
Carlos Niezen, economista y autor del libro Mentalidad Estratégica 2.0, analiza en esta entrevista con La República cómo la inestabilidad política y la debilidad institucional afectan de forma directa la inversión, el desarrollo de las pymes, el empleo y la confianza en la economía.
—Su libro se titula Mentalidad Estratégica 2.0. ¿Por qué considera necesario replantear el concepto de estrategia en el Perú?
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En un entorno tan volátil como el peruano, la estrategia no puede seguir siendo entendida como un plan rígido a cinco años. Mentalidad Estratégica 2.0 plantea que la verdadera estrategia hoy es la capacidad de adaptarse con agilidad, leer el entorno político-económico y reaccionar antes que sea tarde. En países con crisis institucionales recurrentes, eso no es opcional, es esencial.
Por eso, en el libro presento también un modelo llamado S.T.R.A.T.E.G.I.C., que sirve como herramienta para ayudar a las empresas a navegar la incertidumbre con estructura, creatividad y foco en la ejecución.
—¿Qué tan condicionadas están las decisiones empresariales por la situación política?
Muchísimo. En Perú hemos visto cómo eventos políticos —como la renuncia de PPK en 2018 o los cambios sucesivos de presidentes— generan efectos inmediatos en la inversión, el tipo de cambio, el consumo. Una clase política inestable afecta directamente la economía real. Las empresas, grandes y pequeñas, ya no pueden ignorar la política.
—¿Qué impacto tiene esa volatilidad en la inversión privada?
Destruye confianza. Y sin confianza no hay inversión de largo plazo. Una economía puede tener recursos naturales, talento, demanda... pero si no tiene previsibilidad jurídica y política, el inversionista no apuesta. Eso lo vimos tras la caída de PPK, con los bonos soberanos cayendo y los flujos de capital poniéndose en pausa.
—¿Qué particularidades tiene el contexto peruano frente a otros países de la región?
Una institucionalidad débil que no se ha terminado de consolidar. En otros países con crisis políticas —como Chile, por ejemplo—, los marcos regulatorios han logrado cierta estabilidad. En Perú, en cambio, el Congreso cambia las reglas del juego cada año. Eso genera una economía más frágil frente a choques internos o externos.
—Usted dice que muchas empresas no se preparan para el “riesgo político”. ¿A qué se refiere exactamente?
A que aún vemos una visión empresarial muy técnica y micro: el enfoque está en reducir costos, competir, producir más. Pero no se mide con la misma rigurosidad el riesgo de que se anule un contrato, se cambie una ley tributaria o se politice una regulación. No es casualidad que muchas inversiones grandes en Perú estén paralizadas por conflictos institucionales o decisiones impredecibles.
—¿Este entorno perjudica más a las grandes empresas o a las pymes?
A las pymes, sin duda. Las grandes pueden diversificar riesgos, operar en varios países o contar con equipos legales fuertes. Las pymes, en cambio, están muy expuestas: si suben tasas de interés, si se retrasa una licitación o si cambia una norma laboral de un día para otro, se ven directamente afectadas.
—De cara al 2026, con elecciones generales, ¿qué riesgos ve para la economía?
Veo tres riesgos principales: primero, la aparición de candidatos radicales con propuestas anti inversión; segundo, una campaña polarizada que frene decisiones clave en el Congreso; y tercero, la posibilidad de que no se concreten reformas institucionales urgentes. Todo eso impacta en la estabilidad macroeconómica y en la toma de decisiones del sector privado.
El Parlamento para 2026 estará conformado por 60 senadores y 130 diputados. Foto: Andina
—¿Qué reformas cree que son urgentes para reducir la incertidumbre económica?
Reformas en el sistema político para limitar la fragmentación partidaria, mejorar la calidad del gasto público, modernizar el Estado y garantizar seguridad jurídica para los inversionistas. Sin eso, vamos a seguir atrapados en ciclos de crisis políticas que sabotean nuestro crecimiento.
—¿Qué efectos tiene esta incertidumbre en la economía cotidiana, en el peruano de a pie?
