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Opinión

¿Izquierda democrática?

“A escala latinoamericana empezó a admirarse la estrategia de ganar elecciones y cambiar las reglas a través de una asamblea constituyente que instaure un poder popular más sólido...”.

larepublica.pe
“A escala latinoamericana empezó a admirarse la estrategia de ganar elecciones y cambiar las reglas a través de una asamblea constituyente que instaure un poder popular más sólido...”.

Siempre ha sido difícil la relación entre izquierda y democracia. Mucho tiempo atrás fue el origen de la primera división del marxismo internacional, cuando un grupo postuló que el propósito del socialismo se limitaba a conquistar la democracia. Desde entonces, es un tema controvertido que frecuentemente vuelve a la palestra.

Más aún en el Perú, donde la inestabilidad de la democracia y su propensión a caer en corrupción y mal manejo ha contribuido a su desprestigio. Si la ciudadanía no la quiere, por qué habría de respetarla la izquierda, que representa el espíritu crítico de la nación. Es una pregunta válida que siempre ha flotado en la mente de los izquierdistas de corazón, porque los hay de conveniencia.

En los años setenta, el APRA se llamaba a sí mismo “izquierda democrática”, para diferenciarse de las corrientes marxistas y a la vez de la derecha. Era la época del gobierno militar y Haya había girado en dirección centro-izquierda, dejando caer a la oligarquía y reclamando la paternidad de las reformas que estaba llevando a cabo Velasco. Desde entonces, la combinación conceptual izquierda y democracia tuvo mal sabor en las filas socialistas, sabía al perfil del rival.

A continuación, sobrevino la gran experiencia democrática de la izquierda, que se abrió con la constituyente de 1978 y se prolongó hasta la desaparición de IU en época de Fujimori. Esta participación fue inconsecuente por dos razones. La primera más conceptual, porque se mantenía un discurso revolucionario y se asumía que la democracia era instrumental, se aprovechaba la libertad para predicar el derrumbe del capitalismo y su Estado. La segunda razón era práctica, se habían levantado en armas tanto Sendero como el MRTA. Se los consideraba equivocados, pero no enemigos del pueblo. Sobre todo, al MRTA, porque la crueldad de Sendero hizo que rápidamente la IU deslinde de sus métodos. La suma de ambas razones hizo que la democracia sea asimilada a medias en el imaginario izquierdista.

Además, el Perú no atravesó una etapa de represión militar sangrienta como en el Cono Sur. Aunque hubo represión y alcanzó a la militancia de IU, no alcanzó una amplitud genocida. Por ello, la democracia no aparecía como un régimen político sustancialmente mejor. En ese dilema entre socialismo, revolución y democracia se pasó la vida política de la generación del sesenta-setenta.

Al comenzar el siglo XXI apareció el chavismo y una propuesta nacional-popular con encanto en la siguiente generación izquierdista. A escala latinoamericana empezó a admirarse la estrategia de ganar elecciones y cambiar las reglas a través de una asamblea constituyente que instaure un poder popular más sólido que la simple alternancia en el gobierno. Una vez más se reprodujo el desencuentro entre izquierda y democracia. No era igual al pasado, había mutado, pero seguía siendo la misma relación complicada.

La aparición de Nuevo Perú en el escenario electoral del 2016 abrió una opción para la reconciliación entre estos conceptos. En efecto, había surgido una lideresa con un mensaje potente que recuperó para la izquierda una posición expectante en el escenario político. Pero fue perdiendo fuerzas y en la primera vuelta del 2021 quedó detrás de la izquierda radical, que había estado con Santos y ahora aparecía con Castillo. En ese momento, el Nuevo Perú optó por diluirse, adaptarse al ganador, para ocupar ministerios en un afán por gobernar.

La justificación fue gobernar, puesto que hacer política no es comentar. Pero en el apoyo a Castillo se fueron desgranando, porque no basta gobernar si no se sabe para qué se gobierna. Sin esa certeza, la participación llevó a la división y a la crisis de irrelevancia. Difícil salir adelante y parece una oportunidad perdida más para el entendimiento entre socialismo y democracia.

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