
Ni rebuscando bajo las piedras pudo el congreso haber encontrado a un sucesor más digno de Dina Boluarte -aquella ilustre dama que se marchó con el récord mundial de rechazo ciudadano, tanto que Nicolás Maduro terminó pareciendo el rey de la popularidad a su lado- que a José Jerí, el muchachote que irrumpió en Palacio de Gobierno convencido de que la presidencia interina y precaria que asumió hace casi cuatro meses es un salvoconducto para todo uso.
En términos reales, una presidencia interina no sólo tiene un plazo limitado, sino, por lo mismo, objetivos muy definidos. En el caso de Jerí, asegurar las elecciones generales que había convocado su antecesora y trabajar -que no resolver, por la brevedad de su período- en el problema de la inseguridad. En este último rubro, el mandatario que apostó por el figuretismo a toda máquina, no ha hecho nada eficiente. Ha desperdiciado su potestad para emitir decretos de urgencia en improductivos estados de emergencia o prohibición de que viajen dos personas en una moto. ¿Resultados? La delincuencia sigue campando y la cantidad de víctimas de la extorsión, creciendo exponencialmente.
Entretanto, como si fuera un presidente nacido de la voluntad popular -él, que ingresó con menos de 11 mil votos por ser accesitario de Martín Vizcarra-, toma decisiones que no le competen, como, por ejemplo, la privatización de Petro Perú, un proceso que requiere legitimidad total y continuidad en el tiempo, algo que él no está en condiciones de ofrecer.
Qué diferencia con los otros dos presidentes de transición de este siglo. Cuando Valentín Paniagua asumió la presidencia tras el derrumbe de la dictadura fujimontesinista, se fijó un solo objetivo: asegurar la transición pacífica a la democracia, algo que cumplió impecablemente. Por su parte, Francisco Sagasti, quien ingresó a la presidencia en plena pandemia, sólo se comprometió a resolver el asunto de las vacunas, algo que los peruanos le agradecemos hasta hoy.
Cuando los voluntariosos gepettos que infestan el parlamento actual decidieron que fuera Jerí su siguiente marioneta en funciones, no tenían obviamente ningún interés en que el susodicho fuera a hacer una gestión decorosa y, menos, ser incorruptible o apegado a la ley. No. Obviamente, los representaba en todos los sentidos y, sobre todo, era funcional a sus intereses. Lo único que esperaban era un refresh frente a la desgastada señora que se convirtió en un pesado lastre para sus afanes reelectorales.
Pero Jerí ya está dando señales más que claras de que pronto se convertirá en una Dina 2.0. Ya de entrada, asumió el poder con grandes dudas sobre su paso por el congreso, un inexplicable enriquecimiento de 1000% entre 2021 y 2024, un muerto en las protestas tras su asunción y, lo más vergonzoso, una sospecha por abuso sexual -diligentemente archivada por el fiscal á la carte Tomás Aladino Gálvez-, algo que jamás se ha molestado en explicar convincentemente.
Gracias a la novedad y a los gestos juveniles Bukele style del nuevo presidente, arrancó con una auspiciosa performance en las encuestas -casi 60% al inicio y, hoy, alrededor de un 45%-, pero ha sido desde el famoso “chifa-gate” que la gente se ha comenzado a dar cuenta que, en realidad, no se diferencia mucho de su antecesora. Si Dina cantaba “El gato ron-ron”, Jerí baila a ritmo de ”La máquina”. Si Dina solía escabullirse en “El Cofre” para extraños encuentros en la playa Arica, Jerí se encapucha para acudir a un chifa a encontrarse con un proveedor del estado.
¿Y las mentiras? Igual de cínicas e improvisadas. Dina, entre otras cosas, dijo que su Rólex “regalado” era una antigua joya de familia y, más tarde, negó en mil idiomas que se hubiera hecho una cirugía plástica que la alejó de sus funciones por varios días. Su sucesor, pescado in fraganti en la empresa clausurada de su amigo Zhihua Yang, sale con que fue allí “a comprar caramelos”. ¿Qué tan protegidos por sus amos del congreso se creerían estos dos? O, lo que es más probable, ¿qué tan idiotas pensarían que somos los peruanos?
La única diferencia entre ambos títeres del pacto mafioso es que, mientras Dina, abrumada por el rechazo ciudadano, prefería evitar las entrevistas cara a cara y expresarse, a lo mucho, con aburridos comunicados a la opinión pública, nuestro pequeño Pinocho tiktokea, tuitea y da la cara en entrevistas, pero con tanto cinismo y falta de respeto a la opinión de la ciudadanía que es indudable que su todavía apreciable popularidad se irá desmoronando con el paso de los días y de la campaña electoral.
¿Durará Jerí tanto como duró Dina, la presidente que más ha permanecido en el cargo desde 2016? Difícil. Hay diez candidatos presidenciales en el Congreso que no pueden mostrar pellejo de chancho a la hora de justificar las metidas de pata de su ahijado. Si bien la campaña todavía no calienta, lo hará pronto y ellos tendrán que responder por lo que parieron sus bancadas. Ese será el momento en que le bajarán el dedo, cual nerones en el coliseo romano. Y entonces nuestro Bukele de Temu tendrá que irse rapidito en puntitas de pies.

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