Muchos. Cuando cae la inversión, se frena la creación de empleo formal. Cuando hay conflictos políticos, sube el dólar y eso encarece productos básicos. Cuando los gobiernos no duran, no hay continuidad en las obras ni en la infraestructura. La política errática nos cuesta caro a todos.
—¿Qué pueden hacer las empresas frente a esta realidad? ¿Hay forma de protegerse?
Sí. Desarrollar capacidades internas: análisis de escenarios políticos, agilidad para reconfigurar operaciones, diversificación de mercados. Ya no basta con tener eficiencia operativa. En un entorno como el peruano, la estrategia debe incluir inteligencia política y económica. Esa es la nueva normalidad.
—¿Qué rol juegan los liderazgos empresariales ante esta crisis institucional prolongada?
Tienen un rol clave. No solo deben gestionar sus empresas, sino también participar del debate público, exigir reglas claras y contribuir con propuestas. Si el sector privado permanece pasivo, la crisis política seguirá escalando y la economía se seguirá deteriorando.
—¿La relación entre el Estado y el empresariado está rota?
No rota, pero sí debilitada. Hay desconfianza mutua. El Estado ve al empresario con sospecha y el empresario ve al Estado como poco competente. Ese círculo vicioso impide políticas de largo plazo. Necesitamos reconstruir puentes, especialmente en sectores estratégicos como infraestructura, energía y educación.
—¿Qué podemos aprender de países con instituciones más sólidas?
Que la estabilidad no se construye sola. Requiere reformas, voluntad política y presión ciudadana. Países como Colombia o Uruguay han apostado por políticas de Estado, fortalecimiento institucional y diálogo público-privado más maduro. El Perú debe avanzar en esa dirección si quiere atraer inversión sostenida.
—¿Cómo evalúa el papel del Congreso en el deterioro de la confianza económica?
Muy negativo. La cantidad de normas anti técnicas, el uso político de comisiones, la falta de predictibilidad legislativa —todo eso espanta al capital y genera parálisis en los sectores productivos. Si no se mejora la calidad del Congreso, no habrá recuperación real de la confianza.
—¿Qué tipo de estrategia debe adoptar una pyme frente a este panorama?
Una estrategia adaptativa. No pueden depender de subsidios o promesas estatales, sino enfocarse en profesionalizarse, digitalizarse, entender su entorno político y formar redes que les den más poder colectivo. La soledad en este contexto es un riesgo.
—Usted menciona que muchas empresas no leen bien el contexto. ¿A qué se refiere?
A que siguen tomando decisiones como si el entorno fuera estable. Pero no lo es. Cada elección, cada reforma frustrada, cada crisis ministerial tiene impacto en el mercado, el crédito, la demanda. Las empresas deben incorporar esas variables en su análisis diario, no solo en sus informes anuales.
—¿Cómo afecta la falta de predictibilidad tributaria a las decisiones de inversión?
La afecta directamente. Nadie invierte a largo plazo si teme que le cambien las reglas cada seis meses. Hemos tenido moratorias tributarias, amnistías, cambios en regímenes como el de MYPE tributario sin una visión integral. Eso genera desorden y pérdida de competitividad.
—¿Qué papel tiene la educación económica y política en todo esto?
Vital. Mientras no entendamos cómo funciona el Estado, cómo se construye la institucionalidad o qué significa una política fiscal sostenible, seguiremos eligiendo mal y exigiendo poco. La ciudadanía debe formarse no solo en economía doméstica, sino también en cómo funciona el sistema.
—¿Qué mensaje central deja su libro para el empresariado peruano en este contexto?
Que la estrategia no puede esperar a que el país se ordene. Hay que tomar decisiones bajo incertidumbre, y eso requiere capacidades organizacionales fuertes. No se trata de sobrevivir, sino de avanzar en medio del caos. Ser estratégico hoy es estar políticamente despierto.
—¿Es optimista con el futuro económico del Perú?
Soy realista. Tenemos recursos, talento y un empresariado creativo. Pero si no resolvemos nuestra crisis institucional, ese potencial no se va a materializar. La buena noticia es que aún hay tiempo para cambiar el rumbo. Pero hay que actuar con visión, y ya.





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