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Cultural

Jorge Nájar: “Vallejo, como migrante, no doró la píldora”

 El escritor y poeta ha publicado Los poemarios fantasmas de César Vallejo, dos grandes bloques de poemas que el vate santiaguino dejó al morir.

larepublica.pe
Vallejo, en los 15 años que vivió en Francia, solo publicó cinco poemas. Foto: Marco Cotrina.

Su estancia de décadas en París le ha permitido conocer los rincones de luz y sombra que frecuentó Vallejo en esa ciudad. Él mismo dice algunas veces haberse perdido en esas rutas. El poeta y escritor Jorge Nájar (Premio Copé 1984), tras publicar las novelas biográficas Vallejo y la célula non plus ultra (2010) y Vallejo: la vida bárbara (2019), ahora entrega Los poemarios fantasmas de César Vallejo (Sinco Editores), sobre los posibles libros que quiso publicar (por lo menos uno) el poeta santiaguino y que Juan Larrea, amigo del autor de Trilce, incluyó en Obras completas, en 1978. Según su criterio, los tituló Nómina de huesos (textos de 1923 a 1936) Sermón de la barbarie (de 1937 a 1938).

— ¿Esta edición intenta corregir la edición propuesta que hiciera Juan Larrea?

En efecto, este libro nace de esa propuesta. Recuerdo que cuando salió la edición de Juan Larrea, yo me hallaba en Barcelona. Entonces, lo primero que hice fue conseguir el libro y comprobé que yo tenía una propuesta diferente. Pensé, con qué derecho los amigos, aunque sean muy queridos, se autorizan a reordenar los poemarios del amigo fallecido y darles, incluso, nombres. Esa pregunta estuvo cabalgando en mi cerebro durante años “con qué derecho”. Luego me di cuenta que edición inicial que se publicó en París, la de Georgette y Raúl Porras, cuando esta se editó en Lima, también fue modificada. Desapareció el ordenamiento y aparecieron nuevos títulos. Entonces, mi pregunta no solo iba en dirección de Larrea sino en dirección de todos.

— Pero Porras, cuando edita, dice que son poemas en borradores y no ordenados…

Cuando Porras hace la nota bibliográfica, señala eso. Los poemas que él incluye y el apunte que hace, a mí no me satisfacen mucho porque cuando los lees detenidamente, incluso en estado de borrador, te darás cuenta que hay dos bloques. El primer bloque que va hasta 1935, que Larrea llama “Nómina de huesos”. Hay pruebas epistolares que este manuscrito fue enviado nada menos que al editor de Trilce en París, José Bergamín.

— ¿Qué más se precisa?

Hemos hecho ajustes. El ajuste más evidente es del poema “Alfonso: estás mirándome…”, que refiere la muerte de su amigo pianista que ocurre en 1937. Larrea lo coloca en Nómina… y Georgette lo fecha en 1932. La fecha con la muerte de Alfonso no coincide.

— ¿"Nómina de huesos" es el título que propuso Vallejo a Bergamín?

Aparecen varios títulos, entre ellos Nómina… También aparece Poemas humanos. El asunto es que Poemas humanos engloba todo y no se percatan de que existen dos bloques ahí. Eso es lo que quiero subrayar. En los documentos, vallejo dice “mi libro publicable”, no tiene título, no le da título. Pero Nómina de huesos es un excelente título vallejiano. En el poema “Nómina de huesos” está el asombro del que llega a la ciudad. A partir de ese momento, el libro va evolucionando y culmina en ese magnífico poema de “Telúrica y magnética”, que es la prueba de la evolución de la identidad de ese hombre con sus raíces.

Jorge Nájar lanza "Los poemarios fantasmas de César Vallejo". Foto: archivo

—¿Y qué visión hay en Sermón de la barbarie?

Sermón…, para mi gusto, es el poemario más parisino que ha escrito Vallejo. ¿Por qué? Porque ahí están los pobres. No hay que olvidar que Francia venía de la guerra de 1918 y la ciudad de París había sido masacrada. No hay buena economía. Vallejo busca trabajo y no encuentra. Toda esa pobreza, esa miseria, aparecen en Sermón… Allí están los pobres abandonados en las calles, en los mercados.

—¿Por qué dices que Vallejo en Europa, como poeta, fue poco audible?

El hecho concreto es que Vallejo en los 15 años que vivió en Francia solo publicó cinco poemas. Dos que se publicaron en Lima y los otros tres en Europa. Como vallejo era tan secreto muchos decían que Vallejo era un poeta sin poemas. Era tan secreto que, incluso, cuando falleció, Georgette no sabía que había dejado tanta poesía inédita. Además, buena parte de su vida se dedicó a escribir para la prensa y gracias a los artículos que escribió sabemos los conceptos con los que vivió. Podemos reconstruir su vida a partir de allí. El problema es que la prensa no le daba para vivir, pero aún así, el periodismo le salvó la vida.

—Afirmas que Vallejo liquidó la estética de lo bello.
Así es. Su poesía más poderosa es la escrita en Francia. Toda la potencia del verso está en estos libros que estamos hablando. La lección que nos da es que Vallejo es uno de los pocos, como migrante, que no ha dorado la píldora. Los migrantes suelen dorar, ocultar las dificultades, pero él no lo hizo. La precariedad, la tragedia del hombre salido de una aldea andina, extraviado en la urbe peruana y después perdido en la ciudad más cosmopolita del mundo, está en toda su poesía.

—¿Las nuevas biografías han alcanzado nuevos datos?

Plantean derroteros. Todos sabíamos, por ejemplo, de su relación con Otilia Villanueva, una de sus musas, pero habíamos pasado por alto que la separación entre ellos había ocurrido cuando ella estaba embarazada. En esos años, abortar era muy peligroso. Es probable que esa señora haya dado a luz y el ser nacido haya llevado el apellido Vallejo… Esas cosas se pueden tocar desde la ficción, pero no desde el trabajo documentado.

— ¿Vallejo quiso volver al Perú?

Cuando se canceló la beca que tenía de España, pidió al servicio diplomático que le financiaran el regreso, como tenían derecho los becados entonces. Se hicieron las gestiones y le dieron el dinero, pero con ese dinero se fue a visitar a la Plaza Roja. Entonces, ¿quería o no quería regresar? Hay muchas cosas, cartas, testimonios de que quería regresar, pero no se materializó, ya sea por él o por otras motivos.

—Se guarda una imagen triste de Vallejo, pero el poeta era jaranero y socarrón…

Y buen cocinero. En alguna parte él cuenta, cuando vivía en el taller de un amigo pintor, cómo iba al mercado a buscar papas, queso y carnes para preparar grandes frejoladas para la juventud peruana que estaba en parís y convergía allí. Él era el cocinero mayor.

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