El Centro Republicano Radical

La transformación social más importante −y más alentadora− de América Latina en las últimas dos décadas es el surgimiento de un anhelo de horizontalidad en nuestras relaciones sociales; hoy valoramos más que nos respeten y castigamos con mayor rigor la prepotencia. Ello es resultado de una combinación de fenómenos que se han dado con mayor énfasis en América Latina respecto al mundo en los dos últimos lustros, tales como un sostenido crecimiento económico, una explosión demográfica sesgada hacia la mano de obra joven, una creciente urbanización, y una apabullante penetración de las tecnologías de la información. La ascendente inclinación hacia la horizontalidad como rasgo social representa un punto de quiebre respecto de la compleja y vertical jerarquía social que dominó nuestra historia republicana, emblema de la herencia colonial.

Lo paradójico es que esa búsqueda por la igualdad está echando raíces en la región más desigual del mundo, choque que hoy es la principal fricción social en América Latina, y por ende, en el Perú. Hoy la afición clama por cancha plana cuando el campo de juego está lleno de huecos y montículos y, además, el árbitro es coimero. Este “cortocircuito que produce irritaciones sociales cotidianas”, como lo describe Danilo Martuccelli en su estudio sobre las transformaciones sociales en Lima, es a la vez fermento de una oportunidad: la emoción por horizontalidad en una sociedad tan desigual crea una expectativa por reglas claras y derechos para todos, un Estado limpio e imparcial, un tipo de progreso basado en el esfuerzo propio y no en los privilegios, y la necesidad de orden. En suma, ha surgido una conciencia centrista, republicana y, además, radical.

Inspirada en ideas innovadoras (Sen y el desarrollo de las capacidades; Hausmann y la diversificación productiva vía competencias) y en planteamientos peruanistas (Basadre y la promesa republicana; Matos Mar y la revolución pacífica de las clases emergentes), la propuesta del centro republicano radical responde a las demandas y emociones de la mayoría de peruanos y latinoamericanos, y está ideológicamente equipada para resolver la actual paradoja regional.

La idea fundamental del centro radical se resume en “cancha plana para todos, para alcanzar nuestras aspiraciones individuales y colectivas”. Para asegurar el trato igualitario –el primer concepto del enunciado–, el centro radical apuesta por cuatro valores: la creación de oportunidades para promover la movilidad social, la defensa de las libertades individuales políticas y económicas, la práctica de una democracia cercana a la gente, capaz de explicarle los desafíos del desarrollo, y la instauración del imperio de la ley.

Respecto de los ámbitos personal y colectivo –la segunda parte del enunciado–, el centro radical admira y reconoce el valor del progreso individual –rasgo peculiar de la mente latinoamericana–, pero lo considera insuficiente si este no está vinculado a un proyecto colectivo. ¿Cómo alcanzar la felicidad personal si nuestros mayores problemas están en los espacios públicos –la escuela de nuestros hijos, el centro de salud, el transporte público, y la inseguridad en las calles–, los cuales demandan soluciones colectivas y no individuales? La consecuencia de concentrarse solo en lo individual es que, ante la ausencia de Estado e instituciones, la gente soluciona problemas públicos con recursos privados (los privilegios, los contactos, el cabeceo, la criollada), pervirtiendo la noción de progreso individual y convirtiéndolo en individualismo, en donde “cada uno baila con su propio pañuelo”.

La propuesta republicana de lo colectivo se aleja del colectivismo, que más bien plantea un Estado sabio, que representa de forma inequívoca la voluntad general de la gente −la retórica de Rousseau y la práctica de Robespierre− y que es progenitor del sectarismo, el populismo y el autoritarismo. Lo colectivo es más bien pluralismo:la existencia de actores con diversas interpretaciones del mundo, pero capaces de dialogar y cooperar para alcanzar consensos políticos básicos por el bien común. En el Perú, esos consensos nacionales podrían ser la inversión masiva en educación, la lucha contra la corrupción y la defensa de la democracia. Por eso, necesitamos reconciliar lo individual con lo colectivo para superar el individualismo y el colectivismo. Apostar por la cooperación no es solo una cuestión moral sino también práctica: a todos nos va a ir mejor.

El Partido Morado, centrista, republicano y radical, apuesta por un colectivo orgánico, institucional, de representatividad nacional, con rostros nuevos y una visión de país. El color morado no solo representa el centro republicano por estar justo en medio del rojo y el azul (colores alusivos a la izquierda y la derecha políticas, respectivamente), sino fundamentalmente por su identidad única, además de simbolizar la esperanza y el cambio. Hoy son tiempos en que América Latina y el Perú se pinten de morado.

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