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                <title>La República: Últimas noticias de última hora del Perú y el mundo</title>
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                <description>Noticias del Perú y del mundo en larepublica.pe - Últimas noticias de política, espectáculos, deportes, economía, tendencias, tecnología, salud, sociedad, mundo, cine y más.</description>
                <lastBuildDate>Tue, 07 Jul 2026 20:27:22 GMT</lastBuildDate>
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                                <![CDATA[ Federico Kauffmann, el arqueólogo que José María Arguedas escogió como compañero de viaje: 'Los peruanos somos menos amables ahora' ]]>
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                            <![CDATA[ La República conversó con una de las figuras más singulares que ha dado esta patria: el doctor Federico Kauffmann, arqueólogo y descubridor de diversos sitios que hoy son patrimonio cultural del país y de la humanidad, aunque todavía guardan muchos enigmas. ]]>
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                            <image:title><![CDATA[El investigador Federico Kauffmann, de 98 años, adelantó los temas que expondrá mañana en Lima, en la presentación de su libro Cosmos Andino.]]></image:title>
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                            <category domain="https://larepublica.pe/cultural">Cultural</category>
                            <dc:creator>Alejandro Céspedes García</dc:creator>
                            <pubDate>Tue, 07 Jul 2026 20:27:22 GMT</pubDate>
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                            <![CDATA[ Federico Kauffmann, el arqueólogo que José María Arguedas escogió como compañero de viaje: 'Los peruanos somos menos amables ahora' ]]>
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                            <content:encoded><![CDATA[ <p>Federico Kauffmann, hoy de 98 años, es conocido sobre todo por sus expediciones a la zona nororiental del país, particularmente a la cultura Chachapoyas. Esta entrevista coincide con la presentación de la edición completa y revisada de su libro Cosmos Andino, publicado por primera vez hace más de 20 años por esta casa editorial.</p>   <p><strong>—Alejandro Céspedes García:</strong> <strong>Doctor Kauffmann, muchísimas gracias por recibirnos. Antes de comenzar, hablábamos de sus orígenes, porque usted es natural del norte peruano y transitó por esas tierras desde antes de nacer. ¿Cómo siente ese vínculo y cómo cree que dio forma a su vocación de arqueólogo?</strong></p>   <p><strong>—Dr. Kauffmann:</strong> En primer lugar, muchísimas gracias por sus palabras. Mis padres, mi padre alemán y mi madre lambayecana, vivían y trabajaban en la parte oriental del país, en la margen derecha, en la parte alta del río Marañón. Yo no nací allí, pero fui engendrado allí. Nací en Chiclayo, de donde eran mis antepasados: Chiclayo y Lambayeque. A los tres años, después de haber sido cuidado por mi abuela materna, mis padres me llevaron de vuelta al sitio donde trabajaban, un pequeño pueblo llamado Cocochillo, hoy conocido como Campo Redondo.</p>   <p>Allí crecí durante siete años, con poncho y sandalias, porque mis padres entendían que debía vestirme así para no llamar la atención como un forastero. Recuerdo que, apenas llegué con mi terno normal de Chiclayo, los niños del lugar me miraban y salían corriendo. Después de unos días, mis padres ya me habían adaptado a la vida del sitio.</p>   <p>Recuerdo que mi padre me preguntó si quería seguir usando zapatos, porque era muy duro caminar como los demás, con ojotas entre semana y descalzos, salvo los domingos para la misa. Le dije que no importaba, que quería vestir como los demás y no ser visto como un bicho raro. Me hizo caminar un trecho sin zapatos para probar y, aunque me dolió bastante, le dije que no sentía nada. Así me crié durante siete años como un niño más de esa zona límite entre la sierra y la selva, donde el bosque amazónico sube hasta los 3.000 metros y se transforma poco a poco en lo que los geógrafos llaman bosque enano.</p>   <p><strong>—Alejandro Céspedes García:</strong> <strong>Preparando esta entrevista, revisé los trabajos que usted nos hizo llegar, una obra que no es de uno ni dos años, sino de casi toda una vida. ¿Cuál cree que es el valor fundamental de esta obra para el país?</strong></p>   <p><strong>—Dr. Kauffmann:</strong> Da una idea general de todo nuestro pasado arqueológico, desde los tiempos más remotos, hace ocho o 10 mil años. He trabajado mucho para que pueda ser entendida por cualquier persona que haya terminado la secundaria, y no solo por un puñado de arqueólogos. Sin querer criticar a mis colegas, generalmente los arqueólogos escriben para otros arqueólogos y el público general no los entiende. Por eso me esforcé en simplificar el lenguaje sin desviarme del rigor científico.</p>   <p><strong>—Alejandro Céspedes García:</strong> <strong>Algo que destaca en todo este proyecto de vida es la persistencia. ¿Cree que sin esa persistencia habría logrado lo que hoy tenemos entre manos?</strong></p>   <p><strong>—Dr. Kauffmann:</strong> No hubiera sido posible. En este libro hay conclusiones personales que explico de la forma más sencilla posible. Tengo, además, unas 200 publicaciones donde sí escribo para mis colegas arqueólogos.