Cultural

La escritura inmersiva de Carolina Cisneros

Escritora. Ha publicado su primera novela, Mi falda hasta los tobillos, la historia de una adolescente en conflictos.

Auscultaciones. Carolina Cisneros indaga el mundo interior de Rebeca, su personaje. Al lado, portada de su novela. (Foto: Antonio Melgarejo)
Auscultaciones. Carolina Cisneros indaga el mundo interior de Rebeca, su personaje. Al lado, portada de su novela. (Foto: Antonio Melgarejo)

Siempre he visto en la escritura de Carolina Cisneros una vocación inmersiva. Configura sus personajes no desde el retrato o la descripción física sino que, como quien taja piel adentro, los dibuja a partir de sus pulsiones y convulsiones humanas. Por eso mismo, el título de su primera novela, Mi falda hasta los tobillos (Borrador Editores), que tiene como protagonista a una adolescente, resulta un poco engañoso. En realidad, esa falda larga cubre –o trata de “vestir”– un drama personal, conflictivo que vive Rebeca y que el curso de la novela irá desnudando.

Mi falda hasta los tobillos narra la historia de una adolescente, Rebeca, a quien cambian de colegio, de uno religioso a otro, laico. Por supuesto que la imagen de la falda larga la asociamos a un conservadurismo no solo en aspectos formales, sino también morales. Pesan sobre Rebeca contenidos religiosos, de recato y pudor. Pero no creemos que la novela sea una concesión a esos rasgos, es casi todo lo contrario. Rebeca, quien al principio, cuando llega al nuevo colegio, considera que su falda larga es de lo más normal, terminará asumiendo que ella en realidad es motivo de sus conflictos existenciales e intentará rebelarse. Así, en la novela, en muchos pasajes, esa rebelión simbólica será subirse la falda a escondidas.

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Rebeca vive con su madre y su abuela. Al ser trasladada de colegio, ha puesto en conflicto toda la educación que traía. Nuevas compañeras, nuevas actitudes terminan rompiéndole todos los moldes y cristales. Ella vivía en cárceles mentales, sobre todo impuestas por la abuela, no por la madre, quien, como se observa en algunas acciones y comentarios que tiene, también está en una rebelión sorda contra su madre. De allí que cuando Rebeca está silenciosamente harta de su abuela, busque en su madre refugio y hasta complicidad.

Pero, como hemos anotado, es la abuela quien ha impuesto en ella toda una educación sentimental que Rebeca intentará desmontar. Naturalmente, las reglas que gravitan sobre ella son las tradiciones, lo religioso y las llamadas buenas costumbres que muchas veces son empleadas contra Rebeca a manera de chantaje. Con respecto a la imagen paterna, no hay un rastro del padre en su familia, aunque sí del difunto abuelo, a veces invocado por la abuela, pero tan solo para reprimirla.

Ante ese vacío paternal, y en un escenario al principio hostil, como es su nuevo colegio, es que Rebeca busca en su profesor de literatura una cercanía, por un lado, para sentirse protegida y, por otro, acaso por amor puro e inconfesable.

Todas estas circunstancias y contrastes conducen a Rebeca a ubicarse en una frontera existencial, a ser una persona en su casa y otra en el colegio. En realidad, asume una doble vida, tanto así que se convierte en una suerte de curiosa Penélope, de coser la falda en el baño de su colegio y descoserla para ir a su casa. Sin duda, son los signos de rebelión, de atrevimiento contra los moldes impuestos en su casa.

Así, Rebeca está en una frontera, en la que, por un lado, quiere abrazar una libertad plena, y por el otro está sujeta a las más rancias tradiciones. Casi, como en simetría, ella tiene cuatro amigas. Dos de ellas del nuevo colegio –Fernanda y Luciana–, y dos del antiguo –Sofía y Martha–. Las primeras buscan introducirla, digamos así, a una vida más contemporánea, de una juventud más aviesa, como sus primeros brindis con alcohol, lucir minifaldas y bailar música juvenil que, sin duda, para la abuela son una herejía.

En cambio, sus otras amigas, Sofía y Martha, aliadas de su abuela, constituyen para ella una suerte de rémoras, el pasado, esos oropeles que ya le pesan mucho en su conciencia crítica.

Ese es el debate interior que vive Rebeca y que en la novela la lleva de un lado a otro y que el lector descubrirá. Y si bien es cierto que el curso lineal de la historia no decae por su intención inmersiva, hubiéramos querido que Carolina Cisneros arriesgue más en su escritura. Sin duda, un desafío pendiente que la autora asumirá.

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