Pablo Zevallos: “El crimen organizado es ideológicamente agnóstico y profundamente poliamoroso”
En esta entrevista exclusiva a La República explica cuáles deberían ser los focos centrales para enfrentar este fenómeno, qué errores se repiten en la región y por qué las respuestas fáciles —tan frecuentes en campaña electoral— pueden terminar agravando el problema en lugar de resolverlo.

Pablo Zevallos es un oficial retirado de Carabineros de Chile que desde hace varios años investiga el crimen organizado y las formas de gobernanza extralegal que se expanden en América Latina. Participó en uno de los paneles de Tejiendo Ciudadanía, titulado Estrategias contra la Inseguridad Ciudadana, Economías Ilegales y Corrupción, donde expuso una idea incómoda pero necesaria: el crimen organizado ya no opera como antes y el Estado sigue respondiendo con esquemas del pasado.
Alejandro Céspedes García: ¿Qué es lo que está fallando en el tratamiento del crimen organizado en nuestra región?
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Pablo Zavallos:Creo que lo primero es asumir que estamos frente a una transformación profunda en las dinámicas del crimen organizado. Esa transformación tiene componentes estatales complejos, porque el Estado sigue reaccionando con recetas antiguas frente a fenómenos nuevos. Es como intentar cocinar con ingredientes distintos utilizando una receta del pasado.
Por ejemplo, las lógicas de los carteles de Medellín o de Cali ya quedaron atrás. Hoy tenemos estructuras criminales que funcionan de manera depredatoria sobre el territorio, como un exoesqueleto que absorbe marcas criminales ya posicionadas y las asume como propias para saltarse todo el proceso de evolución delictiva.
Además, ya no son organizaciones especializadas únicamente en narcotráfico. Han integrado diversas economías ilícitas que les permiten mayores ganancias y resiliencia. Cuando el Estado o una organización rival las presiona, migran hacia otras actividades.
El contrabando de cigarrillos, por ejemplo, funciona como economía de resiliencia. ¿Qué genera esto? Alianzas flexibles entre bandas que antes parecían irreconciliables. Hoy pueden asociarse porque la economía ilícita pesa más que sus rivalidades históricas.
Esta diversificación económica les ha permitido dar un paso adicional: penetrar el aparato estatal mediante corrupción, influir en la política y modificar políticas públicas. El objetivo es claro: inyectar el dinero ilícito en la economía formal. Ya no se trata de esconder dinero como en los tiempos de Pablo Escobar; hoy necesitan legalizarlo rápidamente.
En América Latina hemos visto modelos donde se modifican políticas públicas para crear zonas grises legales. Un ejemplo es el Reinfo en el Perú. Situaciones similares han ocurrido en Ecuador y en otros países. Se trata de un modelo que, cuando resulta exitoso en un país, se replica y adapta en otros.
El problema es que si seguimos diseñando respuestas nacionales aisladas sin entender que lo que ocurre en Ecuador, Colombia o Chile impacta en el Perú, no vamos a tener éxito. Necesitamos una mirada en red. Y ahí la prensa cumple un rol central.
El año pasado, en el Perú, fueron asesinados cuatro periodistas. Eso debió generar una reacción estructural. Cuando se silencia el periodismo, las comunidades dejan de comprender lo que ocurre y comienzan a normalizar la violencia. Lo mismo ocurre con defensores ambientales y otros líderes sociales asesinados o desaparecidos. Todo eso habla del avance territorial del crimen organizado.
Alejandro Céspedes García: Usted describió al crimen organizado como “poliamoroso” y “agnóstico ideológicamente”. ¿Podría desarrollar esa idea?
Sí. En 2024 Chile vivió la combinación de dos fenómenos: el ingreso de estructuras criminales extranjeras y la transformación de la delincuencia local. Esa convergencia es altamente peligrosa.
Inicialmente, estos fenómenos son negados por las autoridades. Se anuncia la “desarticulación” de bandas porque sus miembros fueron encarcelados. Pero si la cárcel está gobernada por esa estructura criminal, no se desarticuló nada; se fortaleció.
En los últimos 30 años, las organizaciones más peligrosas de América Latina surgieron en cárceles: el Primeiro Comando da Capital y el Comando Vermelho en Brasil, Los Choneros y Los Tiguerones en Ecuador, el Tren de Aragua en Venezuela.
Esto ocurre por un fenómeno llamado gobernanza criminal intermitente. Desde afuera parece que el Estado controla la prisión. Pero dentro se desarrolla una economía criminal robusta.
En Chile, el 82% de las personas privadas de libertad se declara consumidor de drogas. El valor de la droga dentro de la cárcel puede ser entre siete y diez veces más alto que afuera. Es un mercado cautivo altamente rentable. Eso fortalece a quienes controlan ese mercado interno y permite que la organización se expanda.
Cuando digo que el crimen organizado es ideológicamente agnóstico, me refiero a que no distingue entre derecha o izquierda. Y cuando hablo de que es poliamoroso, es porque puede vincularse simultáneamente con distintos sectores de poder si eso le permite avanzar.
