
Hitomi Soga tenía 19 años cuando fue secuestrada junto a su madre en la isla de Sado en Japón. Ambas regresaban a casa después de hacer compras cuando tres hombres las interceptaron, les cubrieron la cabeza y las trasladaron por mar sin explicarles a dónde iban.
Días después, Hitomi comprendió que ya no estaba en su país y que había sido llevada a Corea del Norte, donde permanecería durante los siguientes 24 años. Su caso formó parte de una serie de secuestros atribuidos al régimen norcoreano durante las décadas de 1970 y 1980.
Soga pasó varios años retenida contra su voluntad en un cuartel de Corea del Norte.
Durante los primeros dos años, Soga permaneció recluida en un cuartel militar sin conocer el paradero de su madre ni las razones de su secuestro. "Salía del cuartel, miraba al cielo, veía la luna y las estrellas, y lloraba pensando en mi familia en Japón y en cuándo volvería a verlos", recordó en el programa Outlook de la BBC.
A pesar del aislamiento, aseguró que nunca perdió por completo la esperanza de recuperar su libertad. "Siempre guardé eso en mi corazón. Tenía la esperanza de que todo esto llegaría a su fin, y esa esperanza nunca desapareció", relató sobre aquellos años.
Japón ha identificado al menos a 17 ciudadanos secuestrados entre 1977 y 1983. Una de las teorías sostiene que algunas víctimas fueron utilizadas como libros de texto vivientes para enseñar idioma y costumbres japonesas a agentes norcoreanos que posteriormente podrían infiltrarse en Japón.
En 1980, las autoridades permitieron que Soga abandonara el cuartel, pero le comunicaron que tendría que casarse con Charles Jenkins, un soldado estadounidense que había desertado a la nación norcoreana en 1965. La unión de una japonesa y un estadounidense también tenía un valor propagandístico para Pyongyang.
Aunque no pudo decidir con quién casarse, Soga contó que con el tiempo llegó a querer a Jenkins. La pareja tuvo dos hijas y vivió bajo una estricta vigilancia estatal, sin empleos remunerados formales y con numerosas restricciones. "No había conciertos, ni cines. No había nada para divertirse. El miedo y la preocupación eran constantes", recordó.
La situación cambió en 2002, cuando Kim Jong-il reconoció que Corea del Norte había secuestrado a ciudadanos japoneses y Soga recibió autorización para visitar Japón. Decidió quedarse y, dos años después, pudo reunirse con su esposo y sus hijas; en 2004, la familia se estableció definitivamente en la isla de Sado.





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