</p>   <p>Ser arqueólogo en el Perú es amar al país, amar la profundidad de su historia, saber cómo era hace 10 mil años, hace cinco mil, en la época de los incas, de los chachapoyas, de los chimús. El peruano en general ama su pasado y quiere saber más, pero no debe caer en la patriotería, que es distinta del patriotismo. A veces se encuentra un objeto y se dice que es oro sin verificarlo, y hay que ser conscientes de eso.</p>   <p>Por ejemplo, antes se decía que Machu Picchu era el palacio de un inca adonde iba a descansar. Eso no era así. Machu Picchu tenía un lado arquitectónico, sobre un santuario, y también sitios donde trabajaba la gente en inmensos andenes construidos sobre terrenos en declive, muchos de ellos todavía sepultados por el bosque.</p>   <p>Era, en realidad, un sitio de acopio de alimentos para enviarlos al Cusco. Con el fortalecimiento de la agricultura creció la población, y esa población demandaba más tierras cultivables. La tecnología permitió llevar agua desde lagunas cercanas y mejorar los cultivos, hasta que ya no quedaron laderas disponibles y fue necesario construir campos artificiales: los andenes. No los hicieron por gusto, sino porque la población lo exigía.</p>   <p><strong>—Alejandro Céspedes García:</strong> <strong>Usted habla de la diferencia entre el patriotismo real y la fantasía sobre lo que no tenemos.</strong></p>   <p><strong>—Dr. Kauffmann:</strong> Así es. El territorio peruano es varias veces más grande que Alemania o Suiza, pero tenemos una costa árida donde apenas 30 o 40 ríos permiten vivir, y en la sierra los valles son estrechos, no como los amplios valles de Europa. Lo abrupto de nuestra cordillera es enorme.</p>   <p><strong>—Alejandro Céspedes García:</strong> <strong>Escuchándolo, pienso en esa capacidad de resiliencia de las culturas para adaptarse y desarrollar tecnología y arquitectura. Y encuentro una paradoja, porque hoy la zona amazónica oriental está bastante abandonada. ¿Cómo ve usted esa paradoja desde su mirada de arqueólogo?</strong></p>   <p><strong>—Dr. Kauffmann:</strong> La ecología y el ambiente contribuyen mucho al desarrollo de las culturas. Los pueblos amazónicos nunca crecieron al punto de cubrir toda la Amazonía; existen pequeños grupos, los llamados chunchos, de cinco o 10 familias. Ellos no necesitan arar la tierra porque tienen animales, frutas y alimento a la mano. Con una cerbatana consiguen un ave, tienen yuca y chicha, y con eso les basta. Como el calor es fuerte, tampoco tuvieron necesidad de desarrollar tejidos elaborados como los antiguos peruanos que vivían a tres, cuatro o cinco mil metros de altura.</p>   <p>En la sierra, en cambio, la necesidad de sobrevivir obligó a levantar una cultura, algo que los amazónicos no necesitaron porque ya tenían todo a la mano. Hoy se ha olvidado un poco la importancia de lo ecológico en la formación del Estado, cuando fue determinante para las culturas antiguas y debería seguir siendo un aprendizaje para las nuevas.</p>   <p><strong>—Alejandro Céspedes García:</strong> <strong>Hablemos de Cuélap. Usted fue una de las personas centrales en su estudio. ¿Cuál es su principal valor para el desarrollo de las culturas del nororiente?</strong></p>   <p><strong>—Dr. Kauffmann:</strong> Cuélap es magistral. En la cúspide de un cerro se levanta una muralla de hasta 20 metros de altura, que encierra una superficie llana donde hay entre 200 y 300 construcciones circulares pequeñas. Durante un tiempo se pensó que allí vivía un pueblo, pero, al investigar el problema de la alimentación y sin olvidar los fenómenos climáticos adversos que atrasaban las lluvias o traían tormentas, llegué a la conclusión de que eran reservorios.</p>   <p>De esos fenómenos climáticos surgía la religiosidad suprema del antiguo Perú. La gente estaba obligada a rendir homenaje a la divinidad que manejaba el agua. Hasta hoy, en pueblos pequeños, se practican los llamados tinkamientos, ofrendas a esa divinidad del agua para pedir buen clima, con chicha, cuyes y hasta llamas. Es dar para recibir, igual que la tinka actual, en la que se apuesta una cantidad pequeña esperando recibir mucho más.</p>   <p><strong>—Alejandro Céspedes García:</strong> <strong>¿Cómo puede un peruano ser patriota sin caer en la patriotería?</strong></p>   <p><strong>—Dr. Kauffmann:</strong> Hay que enseñarlo desde el colegio. Hay que decir, por ejemplo, que en Cuélap vivían solo los grandes, los que dominaban, y que ese grupo exigía a los campesinos un porcentaje de lo que producían. Cuando llegaba un cataclismo climático, esos reservorios entregaban alimento a los campesinos, que quedaban contentos y seguían sirviendo a ese grupo dominante. Tener ese sentido de realidad, y no solo la fantasía sobre lo que no tenemos, le cuesta mucho al peruano.</p>   <p><strong>—Alejandro Céspedes García:</strong> <strong>Revisando su historia de vida, usted estudió en San Marcos y tuvo grandes maestros, entre ellos Jorge Basadre y José María Arguedas. Cuénteme sobre ese vínculo con Arguedas.</strong></p>   <p><strong>—Dr. Kauffmann:</strong> Con Arguedas viajé a Huancavelica. Me invitó a acompañarlo a una festividad y, naturalmente, acepté. Arguedas me tenía aprecio porque sentía que yo era un peruano de corazón, a pesar de mis apellidos, uno de origen alemán y otro escocés.</p>   <p>Hagamos también un poco de arqueología de mis propios antepasados, porque por otro lado también soy moche. Lo he dicho siempre con orgullo: tengo el honor de descender de los tres troncos raciales de la humanidad, el europeo por mi padre, el asiático por los antiguos peruanos que llegaron desde Asia y el africano, porque mi bisabuela tenía sangre morena, aunque no he podido confirmar si descendía de los zulúes.