Carlos Marx y la revolución

Para hacerle justicia al viejo Marx, cuyo bicentenario se conmemora el 5 de mayo, se debe pensar y analizar sus aciertos y errores y los horrores perpetrados en su nombre.

1 May 2018 | 6:05 h

Para hacerle justicia al viejo Marx, cuyo bicentenario se conmemora el 5 de mayo, se debe pensar y analizar sus aciertos y errores y los horrores perpetrados en su nombre.

El punto de partida de Carlos Marx para proponer la necesidad de una revolución socialista, fue que la gran Revolución Francesa de 1879 había quedado inconclusa. El enfrentamiento entre los tres Estados (la nobleza y el clero contra “el pueblo”) había encubierto la existencia de dos clases antagónicas que venían desplegándose al interior de este último: la burguesía y el proletariado. 

La burguesía no puede existir sin el proletariado ni el proletariado sin la burguesía. Sólo se puede contratar fuerza de trabajo asalariada cuando existen trabajadores “libres” (proletarios, con libertad jurídica para vender su fuerza de trabajo y sin medios de producción para poder producir por su propia cuenta), y los proletarios sólo pueden convertirse en tales cuando encuentran un burgués dispuesto a comprar su fuerza de trabajo. 

El triunfo de la Revolución Francesa, que proclamaba la conquista de los “derechos universales”, terminó siendo el triunfo de la burguesía. Las demandas “universales” de la revolución -libertad, igualdad, fraternidad- terminaron convertidas en conquistas de clase: libertad de comercio, la creación de un mercado donde pudieran equipararse como iguales los propietarios de mercancías de igual valor excluyendo a  quienes no tuvieran dinero para comprarlas, y la fraternidad convertida en la unión mundial de la burguesía contra sus trabajadores. 

Superado el feudalismo la burguesía impuso su dominación en el terreno político con la democracia representativa y la expansión capitalista le permitió extender su dominación económica por el mundo. Pero el fortalecimiento de la burguesía consolidaba al mismo tiempo a su par antagónico, el proletariado, y sus intereses cada vez hacían más claramente antagónicos. Las décadas que siguieron a la gran revolución serían jalonadas por la conquista de nuevos mercados por la burguesía y por el desarrollo de la conciencia de clase, la expansión de sus sindicatos y la gestación del socialismo como un orden alternativo al orden capitalista.

El capitalismo que Marx conoció fue el de la era industrial, y desde su estudio él se proyectó hacia el pasado, buscando comprender los procesos históricos que hicieron posible su gestación, y hacia el futuro, tratando de avizorar las tendencias fundamentales del desarrollo del capital. 

Una primera constatación a la que Marx arribó fue que el rasgo característico de la expansión capitalista era la universalización de la forma-mercancía: la conversión de todos las relaciones sociales en relaciones mercantiles. Esto sucede en primer lugar en la economía: todo lo que en los modos de producción anterior era producido para el autoconsumo pasaría a ser producido en adelante como una mercancía: un bien o servicio producido para venderlo en el mercado. A medida que el capitalismo triunfante iba destruyendo los modos de producción anteriores, los campesinos dejaban de producir sus alimentos, su vestido, su vivienda, y pasaban adquirirlo todo en el mercado.

Esto incluía a los propios seres humanos: en el proceso los propios individuos se convertían en una mercancía: campesinos expulsados del agro se veían transformados en “fuerza de trabajo libre” colocada en el mercado para ser comprada por los empresarios para producir plusvalía. Pero la mercantilización de las relaciones sociales no se limitaba a la esfera de la economía. Marx constataba que también se convertían en mercancías puestas a la venta las opiniones, el prestigio y hasta la propia conciencia. Medítese la expresión: “¿Cuál es tu precio?”. Llegado a este límite, el capital alienaba radicalmente a los seres humanos, en tanto es una creación humana (más propiamente una relación social) que se vuelve contra sus creadores y se erige como un poder objetivo que los extraña, oprime y degrada.

Marx creyó ver en el proletariado la fuerza revolucionaria capaz de acabar con el capitalismo, con la explotación del hombre por el hombre y con las propias clases sociales. Para Marx la desaparición de la burguesía (el objetivo del comunismo) debería suponer también la desaparición de su par antagónico, el proletariado. Supondría pues la desaparición de la estructura de clases sociales misma. El proletariado sólo podía emanciparse provocando la emancipación de toda la humanidad. 

Las previsiones de Marx, es obvio decirlo estas alturas, no se realizaron. Las revoluciones socialistas realizadas en nombre del proletariado a lo largo del siglo XX dieron sin excepción el poder a las burocracias y la implosión de la Unión Soviética y la desaparición de los socialismos realmente existentes a fines del siglo sellaron el fracaso del modelo del socialismo de la era industrial. 

Para hacerle justicia al viejo Marx, cuyo bicentenario se conmemora el 5 de mayo, se debe pensar y analizar sus aciertos y errores y los horrores perpetrados en su nombre. Propondré algunas reflexiones al respecto en la próxima entrega.
 

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