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Gio y el coronavirus

“La enfermedad los identifica no solo como un grupo de riesgo, sino como un colectivo castigado por su supuesta perversión sexual”.

La Republica
Maruja Barrig

Nadie parece querer a los chinos últimamente, por culpa del coronavirus surgido en la ciudad de Wuhan. Los comerciantes del barrio chino en Nueva York han lanzado campañas para recuperar clientes, sobre todo en los chifas, aunque sin éxito. Porque además de que se les adjudique la culpa por incubar ese virus que se expande por el mundo, los occidentales comenzaron a recordar sus extrañas costumbres culinarias que incluyen murciélagos, sesos de monos, testículos de perros y penes de caballo.

Pero no son sólo los chinos neoyorquinos los que padecen las consecuencias del coronavirus. El “Diamond Princess”, un lujoso crucero que alojaba a 3,700 pudientes pasajeros, estuvo atracado en el puerto de Yokohama sin posibilidad de que los navegantes descendieran, dado que más de 200 huéspedes fueron diagnosticados con el virus. Está mal vista esta gente que va de puerto en puerto desperdigando contagios. En Vietnam, poco después, negaron el desembarco de pasajeros de un crucero alemán. No había ningún infectado a bordo, pero uno nunca sabe: mejor curarse en salud, literalmente.

En Kiev han sido rechazados a pedradas por sus connacionales los ucranianos evacuados de Wuhan. La discriminación contra el paisano de Wuhan dentro de la misma China fue inmediata. Y hacia los chinos de todas las provincias de ese enorme país también: circulan las anécdotas contra el asiático de quien huyes disimuladamente en Milán o en Barcelona. Lo cual ha convertido a la enfermedad en un pretexto para la xenofobia.

No es difícil comparar este fenómeno con lo que ocurrió con el sida y sigue ocurriendo con los infectados de VIH. Los seropositivos son -extrapolando la comparación- como los chinos de hoy, de los cuales hay que apartarse por temor al contagio. Incluso peor, pues como aseguró Susan Sontag en su ensayo sobre el sida, la enfermedad los identifica no sólo como un grupo de riesgo, sino como un colectivo castigado por su supuesta perversión sexual. Lo que pase con ellos, a pesar de algunos gestos, no parece ir al fondo del problema: si además de corazones con la bandera multicolor y lemas por la diversidad, el Estado tuviera una acción más decidida contra el sida, no ocurriría lo que el periodista Gio Infante calificó de “Homosidio”.

En su estudio sobre los infectados con VIH, Infante analizó las estadísticas del Centro de Epidemiología del Ministerio de Salud y encontró que un sector de la población en riesgo y ya contagiada, no recibía atención adecuada y sobre todo a tiempo, lo cual traía como consecuencia tres muertes diarias a causa del sida. La situación de esta colectividad de gays y trans no podía desligarse de la discriminación y el desprecio con que suelen ser tratados; como apestados en su propio país, sin poder desembarcar en ninguna parte. La homofobia latente en algunos diseñadores de políticas y servidores públicos, sugería el estudio, se expresaba también en la (mala / tardía) atención a la población infectada.

Si bien el documento que comentamos tiene más de cinco años, las estadísticas actuales del MINSA señalan que la situación no ha variado mucho: a fines del 2019 se reportaban 6,983 personas infectadas con VIH y 1076 casos de sida notificados. Estos últimos, al morir, mantendrían la cifra que Infante calculó: tres al día.

Gio Infante, incansable y querido activista por los derechos humanos, fue director del Movimiento Homosexual de Lima. Murió de sida hace un mes. Tenía 31 años. “La enfermedad los identifica no sólo como un grupo de riesgo, sino como un colectivo castigado por su supuesta perversión sexual”.