</p>   <p><strong>—Alejandro Céspedes García:</strong> <strong>¿Cómo influyó Porras Barrenechea en su formación?</strong></p>   <p><strong>—Dr. Kauffmann:</strong> Tuve la suerte de presentar una tesis sobre los antecedentes escritos que tocaban Chavín, revisando las crónicas coloniales y republicanas. Era un trabajo que le agradaba a Porras. Cuando fue nombrado embajador, yo era muy joven todavía. Lo acompañaba en la cátedra Félix Álvarez Brun, ancashino y también profesor mío. Porras dictaba clases solo una vez por semana por sus otras ocupaciones, y yo quedé como auxiliar de la cátedra. Al fallecer él, me quedé a cargo de la cátedra.</p>   <p>Enseñé en San Marcos hasta que, en 1968, cuando asumió el general Velasco, la Federación Universitaria me expulsó, porque suponían que yo era aprista. Nunca pertenecí a ningún partido, ni de izquierda ni de derecha, solo a mis libros. Dependía directamente del rectorado, y el rector en ese momento era de apellido Sánchez, así que me vincularon con él sin fundamento.</p>   <p>Cuando me expulsaron, muchos profesores expresaron públicamente su solidaridad, entre ellos Jorge Basadre Grohmann, historiador y ministro de Educación; Carlos Neuhaus Ugarteche; Luis E. Valcárcel; Fernando Silva Santisteban; Emilio Romero; José Agustín de la Puente Candamo; José Castro Harrison; Francisco Stastny; Rodolfo Holzmann; Jorge C. Muelle; Juan Manuel Ugarte Eléspuru y Rubén Vargas Ugarte, entre otros. Eso demuestra que sabían perfectamente que yo no era político.</p>   <p><strong>—Alejandro Céspedes García:</strong> <strong>Volvamos a Arguedas y a esos viajes. ¿Cómo influyó él en sus expediciones al Perú profundo, como él mismo lo llamaba?</strong></p>   <p><strong>—Dr. Kauffmann:</strong> Uno sentía lo que sentía el maestro, y él me contagiaba ese fervor por lo peruano. Recuerdo que en aquel pueblo había que bailar huayno, y yo ya lo bailaba bien porque había pasado un año en Áncash, en Chavín. Eso le llamó la atención, porque él me consideraba muy limeño, y verme bailar como un verdadero cordillerano lo sorprendió. Fue poca experiencia, pero magnífica.</p>   <p><strong>—Alejandro Céspedes García:</strong> <strong>Nos vamos acercando al final. En esta nueva edición, con sus primeros borradores, ¿con qué mirada cree que debería leerse la obra?</strong></p>   <p><strong>—Dr. Kauffmann:</strong> Está escrita no solo para arqueólogos, aunque también les sirve a ellos. Está redactada de la forma más apegada posible a la ciencia, pero de modo que cualquier persona pueda leerla, con abundantes ilustraciones. Eso fue lo que descubrió en la edición anterior el señor Paulo Pantigoso, y por eso me pidió reeditar esta obra de tres tomos y más de 1.000 páginas, que reúne muchos trabajos que antes solo llegaban a otros arqueólogos.</p>   <p><strong>—Alejandro Céspedes García:</strong> <strong>En su experiencia profesional y de vida, ¿cómo ha cambiado el Perú?</strong></p>   <p><strong>—Dr. Kauffmann:</strong> El Perú que conocí cuando trabajaba, antes de cumplir 98 años como ahora, era distinto, y lo añoro. Ya no podría viajar como antes, muchas veces solo, por Apurímac, por Áncash o por cualquier sitio, para investigar y recoger las leyendas que me contaban. En esa época viajaba casi sin dinero porque la gente era muy amable, más de lo que es ahora.</p>   <p>En esas caminatas estuve dos veces cerca de morir, no porque la gente fuera mala. Recuerdo que, siendo todavía bachiller, acompañé al doctor Muelle, director del Museo de Antropología, a Chavín, para retirar las capas con que las tempestades habían cubierto el sitio. De regreso, me quedé cerca de Recuay, en la sierra de Áncash, con la intención de caminar hasta Guarmey en tres días.</p>   <p>En dos ocasiones estuve a punto de que me hicieran daño porque me confundieron con un pistaco, según la creencia de que esas figuras sacaban grasa humana para hacer funcionar maquinaria fina en Lima. En una de esas ocasiones me acerqué a una casa donde unas señoras tejían y, al verme llegar, tomaron piedras y gritaron alarmadas. En otra oportunidad, mientras viajaba por la selva baja cerca del río Ene, un grupo de comités de autodefensa armados con escopetas, que colaboraban con los militares contra el terrorismo, me confundió con un terrorista, hasta que un traductor aclaró la situación.</p>   <p><strong>—Alejandro Céspedes García:</strong> <strong>Para terminar, ¿qué le diría a quienes quieren estudiar arqueología hoy y sienten que no hay futuro en esta carrera?</strong></p>   <p><strong>—Dr. Kauffmann:</strong> Es un problema real, que yo mismo viví. Cuando era director del Museo de Arqueología, un grupo de mochileros italianos que visitaba el museo me preguntó sobre una pieza, y terminé conversando con uno de ellos, que hablaba español. Al enterarse de que yo era arqueólogo, pero no tenía recursos para hacer trabajo de campo, me preguntó cuánto costaría una expedición completa. Le expliqué que se necesitaban dos etapas: una primera de reconocimiento con dos o tres personas, de unos US$6.000, y una segunda de investigación propiamente dicha, con cinco a ocho personas durante varias semanas, de unos US$7.000 u US$8.000.</p>   <p>Quince días después se presentó el agregado cultural de la Embajada de Italia con un sobre con US$4.000 para la primera etapa, enviado por Giancarlo Ligabue, un empresario de Venecia a quien yo había conocido antes. Hice un buen trabajo, y eso permitió financiar 17 expediciones en total, en Arequipa, Machu Picchu, Chachapoyas y otros lugares, que dieron origen a numerosos artículos publicados.</p> ]]></content:encoded>
