René Gastelumendi. Autor de contenidos y de las últimas noticias del diario La República. Experiencia como redactor en varias temáticas y secciones sobre noticias de hoy en Perú y el mundo.

Elecciones peruanas: el imperio del hígado, por René Gastelumendi

La incertidumbre y crisis de instituciones en el país exacerban respuestas del sistema límbico, convirtiendo el voto en un acto visceral más que racional. La ideología actúa como un "atajo mental" que guía las decisiones en épocas de inestabilidad.

Nos gusta montar el teatro de la civilidad cada cinco años. Invocamos el voto informado, exigimos la lectura de planes de gobierno y organizamos debates que parecen exámenes universitarios. Pero es momento de un sinceramiento brutal: la información en campaña es una farsa, un barniz de civilización que intenta ocultar que la urna no es un espacio de reflexión técnica, sino el epicentro de un grito primitivo que brota de nuestra arquitectura biológica para imponerse sobre la razón. En el Perú, no elegimos un destino común; simplemente imponemos el imperio del hígado.

La ciencia ya le puso los clavos al ataúd del votante racional. Durante décadas, el neurocientífico António Damásio ha demostrado que no somos máquinas de pensar que se emocionan, sino máquinas de emocionar que aprendieron a pensar. Su teoría de los marcadores somáticos explica que esa corazonada que sentimos ante un candidato —ese rechazo visceral o esa adhesión ciega— precede a cualquier análisis lógico. Cuando un político lanza un puyazo, una declaración altisonante o un insulto cargado de veneno, no está buscando entablar un diálogo con tu intelecto. Su objetivo es un secuestro emocional: activar la amígdala, esa pequeña estructura cerebral que gobierna el miedo, la ira y la supervivencia, y que tiene una conexión directa con nuestras respuestas fisiológicas, con ese malestar que popularmente localizamos en el hígado.

Por otro lado, Leone Zmigrod, desde la Universidad de Cambridge, ha diseccionado lo que hoy conocemos como el cerebro ideológico. Sus investigaciones son demoledoras: la ideología no es un conjunto de ideas aprendidas, sino una manifestación de nuestra flexibilidad cognitiva. En el Perú, esta realidad es particularmente dramática. ¿Son nuestras elecciones más emotivas que las del resto del mundo? Probablemente sí. En democracias con instituciones sólidas, el sistema amortigua el miedo; en el Perú, ante la ausencia de partidos reales y una crisis de seguridad ciudadana, el elector se siente en la intemperie absoluta. Sin instituciones que lo protejan, el cerebro peruano entra en modo de alerta máxima, lo que exacerba las respuestas del sistema límbico y, por ende, las decisiones basadas en la bilis. Si el cerebro ideológico ya decidió a quién odiar y a quién amar basándose en su rigidez cognitiva, la verdad se vuelve irrelevante. Esto permite que el político mienta descaradamente sin costo alguno. El votante emocional prefiere una mentira que alimente su indignación que una verdad que le exija pensar. Esto destruye la base de cualquier democracia: el consenso sobre la realidad.

Aquí, el programa político es un accesorio decorativo, un ruido blanco que el votante ignora mientras busca señales de identidad, fuerza o venganza. El elector peruano no es un cliente evaluando fríamente un servicio del Estado; es un ser herido o profundamente colérico que utiliza el ánfora para canalizar una pulsión ancestral. Como bien sugiere Zmigrod, la ideología es un atajo mental para sobrevivir a la angustia social. Ante la precariedad de nuestras instituciones, el cerebro prefiere el simbolismo de un sombrero, el carisma de un verdugo o un gesto de rebeldía antes que la aridez de un anexo técnico sobre productividad. Es el hígado el que procesa la indignación y el que, finalmente, guía la mano en la cámara secreta.

La farsa de la información consiste en creer que más datos cambiarán la intención de voto. La neurociencia nos dice lo contrario: el sesgo de confirmación hace que el cerebro use la información solo para justificar lo que el hígado ya decidió. Si el dato contradice mi emoción, el cerebro simplemente descarta el dato. Por eso, el candidato que habla de reformas estructurales suele ser sepultado por el que agita una fibra sensible como la pena de muerte, la mano dura o la asamblea constituyente. En el Perú, la mentira política funciona como un código de identidad. No importa si sabemos que el candidato miente; lo que importa es que miente a favor de los nuestros. Aceptar la mentira es una prueba de lealtad al grupo (tribu). Desmentirla sería traicionar a la facción, y para el cerebro primitivo, el aislamiento de la tribu es sinónimo de muerte. Preferimos una mentira que nos haga rugir a una verdad que nos obligue a pensar.

Debemos aceptar, finalmente, que la política peruana es neurobiología aplicada en su estado más salvaje. Mientras sigamos apelando a un neocórtex que duerme durante las campañas, seguiremos ignorando la potencia imparable del instinto. El voto es ese instante sagrado y confuso donde la lógica se rinde y le entrega el mando al instinto de conservación. Al final del día, no marcamos el símbolo con la cabeza, sino con el hígado, porque en medio de nuestras crisis crónicas, la razón siempre resulta demasiado lenta para la urgencia de un grito.

 

René Gastelumendi

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René Gastelumendi. Autor de contenidos y de las últimas noticias del diario La República. Experiencia como redactor en varias temáticas y secciones sobre noticias de hoy en Perú y el mundo.