructura siempre fue costoefectiva: el mayor daño al menor costo, sin importar vidas perdidas de inocentes. Según la CVR, unos 65.000 peruanos perdieron la vida en ese periodo de violencia.

Las protestas de hoy no buscan, del lado de los manifestantes, matar. Ese no es el objetivo. Tomar aeropuertos es algo que jamás hizo Sendero, que se movía bajo la estrategia de “zona liberada”; es decir, el control militar del territorio. MRTA y Sendero contaban con armas, dinamita y ANFO, robados para el fin de matar. Ambos se sostenían sobre una ideología demencial, pero ideología, y respondían a una jerarquía criminal organizada en células y liderazgos. Nada de eso hay en las protestas que piden la renuncia de Dina Boluarte.

La banalización de la palabra “terrorista” es un insulto a los muertos y, sobre todo, a los que murieron combatiendo el terror. Pero también a los que sobrevivimos a vivir siempre con miedo. A veces quiero creer que se trata de jóvenes que han tenido el privilegio de crecer en una sociedad pacificada por 30 años. Pero, a veces, las voces son de políticos viejos. ¿Qué les pasó? ¿Se olvidaron de todo el sufrimiento? Se desgañitan defendiendo el capítulo económico de la Constitución (que yo defiendo), pero se olvidan de su primer y segundo artículo: toda persona tiene derecho a la vida.

Una protesta con piedras, hondas, palos, botellas, cartones y llantas incendiadas no es terrorismo. En ninguna parte. Decirlo justifica la desproporción de la respuesta. Responder las piedras con balazos es un crimen mucho más grave que el delito de disturbios. ¿Se puede controlar sin matar? La protesta en Lima no ha tenido un solo muerto. ¿Por qué? Porque no se usaron balas. Así de simple. Trabajo profesional de la policía y basta. Detenciones, sí. Ejecuciones, no.

Macusani, esta semana, es un buen ejemplo de la dinámica del conflicto. Un grupo protesta frente a un “activo crítico”. La masa se envalentona, sin llegar a atacar el local. La policía se asusta y dispara a matar. Olvidan la prohibición legal, porque se saben impunes. Cae uno, cae otro. Los trasladan entre gritos y furia. La rabia crece con las muertes y la población lo incendia todo a su paso. El jueves en la noche se le dijo al país que el manejo policial era “inmaculado” y que todo estaba bajo control. ¿Algo que corregir entonces? Nada, lo inmaculado no se limpia. ¿Y qué diálogo serio puede convocar el Gobierno si lo primero que aprende un demócrata es que nunca se dialoga con terroristas?

Esta semana se ha confirmado el escenario que ya había adelantado: no hay 87 votos para un adelanto de elecciones al 2024. Menos para el 2023. Si no se aprueba, Dina Boluarte se queda hasta el 2026. Para febrero o marzo, cuando esto se confirme, quiero ver a los que hoy llaman terroristas a cualquiera que proteste, caminando con su cartel, diciendo: “Amiga, date cuenta”. Se han convertido en entusiastas de alargar la agonía de su insospechada lideresa, aquella que cantaba “justicia” en ese circo de ministros que organizaba Castillo.

Hasta que llegue ese momento, solo queda cuidar la vida. Vida que no vale nada en el Perú. 65.000 muertos por terrorismo, 220.000 por COVID-19, un sicario adolescente se contrata por un sencillo. ¿Nos sorprende que matar en provincia cause indiferencia? La marcha del jueves lo volvió a probar, dos muertos en Lima y cae un gobierno. 52 muertos fuera de la capital, “todo está controlado” y Dina se consolida en el poder. Aplausos. En serio, ¿no entienden de dónde viene la furia?

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