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                                <![CDATA[ Qué es un pistaco y por qué casi matan al arqueólogo Federico Kauffmann Doig en los Andes ]]>
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                            <![CDATA[ El investigador de 98 años recordó dos episodios en los que estuvo cerca de morir durante sus expediciones por la sierra peruana, confundido primero con un pistaco y luego con un terrorista. ]]>
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                            <image:title><![CDATA[Qué es un pistaco y por qué casi matan al arqueólogo Federico Kauffmann Doig en los Andes]]></image:title>
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                            <category domain="https://larepublica.pe/opinion">Opinión</category>
                            <dc:creator>Alejandro Céspedes García</dc:creator>
                            <pubDate>Tue, 07 Jul 2026 18:18:57 GMT</pubDate>
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                            <![CDATA[ Qué es un pistaco y por qué casi matan al arqueólogo Federico Kauffmann Doig en los Andes ]]>
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                            <content:encoded><![CDATA[ <p>Qué es un pistaco es una de las preguntas que resurgen cada cierto tiempo en el imaginario popular peruano, y el arqueólogo Federico Kauffmann Doig vivió en carne propia el peligro de ese mito. En una entrevista con La República, el investigador relató dos episodios en los que estuvo cerca de perder la vida durante sus expediciones por la sierra peruana.</p>   <h2>El episodio en Áncash que casi le cuesta la vida</h2>   <p>En una de esas caminatas, cerca de Recuay, en Áncash, Kauffmann se acercó a una vivienda donde un grupo de mujeres tejía. &quot;Se levantaron, ya habían cogido piedras cada una de las señoras, pistaco, pistaco&quot;, recordó el arqueólogo. Según explicó, la creencia sobre el pistaco sostenía que estas figuras extraían grasa humana para hacer funcionar maquinaria fina en Lima, un temor que en esa época motivaba reacciones violentas contra desconocidos.</p>   <h2>Confundido con un terrorista en la selva del Ene</h2>   <p>El segundo episodio ocurrió en la selva baja, cerca del río Ene, cuando un grupo armado de comités de autodefensa lo confundió con un terrorista. Kauffmann salió ileso gracias a la intervención de un traductor, que aclaró la situación ante los comuneros armados, quienes colaboraban con las fuerzas militares en la zona.</p>   <h2>&#039;Los peruanos somos menos amables ahora&#039;</h2>   <p>El investigador contrastó esas vivencias con el país que conoció durante décadas de trabajo de campo. &quot;Los peruanos somos menos amables ahora&quot;, afirmó, y recordó que antes viajaba casi sin dinero porque la hospitalidad de los pobladores se lo permitía.</p>   <h2>Kauffmann presenta &#039;Cosmos Andino&#039; este miércoles en San Isidro</h2>   <p>Estas y otras historias forman parte de la nueva edición completa y revisada de su libro &#039;Cosmos Andino&#039;, publicado por primera vez hace más de 20 años por el Diario La República. Kauffmann presentará su investigación este miércoles 8 de julio, a las 7.00 p. m., en el evento Cosmos Andino: los incas y sus ancestros milenarios, que abordará la historia del Perú desde sus inicios hasta los incas. La actividad se desarrollará en el Auditorio EY, en la avenida Víctor Andrés Belaúnde 171, San Isidro.</p> ]]></content:encoded>
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                                <![CDATA[ ¿Machu Picchu fue un palacio inca? Esto responde el arqueólogo Federico Kauffmann Doig ]]>
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                            <![CDATA[ El investigador, de 98 años, desmintió uno de los mitos más repetidos sobre la ciudadela inca y adelantó los temas que expondrá este miércoles 8 de julio en Lima, en la presentación de su libro Cosmos Andino. ]]>
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                            <dc:creator>Alejandro Céspedes García</dc:creator>
                            <pubDate>Tue, 07 Jul 2026 17:42:32 GMT</pubDate>
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                            <content:encoded><![CDATA[ <p>El arqueólogo Federico Kauffmann Doig respondió, en una entrevista con La República, a la pregunta de si Machu Picchu fue un palacio inca, una de las ideas más repetidas sobre la ciudadela y que el investigador desmintió con base en décadas de estudio de la cultura andina. Kauffmann, uno de los principales estudiosos de la cultura chachapoyas, explicó que el sitio cumplía una función productiva y religiosa antes que de descanso ceremonial.</p>   <p>&quot;Machu Picchu tenía un lado arquitectónico, sobre un santuario, y también sitios donde trabajaba la gente en inmensos andenes&quot;, afirmó Kauffmann.</p>   <h2>Por qué se construyeron los andenes incas</h2>   <p>Según detalló el arqueólogo, la construcción de Machu Picchu respondió al crecimiento demográfico que acompañó el fortalecimiento de la agricultura andina, un proceso que exigió cada vez más tierra cultivable en un territorio de valles estrechos y cordillera abrupta.