
Durante los ensayos de Dos siglos de sobremesa hubo marchas, votaciones y tres presidentes. Urpi Gibbons retoma su personaje en una familia de 1824 y, en otra, de la clase media de Lima en 2024. “La historia de tu país, donde sea que estés, siempre pasa por el centro de tu casa”, nos comenta la actriz.
Esta vez la temporada se traslada a una casa, similar a la que está en venta en la obra. El 15 de octubre te entrevisté en la marcha donde, horas después, hubo represión y murió Mauricio Ruíz. ¿Cómo estás viviendo este proceso?
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Me remueve mucho porque, claro, estamos intentando hacer la obra en una casa porque da otro feeling; es una casona en Miraflores que todavía se mantiene con las características de esa época. Y entonces, lo que nos ha pasado en los ensayos ahí es que todo se vuelve más cercano. Termina siendo como una conversación, así como la que tenemos nosotras; nos estamos viendo gente que está movida por lo que pasó en el país. Quién diría que la marcha terminaría como terminó, con un artista fallecido.
En ese sentido, tú participaste en la campaña ‘De qué color son tus muertos’ (en protesta por la represión en Puno). ¿La marcha en Lima remeció otros cimientos?
Sí, bueno, varias cosas han ocurrido desde hace mucho tiempo. Es difícil ser artista y no ser empático y, de repente, fue todo un tema, ¿no? A veces dicen: “No se meten tanto”, pero los poros están abiertos siempre. Creo que marcó un antes y un después porque era un artista que estaba manifestándose como ciudadano, pero esta inocencia del arte termina siendo como: ¿Por qué empezamos con esa idea? Había música y había muñecos porque intentábamos hablar desde algo que nos une, desde el amor. Pensar las cosas desde lo positivo y, de pronto, la cachetada, pues, fue fuerte. Uno sabe que las cosas están muy difíciles, pero nadie esperaba que una cosa que empieza tan artística y tan propositiva termine así.
¿Con un mal gobierno que te recuerde con violencia el poder que tiene?
Exacto, totalmente. Y algo que me gusta de la obra es pensar también a nivel de la mujer de 1824. Qué tanto puedes ejercer ahora, qué tanto puedes pelear por ti misma y qué tanto eres dueña de tu vida. De algún modo, siento que una joven que va a ser, digamos, negociada en 1824, representa el país, ¿no?
Un país al límite.
Sí, Perú sigue siendo como la olla que se negocia. Se negocia oro o lo que fuera antes de morir. Porque la sensación es que no nos queda otra, ¿no? Tenemos que salvarnos, como sea. Sí, siempre está en esta situación de límite, donde como sea y a cualquier precio casi, hay que intentar salvarse.
¿En qué crees que se parecen los dos personajes que interpretas? ¿Qué se repite en 200 años?
Eduardo (Adrianzén) rescata, mira su empatía siendo hombre, el poder de la mujer, incluso en épocas donde se restringía. Era un poder tácito y, al final, el más importante en el sentido en que ejecuta, decide y tiene que sostener una familia o un país. En 1800 tiene que bancarse muchas cosas: el patriarcado, que ella no tiene poder de decisión, que su hija está en juego, pero a la vez, en silencio, las mujeres estamos sosteniendo. Pasa lo mismo en el año 2024: el rol de la mujer siempre es menospreciado.
Teatro | Dos siglos de sobremesa - Agenda
O hay sobreexigencia. ¿En qué crees que radica eso?
Bueno, te confieso algo que es un poco triste, pero hoy la mujer es libre y todo, como Mariana; que es independiente, económicamente ella decide, pero por ejemplo, a nivel del duelo, igual tiene que comerse cosas, porque una mujer ahora no puede ser muy débil, ¿no? La mujer de ahora que ha logrado tantas cosas, finalmente a nivel ejecutivo y que puede interceder más en la política o en los negocios, a nivel emocional, hoy se le exige que sea fuerte. No puedes equivocarte y si quieres ser un poco más líder, no tienes que ser frágil, tienes que aguantar el duelo para poder ser un poco hombre, ¿no? Eso sí me ha parecido bien triste; lo estuve pensando en estos meses que no hicimos la obra, porque para poder ser, digamos, ciudadanas que ejercen, tenemos que esconder un montón de cosas.
