Profesor visitante en el departamento de economía de la PUCP
Cual telenovela con 100 episodios, la ONPE finalmente publicó los resultados finales al 100% de la primera vuelta de la elección presidencial 2026. Se confirmó, sin mucha sorpresa, el pase a la segunda vuelta de la candidata Keiko Fujimori. En una final, con menos suspenso que berrinches, Sánchez terminó aventajando a López Aliaga por tan solo 21,210 votos, dejándolo con los crespos hechos.
¿Qué sorpresas nos ha traído esta primera vuelta electoral? Una de ellas es que, contrariamente a lo sostenido por quienes defienden la tesis del fraude aduciendo que hasta los muertos votan, en el Perú hasta un muerto puede ganarle en votos a un candidato vivo. Este ha sido el caso del difunto candidato Napoleón Becerra (PTE Perú), quien obtuvo más votos que Carlos Jaico (Perú Moderno), sentenciando así la muerte política de este último.
El primer y más importante desafío luego de la segunda vuelta será, sin duda, cómo superar la crisis política y garantizar la legitimidad del próximo presidente cuando la suma del porcentaje de votos válidos obtenidos por Fujimori (17.181%) y Sánchez (12.031%) no llega ni a un tercio de los votos válidos. Ello nos dice dos cosas: lo primero, que dos de cada tres electores no votó por ninguno de los dos candidatos que disputarán la presidencia. Ello tendrá un impacto sobre la legitimidad del próximo gobierno, a menos que se logren consensos multipartidarios mínimos sobre las tareas urgentes.
Los temas de una agenda común son conocidos: la seguridad ciudadana, la pobreza urbana y rural, la seguridad alimentaria, la calidad de la educación, las políticas de generación de empleo adecuado y la protección social. La gestión macroeconómica deberá enfrentar la inflación provocada por el alza del petróleo y sus derivados, mitigando su impacto sobre la población más vulnerable, además de prepararse frente a un fenómeno de El Niño que se anuncia de fuerte intensidad. Todo ello exigirá un manejo responsable del presupuesto público y mejoras en la recaudación tributaria, aprovechando la coyuntura de sobreganancias mineras y eliminando exoneraciones innecesarias.
Por otro lado, el ganador necesitará captar el respaldo de quienes votaron por otros candidatos o evitar que opten por el voto en blanco o nulo. Este último, en particular, expresa el rechazo de una parte importante de la ciudadanía a una oferta política que no logra representar sus demandas. Sin canales efectivos de representación y debate sobre problemas como la inseguridad, el empleo o la salud, esa insatisfacción corre el riesgo de trasladarse nuevamente a las calles y a la conflictividad social.
Las elecciones del 2021 guardan varias similitudes y algunas diferencias con las del 2026. La primera de ellas es que esta vez Fujimori le saca casi la misma ventaja a su opositor que la que Castillo le sacó a ella en la primera vuelta de 2021 (18.9% y 13.41%, respectivamente). En esta primera vuelta, sobre los 1,874 distritos, Sánchez obtuvo un mayor número de votos que sus rivales en 1,094 distritos, mientras que Fujimori obtuvo la mayor votación en 583 distritos; es decir, que en casi el 90% de los distritos del Perú uno de los dos candidatos obtuvo el mayor número de votos. Sin embargo, a Sánchez le ha ido menos bien que a Castillo en 2021, pues este logró tener más votos que los demás candidatos en 1,262 distritos, 168 más que Sánchez.
Ahora que la primera vuelta ha concluido, podemos comparar el perfil de los distritos en donde gana Sánchez respecto de aquellos en donde gana Fujimori. Mirando de cerca el perfil de los distritos en donde ganaron, aparece un rostro bastante definido. Los distritos favorables a Sánchez se ubican en mayor medida en distritos con menos de 20 mil habitantes, en departamentos de la Sierra, mientras que los favorables a Fujimori tienen más de 100 mil habitantes y se encuentran en los departamentos de la Costa norte y la Selva.
La principal característica es que, mientras el porcentaje de votos obtenidos por Sánchez crece de manera profesa conforme aumenta el nivel de pobreza de los distritos, lo mismo no ocurre con Fujimori, cuya votación se concentra principalmente en los distritos menos pobres. Si se comparan los resultados de Sánchez con los alcanzados por Castillo en la primera vuelta de 2021, se aprecia una reducción de votos en aquellos distritos con niveles de pobreza ubicados entre el 35% y el 60%. En contraste, Fujimori ha logrado avanzar, especialmente, en distritos con niveles de pobreza inferiores al 30%.
De acuerdo con el mapa de pobreza distrital de 2018, los distritos en los que Sánchez obtiene la mayor votación presentan más del doble de incidencia de pobreza que aquellos donde gana Fujimori (38.4% frente a 17%). La desigualdad también marca una diferencia importante entre ambos espacios electorales: es mayor en los distritos favorables a Sánchez que en aquellos donde predomina Fujimori (0.317 y 0.295, respectivamente). A ello se suma una menor cobertura de servicios básicos. El 42.9% de la población que reside en distritos favorables a Sánchez vive sin acceso a agua potable y casi un tercio carece de electricidad, mientras que en los distritos favorables a Fujimori esas proporciones descienden a 22% y 6.7%, respectivamente.
Más de un tercio de quienes residen en distritos en donde votaron mayoritariamente por Sánchez tienen el quechua como lengua materna (6% en el caso de distritos favorables a Fujimori). Más de la mitad de la población en dichos distritos no ha logrado superar el nivel primario de educación y casi uno de cada cinco no sabe ni leer ni escribir. La proporción de evangélicos, protestantes, testigos de Jehová y otros no católicos representa el 22.4% de la población en distritos en donde gana Sánchez. Se trata también de distritos en donde dos de cada tres personas (67.3%) ocupan un empleo en la agricultura (18.4% en el caso de Fujimori) y el 39.4% no tiene una relación con un empleador, pues son trabajadores independientes. En el caso de los distritos favorables a Fujimori, esos rasgos están mucho menos presentes, pues sus electores se distribuyen de manera más uniforme, siguiendo las mismas proporciones que el promedio nacional.
Para convencer a nuevos electores, Sánchez deberá tomar distancias con supuestos miembros del "sombrero luminoso", como ahora algunos llaman a personas cercanas al Movadef y en los rangos de Juntos. Fujimori, por su parte, deberá intentar convencer de que esta vez sí, prometido, no intentará abusar del poder; que restablecerá la institucionalidad e independencia de los poderes del Estado y, por qué no, que nos clasificaremos al próximo mundial.
La segunda vuelta no solo definirá quién gobernará el Perú durante los próximos cinco años; también pondrá a prueba la capacidad del sistema político para reconstruir legitimidad en un país profundamente fragmentado y desigual. El próximo gobierno heredará una ciudadanía cansada, desconfiada y con demandas urgentes que ya no aceptan postergaciones: seguridad, empleo digno, servicios básicos y representación real. Sin acuerdos mínimos y sin voluntad de cerrar las brechas sociales y territoriales que esta elección volvió a exponer crudamente, el riesgo es que el conflicto deje nuevamente las urnas para instalarse en las calles.