</p>   <p>La tecnología hidráulica permitió trasladar agua desde lagunas cercanas hacia terrenos antes improductivos, hasta que la disponibilidad de laderas naturales se agotó. Fue entonces cuando los antiguos peruanos construyeron los andenes, plataformas de cultivo artificiales que hoy son uno de los símbolos más reconocidos de la ingeniería prehispánica. &quot;No los hicieron por gusto sino porque la población lo exigía&quot;, señaló Kauffmann.</p>   <h2>Patriotismo sí, patriotería no</h2>   <p>El arqueólogo también advirtió sobre el riesgo de convertir el orgullo por el pasado peruano en patriotería, es decir, en una idealización sin sustento histórico. &quot;Ser arqueólogo en el Perú es amar al país&quot;, dijo, aunque remarcó que ese amor debe ir acompañado de rigor y sentido de realidad.</p>   <h2>Kauffmann presenta Cosmos Andino este miércoles en San Isidro</h2>   <p>La entrevista se realiza en el marco de la presentación de la edición completa y revisada de su libro Cosmos Andino, publicado por primera vez hace más de 20 años por el Diario La República. Kauffmann expondrá estos hallazgos este miércoles 8 de julio, a las 7 de la noche, en el evento Cosmos Andino, Los incas y sus ancestros milenarios, que recorrerá la historia del Perú desde sus orígenes hasta el Tahuantinsuyo. La cita será en el Auditorio EY, ubicado en la avenida Víctor Andrés Belaúnde 171, San Isidro.</p> ]]></content:encoded>
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                                <![CDATA[ Vallejo y el cáliz de España, por Eduardo González Viaña ]]>
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                            <![CDATA[ César Vallejo apoyó al bando republicano durante la guerra civil española. Residía en París y viajó a España en dos ocasiones para participar en congresos culturales y actividades políticas. ]]>
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                            <image:title><![CDATA[César Vallejo, óleo de Iván Fernández Dávila. Imagen: IFD.]]></image:title>
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                            <category domain="https://larepublica.pe/opinion">Opinión</category>
                            <dc:creator>Cultural LR</dc:creator>
                            <pubDate>Tue, 07 Jul 2026 15:00:00 GMT</pubDate>
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                            <![CDATA[ Vallejo y el cáliz de España, por Eduardo González Viaña ]]>
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                            <content:encoded><![CDATA[ <p>-¿Te inspiran esas voces?</p>   <p><strong>César Vallejo</strong> miró hacia su amigo <strong>Julián Loayza</strong> y trató de entender.</p>   <p>Loayza señaló el camino que seguía el río Sena al costado de ellos. Del agua parecían emerger murmullos.</p>   <p>-No me inspiran. Me hablan -replicó el poeta.</p>   <p>Le hablaban y le traían malas noticias. En el Perú, <strong>Antenor Orrego</strong>, su mejor amigo, andaba a salto de mata. El gobierno derechista de Óscar R. Benavides había emprendido una campaña feroz contra los militantes del APRA y del Partido Comunista.</p>   <p>Orrego había logrado escapar de una prisión infame. Los esbirros estaban buscándolo para encarcelarlo o darle muerte.</p>   <p>Serían tal vez las cuatro de la tarde, pero eso ya huele a noche en el invierno de París.</p>   <p>El poeta se acercó al malecón del río y le pareció escuchar miles de voces de guerreros o quizás una sola que repetía “¡No pasarán, no pasarán!”.</p>   <p>Estaba escuchando voces que venían de España. Allá, Francisco Franco se había sublevado contra el gobierno democrático de la República. Estaba apoyado por los dos ejércitos más poderosos del mundo, los de Hitler y Mussolini.</p>   <p>Entonces, su amigo lo tomó del brazo y le advirtió sobre la inconveniencia de escuchar las voces que venían del agua.</p>   <p>Cruzaron el Pont Neuf. De pronto, Vallejo no pudo dejar de pensar en otra noticia que le acababa de llegar. En Madrid, su otro amigo y paisano, Julio Gálvez Orrego, había caído en manos de los franquistas y estaba condenado a muerte. No tenía escapatoria Julio porque había peleado al lado las Brigadas Internacionales.</p>   <p>César había recibido noticias de que el joven peruano estaba resignado y le había escrito una carta a su tío Antenor Orrego haciéndole conocer su destino. Lamentablemente, esa misiva no tenía manos a las cuales llegar.</p>   <p>Mientras César y Julián caminaban, Julio Gálvez Orrego ya estaba en capilla.</p>   <p>Hay una fotografía del Congreso de Escritores Antifascistas en Valencia donde aparecen César Vallejo, Pablo Neruda y Nicolás Guillén. Detrás del peruano, hay un joven vestido de uniforme. Es Julio Gálvez Orrego.</p>   <p>-Trata de escuchar al río y él te dará las últimas noticias -aconsejó Vallejo a su amigo Julián.</p>   <p>Habían llegado a la Plaza de la Concorde.</p>   <p>Por fin, Vallejo le dijo a Julián que durante sus años de vida parisina siempre había estado observando las torres de Notre Dame y queriendo subir hacia ellas.</p>  <img src="https://larepublica.cronosmedia.glr.pe/original/2026/07/07/6a4689f100d719131a0b039d.jpg" alt="César Vallejo, por Iván Fernández Dávila. Imagen: IFD." width="1250" height="735"/><figcaption>César Vallejo, por Iván Fernández Dávila. Imagen: IFD.