Alejandro Céspedes García: Estamos en un momento electoral y el tema central es la seguridad. Se proponen estados de emergencia y militarización. ¿Cómo debería evaluar la ciudadanía esas propuestas?
Pablo Zavallos:Existe una paradoja. La ciudadanía exige respuestas rápidas y los políticos ofrecen narrativas de solución inmediata. Pero la lucha contra el crimen organizado es larga y estructural.
Se menciona con frecuencia el modelo de Nayib Bukele. Sin embargo, El Salvador cabe 61 veces dentro del Perú y su población es seis veces menor. Lo que puede funcionar en una escala pequeña puede fracasar en otra completamente distinta.
Además, estos modelos tienden a derivar en autoritarismo. Para sostener la seguridad inicial se restringen libertades y se debilitan contrapesos democráticos.
El riesgo adicional es la negociación con estructuras criminales. En toda negociación hay un beneficio para el político y para el grupo criminal. La sociedad termina perdiendo.
Cualquier modelo debe responder a la idiosincrasia del país donde se implementa. Copiar esquemas sin adaptación es una receta para el fracaso.
Alejandro Céspedes García: Se suele medir la seguridad por la tasa de homicidios. Usted propone observar también la extorsión. ¿Por qué?
Pablo Zavallos:El ingreso de un grupo criminal suele ser extremadamente violento. Es una fase de disputa territorial. Pero una vez que se consolida el control, la violencia disminuye porque matar afecta el negocio.
Ahí comienza una etapa de penetración social y económica. Las autoridades celebran la baja de homicidios, pero puede tratarse simplemente de que la organización ya consolidó su dominio.
La extorsión es un indicador clave. Es, en muchos casos, el sueldo del ejecutor criminal. Tiene fecha de pago, montos definidos y posibilidad de “bonos” si se amplía la base extorsiva.
En el Perú la extorsión se disparó y luego comenzó a invisibilizarse. Las víctimas prefieren pagar antes que denunciar. Cuando la extorsión se asume como costo de seguridad, el crimen organizado se normaliza.
Alejandro Céspedes García: Sobre narcotráfico: ¿qué implica el cambio de rutas hacia el Pacífico?
Pablo Zavallos:Los cambios de ruta generan décadas de violencia. Cuando el cartel de Cali trasladó la ruta del Caribe hacia Centroamérica, se inició un ciclo de violencia que aún perdura.
Hoy el consumo de cocaína en Estados Unidos ha disminuido frente a otras drogas sintéticas, pero el mercado de Oceanía crece con fuerza. En Nueva Zelanda y Australia la dosis puede costar hasta nueve veces más que en Estados Unidos.
Además, según datos de Naciones Unidas, la producción de hoja de coca y cocaína en Perú, Colombia y Bolivia casi se duplicó el último año. Tenemos mayor oferta y precios altísimos en nuevos mercados. Eso rompe cualquier lógica clásica de oferta y demanda.
La nueva ruta es el Pacífico. Y eso coloca a los puertos de Perú y Chile en el centro de atención de mafias transnacionales: albanesas, italianas, turcas, rusas, chinas.
Alejandro Céspedes García: ¿El puerto de Chancay es un desafío en ese contexto?
Pablo Zavallos:Sin duda. Es un puerto automatizado con tecnología avanzada. Pero la pregunta es si existen suficientes contrapesos civiles y mecanismos de supervisión independientes.
Los megapuertos asociados a nuevas rutas bioceánicas representan oportunidades económicas, pero también desafíos de seguridad, especialmente en un contexto de sobreproducción de cocaína y desplazamiento del mercado hacia el Pacífico.
Las zonas portuarias, distritos cercanos y carreteras pueden convertirse en focos de disputa. Es clave analizar si la violencia alcanzó un pico y descendió —lo que podría indicar control territorial— o si continúa en ascenso, lo que señalaría disputa activa.
Alejandro Céspedes García: Usted publicó el libro Cuando el crimen reza. ¿De qué trata?
Pablo Zavallos:Es el segundo libro que publico sobre lo que denomino “crimen rezado”. Analiza el componente cultural y religioso que rodea a ciertas organizaciones criminales.
Existe una narco-religiosidad que trasciende fronteras y avanza con los flujos migratorios. Los códigos devocionales, rituales y simbólicos generan identidad y cohesión. Ahora están muy ligadas a propuestas de ultraderecha o antisistema.
En Ecuador los narcotraficantes escuchan narco-corridos mexicanos; en zonas de producción en el Perú ocurre algo similar. La figura de la Santa Muerte se ha expandido más allá de México.
La lucha contra el crimen organizado no es solo policial o militar. También es cultural y narrativa.
Si pensamos el crimen organizado como un virus —como desarrollé en mi libro anterior, Un virus entre sombras— necesita un plasma para sobrevivir: la corrupción. Y su huésped es el Estado.























