
Si hubiera que elegir un hecho importante del año que termina, me quedaría con la disolución del Congreso, en octubre pasado. A pesar de que hoy parece haber perdido mucho de su dramaticidad original, como corte constitucional de un denso nudo gordiano, el acontecimiento está lleno de lecciones llamadas a transformar la política.
No fue solo el hecho mismo de la disolución, sino también la inmensa acumulación de voluntad ciudadana (casi 80%) que lo alentó o lo permitió, según quiera verse. En un sistema político sin partidos reales, un grado así de coincidencia es un hito significativo. Si recordamos bien, la última vez que lo vimos fue en apoyo del autogolpe de 1992.
¿La coincidencia solo es atribuible a tres años de errores de la mayoría del Congreso y sus líderes? Sin duda eso tuvo mucho que ver, pero acaso también influyó la sensación de una marcha hacia el abismo. También fue a su modo una masiva respuesta a los acontecimientos en el caso Odebrecht y sus alrededores. A su modo, un ejercicio de furia instantánea.
De otra parte la disolución volvió a remarcar que somos un país presidencialista, que valora su voto por el ejecutivo más que todos los demás votos emitidos. Algo que los 73 votos de Fuerza Popular obtenidos gracias a la cifra repartidora en el 2016 no pudieron revertir, y fue un serio error no entenderlo desde el inicio.
El acto de octubre nos confirmó que además de presidencialistas, los peruanos somos dados a encontrar hombres proverbiales adecuados al momento. Puede no gustar el símil, pero eso fueron el golpista Alberto Fujimori de 1992, Valentín Paniagua en el 2000, y ciertamente Martín Vizcarra en el 2019. Este último no se sabe aún si para la historia o el instante.
Algunos piensan que la disolución ha debilitado irremediablemente al Congreso (por eso una nueva Constitución). Si la experiencia sirve para reformar todo aquello que debilita al parlamento peruano, empezando por el voto preferencial, entonces se habrá fortalecido. Por ejemplo aprendiendo a no dar argumentos para ser disuelto.
¿Lo recordaremos también como el acontecimiento del decenio que termina? Temprano para saberlo. Además sus efectos todavía no han terminado de dejarse sentir, y no sabemos cuándo lo harán.





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