</figcaption>   <p>El amigo aceptó y ambos se encaminaron hacia la puerta principal del templo. Cuando estaban cerca de la escalera que recorre las paredes, César Vallejo sintió que ya no podía respirar. Su amigo, entonces, lo abrazó y lo llevó a una banca. Allí descansó Vallejo y, como poeta, tal vez adivinó que aquel era el primer anuncio de lo que se venía.</p>   <p>Se le ocurrió que, aunque tuviera que continuarlo después de muerto, tenía que escribir un himno a los combatientes de la República.</p>   <p>“¡Constructores</p>   <p>agrícolas, civiles y guerreros,</p>   <p>de la activa, hormigueante eternidad: estaba escrito</p>   <p>que vosotros haríais la luz, entornando</p>   <p>con la muerte vuestros ojos;</p>   <p>que, a la caída cruel de vuestras bocas,</p>   <p>vendrá en siete bandejas la abundancia, todo</p>   <p>en el mundo será de oro súbito…”.</p>   <p>Habían hecho lo que se proponían: subir las escaleras y verse con los grifos y otros monstruos que habitan las paredes de Notre Dame. Curiosamente, aquellos le imponían a César cierta tranquilidad.</p>   <p>En esos momentos, César y Julián creyeron haber escuchado un disparo que les traía el río desde lejos, muy lejos. A ese sonido siguieron otros siete, como si fueran siete fusileros y, por fin, se escuchó el rezo de un sacerdote que proclamaba que el alma de Julito Gálvez había subido al cielo.</p>   <p>No hubo más caminatas por las orillas del Sena.</p>   <p>Vuelto a casa, el poeta escribió:</p>   <p>“Al fin de la batalla,</p>   <p>y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre</p>   <p>y le dijo: ‘¡No mueras, te amo tanto!’</p>   <p>Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo”.</p>   <p>Lo pensó mucho y decidió el título. Se llamaría “Masa”. Con otros catorce poemas, <strong>“Masa” </strong>iba a formar parte de un conjunto llamado <em><strong>España, aparta de mí este cáliz</strong></em>. Tal vez sus primeros lectores no pudieron serlo porque ya habían caído.</p>   <p>A pesar de ello, el poeta proclamaba la resurrección de quienes han luchado para hacer frente a los malvados y para lograr que el amor y la compasión transformen al mundo.</p>   <p>Cuando estaba expirando el 15 de abril de 1938 no cesaba de repetir: “A España. Me voy a España”.</p> ]]></content:encoded>
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                                <![CDATA[ La ley del residentado médico amenaza la salud pública ]]>
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                            <![CDATA[ El Congreso aprobó una norma que flexibiliza los requisitos para ser médico especialista, pese al rechazo del gremio médico. ]]>
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                            <image:title><![CDATA[Editorial]]></image:title>
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                            <category domain="https://larepublica.pe/opinion">Opinión</category>
                            <dc:creator>Editorial</dc:creator>
                            <pubDate>Tue, 07 Jul 2026 07:49:06 GMT</pubDate>
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                            <![CDATA[ La ley del residentado médico amenaza la salud pública ]]>
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                            <content:encoded><![CDATA[ <p>El residentado médico es el modelo con el que se forma a especialistas en casi todo el mundo. Consiste en un entrenamiento intensivo de tres a cinco años, presencial y bajo supervisión directa, en el que el médico atiende pacientes a diario. Por ejemplo, para ser neurocirujano, ese proceso dura cinco años. Su objetivo es dotar de competencia clínica a partir de la práctica supervisada acumulada, más allá de la mera teoría.</p>   <p>El Congreso del pacto aprobó con 83 votos el Proyecto de Ley 13830, impulsado por el congresista fujimorista Alejandro Aguinaga, que incorpora dos vías alternativas para obtener el título de especialista sin pasar por ese proceso.</p>   <p>Ante ello, el Colegio Médico del Perú protestó el 30 de junio frente al Ministerio de Salud junto con sociedades médicas y médicos residentes. De hecho, el mismo Ministerio de Salud también emitió una opinión negativa. Sin embargo, el pleno del Parlamento, que terminó funciones la semana pasada, la aprobó de todas formas.</p>   <p>El decano del CMP, Pedro Riega, señaló a La República el riesgo central. La norma abre la posibilidad de otorgar el título de especialista a médicos que no se han formado en un programa que garantice la adquisición de competencias mediante la experiencia práctica que establece el residentado como estándar mínimo. En ese sentido, la especialidad por competencias podría reconocer a médicos con 10 años de experiencia laboral mediante un portafolio y exámenes, sin entrenamiento supervisado. Riega agregó, además, una denuncia: que la norma beneficia negocios en el campo de la educación universitaria nacional e internacional.</p>   <p>No obstante, los defensores de la iniciativa también tienen un argumento real. Hay médicos peruanos con formación presencial rigurosa en el extranjero a quienes el CMP no reconoce el título porque los programas son más cortos que el residentado local. Ese vacío existe y merece una solución a partir de una homologación que no elimine fases fundamentales de la formación médica. El problema es que la ley resuelve ese caso junto con otros de estándares mucho más bajos, sin distinguir entre ambos.</p>   <p>El Gobierno de transición de Balcázar tiene la autógrafa en su escritorio, y el nuevo Congreso bicameral puede reformar la norma desde el 28 de julio. La salida pasa por lo que el CMP viene pidiendo: una mesa técnica con el gremio, el Ministerio de Salud y las universidades públicas y privadas para construir una reforma que cierre la brecha de 16.000 especialistas que demanda el sistema de salud peruano, sin sacrificar los estándares que protegen a los pacientes, que son, al fin y al cabo, la razón final de la salud.</p> ]]></content:encoded>