Es decir, a pesar de lo ganado, ¿la mujer está en evaluación constante?
Sí, o sea, no puedes quebrarte demasiado, porque lo que has logrado podría verse cuestionado, no puedes reclamar demasiado en ciertos niveles de familia, porque ya te ven como la débil y pierdes puntos (sonríe). Y si no tienes hijos, como es mi caso, te preguntan: “¿Por qué no tuviste hijos y no tienes pareja?”.
Pasaron meses de la marcha contra Jerí y, finalmente, ya no es presidente. Sin embargo, ¿cómo evalúas su paso por la presidencia y lo que sucedió con las mujeres de su entorno?
La realidad es que tiene denuncias. Pero el que ejerció el poder fue él. Yo soy profesora, hay ciertas cosas que tienes que cuidar, porque estás en un rol que puede manipular. Su gobierno fue terrible y terrible para las peruanas. Ha sido un desmadre y ahora estamos pasando a lo mismo, pero siempre perdiendo: perdiendo económicamente, políticamente y socialmente. Y ahora, para algunos partidos políticos, una niña puede parir. Es brutal.
¿Cuánto hemos retrocedido en temas de género?
Felizmente, he logrado cosas y me siento estable, hasta cierto nivel, como mujer. Pero, pensando en una forma general veo cómo el péndulo está volviendo a retroceder en libertades, en temas también de las diversas sexualidades. Empieza a haber de nuevo esta discriminación, y lo que está pasando en el mundo, ¿no? Es como si retrocediéramos 200 años, tal y cual como decimos en la obra. Podría, perfectamente, comenzar a haber diálogos que tenemos en la obra en 1824.
Los últimos años han sido difíciles para el cine y para el teatro. ¿Hay alguna esperanza en el Ministerio de Cultura?
No espero ahora nada del ministerio. Lo que menos les interesa, en todo caso, es la cultura viva, que es el teatro. Lo hemos visto con temas de censura como (a la obra) María Maricón o con obras tanto desde lo político como desde el tema de género u orientación sexual. No me gusta el teatro que tenga que ver con propaganda, pero sí debe generar inquietudes y dejar un bicho cuestionador que ahora no le conviene a nadie que esté queriendo el poder y dormir a la población. No espero mucho de algunas instituciones porque siento que están queriendo apagarnos y dar menos espacio. Cada vez está siendo más difícil subir el telón.
¿Tienes un candidato para la presidencia o simplemente sabes por quién no votar?
(Sonríe) Ah, por quién no voy a votar lo tengo clarísimo. No votaría por nadie que haya gobernado antes de alguna manera. Pero apuesto por la cultura, por decir las cosas, por no dejarnos manipular. Seguiré buscando, como ciudadana, opciones, por supuesto. Lo que sí sé es que no voy a votar por nadie que restrinja los derechos fundamentales de ningún ciudadano, de ninguna niña, de ninguna mujer, de ningún periodista porque ustedes han tenido varias amenazas. Para mí, los derechos humanos son sagrados.
Te pueden decir ‘caviar’.
(Ríe)Me van a decir caviar, pero detesto el caviar, lo probé y no me gustó. Es un estigma y ahora ya me río de esos comentarios. A veces nos gastamos con términos, pero la derecha e izquierda hace rato que, lamentablemente, me decepcionan como tendencias porque no hay seres humanos decentes, no corruptos.
Entonces, aunque parezca que hemos bajado la valla, se debe buscar eso.
¡Eso! Hemos bajado la valla, pero encontrar eso, que sea alguien decente y que no sea corrupto, ya es bastante. Sería maravilloso encontrar eso.❖





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