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                                <![CDATA[ La renuncia parlamentaria: un nuevo caso de interpretación constitucional ]]>
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                            <link>https://larepublica.pe/opinion/2026/07/06/la-renuncia-parlamentaria-un-nuevo-caso-de-interpretacion-constitucional-pedro-grandez-hnews-523080</link>
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                            <![CDATA[ Ninguna democracia constitucional convierte el escaño en una condena contra la libertad. Frente al senador electo que se niega a jurar, cabe también preguntarse qué queda de su libertad de acción o de su propia manera de contemplar el proceso electoral, que no ha sido del todo impoluto. ]]>
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                            <image:title><![CDATA[La renuncia al Senado y la Constitución]]></image:title>
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                            <category domain="https://larepublica.pe/opinion">Opinión</category>
                            <dc:creator>Columnista invitado</dc:creator>
                            <pubDate>Mon, 06 Jul 2026 10:15:00 GMT</pubDate>
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                            <![CDATA[ La renuncia parlamentaria: un nuevo caso de interpretación constitucional ]]>
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                            <content:encoded><![CDATA[ <p><strong>Pedro P. Grández Castro</strong> - <span style="color:rgb(31, 31, 31)">Profesor universitario. Sociedad Peruana de Constitucionalistas (SPC)</span><br><br>El exalcalde de Lima, Rafael López Aliaga, ha anunciado que no asumirá el cargo de senador para el que, en rigor, no fue votado. Su candidatura fue a la Presidencia de la República; pero la reforma que restableció la bicameralidad permitió que quienes postularan a la Presidencia pudieran hacerlo al mismo tiempo —por si la suerte y los votos no acompañaban— también al Congreso. Era una reforma con demasiadas ventajas para los grupos que maniobraban desde el propio Parlamento. Perdida la elección —a la que llegó tras dejar la alcaldía que había prometido no abandonar— y denunciando un fraude sin ningún sustento, el excandidato se niega ahora a ocupar el escaño al que ha accedido por default. La Constitución, en efecto, declara en su artículo 95: &quot;El mandato legislativo de senador o diputado es irrenunciable&quot;. No obstante, al interpretar la Constitución, seguir la literalidad del texto no siempre es la opción más razonable. Muchas veces, la historia o una interpretación finalista permiten mejores comprensiones.<br><br>En el constitucionalismo peruano, la Constitución de 1933 introdujo por primera vez la palabra &quot;irrenunciable&quot;, pero conservó la excepción para los supuestos de congresistas reelectos y hasta reguló el trámite de la renuncia ante la respectiva Cámara. La prohibición absoluta solo llegó con el artículo 178 de la Carta de 1979: en la Asamblea Constituyente se advirtió que admitir la renuncia expondría &quot;a presiones al diputado y al senador&quot; —eran los tiempos de las “renuncias en blanco” exigidas por las cúpulas partidarias— y se temía incluso la dimisión masiva. La Carta de 1993 heredó la fórmula sin reexaminarla y la reforma que introdujo el Senado se limitó a adaptarla a las dos cámaras. La irrenunciabilidad absoluta no es, pues, nuestra tradición: ha sido la excepción de las dos últimas constituciones. Y nació como garantía del mandato libre: para proteger la voluntad del representante, no para suprimirla.<br><br>El derecho comparado confirma que esa finalidad puede alcanzarse por vías menos rígidas. La Constitución de los Estados Unidos presupone la renuncia de sus legisladores al regular las vacancias, y su Corte Suprema, desde Powell v. McCormack (1969), protege el escaño frente al poder de la corporación partidaria, no frente a la voluntad del elegido. En Alemania, el mandato libre del artículo 38 de la Ley Fundamental convive con la ley electoral que admite la renuncia formalizada ante notario; lo que la doctrina y el Tribunal Constitucional Federal consideran nulo es la “renuncia en blanco” impuesta por el partido. En Colombia, la Ley 5.ª de 1992 reconoce la &quot;renuncia aceptada&quot;. La Corte Suprema mantuvo su competencia sobre los renunciantes, la reforma de 2009 instauró la &quot;silla vacía&quot; y, hace unas semanas, la Corte Constitucional cerró la llamada &quot;renuncia salvadora&quot;, que permitía eludir inhabilitaciones.<br><br>Al observar algunas de estas muestras del derecho comparado, no existe respaldo para una interpretación tan rígida como la que proponen algunos de nuestros constitucionalistas locales. Ninguna democracia constitucional convierte el escaño en una condena contra la libertad. El derecho a la representación tiene, es verdad, una importancia capital; pero ningún derecho se interpreta en el vacío, sin medirse en sus dimensiones con otros bienes de idéntico rango constitucional, empezando por la libertad misma. Frente al senador electo que se niega a jurar, cabe también preguntarse qué queda de su libertad de acción o de su propia manera de contemplar el proceso electoral, que no ha sido del todo impoluto. Ponderar los derechos en juego es el único antídoto contra la lectura literalista del enunciado del artículo 95. No sería, por lo demás, una novedad: en 2008 el Poder Judicial ordenó al presidente del Congreso someter al Pleno la renuncia presentada por Javier Valle Riestra, al entender que la prohibición del artículo 95 debe interpretarse en armonía con los demás derechos fundamentales y su finalidad protectora y garantista. La orden judicial llegó con el mandato vencido y no fue posible su concreción, pero quedó como antecedente.<br><br>El caso muestra un nuevo escenario para reflexionar sobre el papel de la interpretación constitucional como ciencia práctica. Cass Sunstein, cuyo magnífico libro sobre interpretación constitucional acaba de aparecer en español (&#039;Cómo interpretar la Constitución&#039;, Palestra Europa, 2026), ofrece aquí el mejor consejo: antes que rendirnos a la letra o a las intenciones de los autores, busquemos en la Constitución los fines institucionales y la garantía máxima de las libertades básicas en una sociedad democrática.<br><br>A la luz de los datos, el exalcalde de Lima no ha tenido un comportamiento leal con sus propios electores; ese juicio, sin embargo, pertenece al terreno de la responsabilidad política, y serán los ciudadanos quienes lo administren. Una lectura rigurosa de la Constitución, atenta a todos los derechos en juego, no tiene por qué conducirnos a &quot;condenar&quot; al señor López Aliaga a asumir un cargo que, según todo indica, nunca estuvo dispuesto a aceptar y que obtuvo, en todo caso, al amparo de una ley fabricada por congresistas que buscaban su propia reelección. El artículo 95 nació para proteger la libertad del representante frente a los “dueños” de los partidos. Sería una ironía constitucional que hoy lo leyéramos para coactar la libertad del representante.</p> ]]></content:encoded>
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                                <![CDATA[ La educación postergada en el Perú ]]>
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                            <link>https://larepublica.pe/opinion/2026/07/06/la-educacion-postergada-en-el-peru-editorial-588414</link>
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                            <![CDATA[ En el Día del Maestro, La República apela por el derecho a la educación, dejado de lado por la clase política. ]]>
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                            <image:title><![CDATA[Editorial]]></image:title>
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                            <category domain="https://larepublica.pe/opinion">Opinión</category>
                            <dc:creator>Editorial</dc:creator>
                            <pubDate>Mon, 06 Jul 2026 07:48:22 GMT</pubDate>
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                            <![CDATA[ La educación postergada en el Perú ]]>
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                            <content:encoded><![CDATA[ <p>Según el archivo histórico, un año después de declarada la independencia, el libertador José de San Martín fundó la primera Escuela del Perú. Lo hizo porque entendió que la República naciente precisaba de ciudadanos que supieran leer y escribir. Es decir, condiciones mínimas para ser libres.</p>   <p>De hecho, se calcula que en ese momento nueve de cada 10 peruanos eran analfabetos. Por ello, inspirados en los valores de la Ilustración, la escuela pública era la única manera de cambiar eso.</p>   <p>Hoy, más de dos siglos después, ese maestro sigue siendo la columna vertebral de la educación en el país.</p>   <p>De acuerdo con datos del Escale del Ministerio de Educación (2025), siete de cada 10 estudiantes de educación básica en el Perú asisten a un colegio público. Sin embargo, en regiones como la Amazonía, esa cifra supera el 95%.</p>   <p>Y ese maestro, el que enseña en los lugares más alejados, trabaja en condiciones muy distintas a las de un docente en Lima. En muchas escuelas rurales, enseña a varios grados al mismo tiempo en una sola aula. Todo ello lo hace con materiales insuficientes y sin conexión a internet.</p>   <p>Ante esta realidad, el sindicato de maestros (Sutep) lleva décadas pidiendo que el Estado destine el 6% del PBI a educación. El gobierno anterior prometió llegar al 5,1%. Lamentablemente, ese compromiso sigue pendiente.</p>   <p>José Antonio Encinas, el gran pedagogo puneño que dedicó su vida a la educación del indígena y llegó a ser rector de la decana de América, la Universidad de San Marcos, y Juana Alarco de Dammert, que fundó escuelas para los niños más pobres en una época en que nadie lo hacía, entendieron hace más de un siglo que educar es un acto de justicia. Y esa apelación sigue resonando en nuestros días.</p>   <p>El nuevo gobierno que asume el 28 de julio llega con recursos económicos excepcionalmente favorables. La decisión de usarlos para dignificar al maestro que sostiene la educación de la mayoría de los peruanos depende de la voluntad política de quien conduzca el Minedu. 204 años después de San Martín, esa sigue siendo la materia pendiente.</p> ]]></content:encoded>
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