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Opinión

El mundo está cambiando, y cambiará más, por Javier Herrera

"El sistema internacional atraviesa una transición estructural caracterizada por el declive relativo de la hegemonía estadounidense, el ascenso de China como potencia sistémica y la erosión del orden liberal multilateral construido tras la Segunda Guerra Mundial".

El mundo está cambiando, y cambiará más, por Javier Herrera
El mundo está cambiando, y cambiará más, por Javier Herrera

Hace casi 60 años, el célebre grupo musical Los Iracundos daba cuenta de un mundo que cambiaba y presagiaba que seguiría cambiando. La transición hacia un nuevo mundo atravesaría, según la letra de la canción, por un momento en el que “el cielo se está nublando hasta ponerse a llorar”. Ese llanto no era otra cosa que la lluvia que caerá, luego de la cual “vendrá el sereno”. No podemos decir lo mismo acerca de las actuales y preocupantes transformaciones estructurales, pues no está claro que luego de la tormenta emerja un orden seguro, más estable o previsible.

El sistema internacional atraviesa una transición estructural caracterizada por el declive relativo de la hegemonía estadounidense, el ascenso de China como potencia sistémica y la erosión del orden liberal multilateral construido tras la Segunda Guerra Mundial. Este proceso no ha dado lugar a un nuevo equilibrio, sino a un escenario de competencia estratégica, fragmentación normativa y creciente centralidad de los recursos naturales, la infraestructura y las cadenas de suministro. Se trata de una transición marcada por el debilitamiento del multilateralismo, el auge de democracias iliberales, la multipolaridad económica, un nuevo imperialismo y la erosión de las soberanías nacionales.

En este contexto, América Latina ha adquirido una renovada importancia geopolítica, no como escenario de confrontación militar directa, sino como espacio funcional de la disputa hegemónica entre Estados Unidos y China. La región se ha convertido en un territorio estratégico para el control de recursos críticos, corredores logísticos y nodos de infraestructura, en un mundo donde el poder ya no se ejerce primordialmente mediante la ocupación territorial, sino a través del control estructural de flujos económicos e influencia política.

El argumento central es doble. Primero, que la política china hacia América Latina, formalizada en el Documento sobre la Política de China hacia América Latina y el Caribe (Libro Blanco), constituye una doctrina coherente de proyección de poder geoeconómico. Esta se basa en la conectividad, el aseguramiento de recursos estratégicos y la integración vertical de cadenas de valor, legitimada discursivamente a través de la narrativa del Sur Global. A diferencia del imperialismo clásico, esta estrategia no requiere alineamientos ideológicos explícitos ni presencia militar directa. El control se ejerce a través de nodos logísticos, activos estratégicos e integración vertical de cadenas de valor.

Segundo, que Estados Unidos ha respondido reactivando la lógica de la Doctrina Monroe —rebautizada por Trump como “Donroe”— bajo una modalidad de hegemonía defensiva. Aunque su formulación clásica ha quedado obsoleta, su lógica subyacente persiste: América Latina continúa siendo concebida como un espacio que no debe caer bajo la órbita de una potencia rival, particularmente China. La National Security Strategy de 2025 explicita que la competencia con China se extiende a regiones tradicionalmente consideradas estables para los intereses estadounidenses.

Las presiones de Washington sobre Panamá para forzar la ruptura de acuerdos con empresas chinas vinculadas a la administración del Canal ilustran esta estrategia de contención. Algo similar ocurre con la preocupación expresada por altos funcionarios estadounidenses respecto al control del puerto de Chancay por parte de Cosco, así como con la propuesta del Departamento de Estado (y no de una empresa privada) de construir una nueva base naval en el Callao. El Perú aparece así integrado materialmente a la competencia hegemónica, pero sin una estrategia nacional propia.

La reciente intervención militar estadounidense en Venezuela ilustra tanto este giro estratégico como el debilitamiento de las normas internacionales. Más allá de los argumentos esgrimidos —narcotráfico, ilegitimidad electoral o restauración democrática—, el propio Trump reconoció que el objetivo central era el control del petróleo de Venezuela, país que alberga las mayores reservas del mundo. Al mismo tiempo aseveró que ello permitirá a las principales compañías petroleras americanas de invertir en la extracción de petróleo venezolano, pero ellas no lo consideraron oportuno, dado el contexto político y del mercado mundial. La verdadera razón tampoco parece ser esa. Paralelamente, la armada estadounidense ha interceptado buques petroleros con destino a China y países rivales, en un contexto en el que Beijing ha prestado a Venezuela cerca de 160 mil millones de dólares, asegurando el pago mediante el suministro de crudo. Venezuela exporta el 35% de su petróleo a la China, lo que representa el 5% del total del consumo de la China. De esa manera China se aseguraba del aprovisionamiento de petróleo, eje central de su   estrategia de largo plazo. El motivo de fondo parece ser de debilitar la estrategia china de aprovisionamiento de recursos estratégicos y ahondar la estrategia de “contención” de la expansión de los intereses chinos en esta parte del hemisferio, disminuyendo su influencia económica y política.

La multipolaridad económica se expresa con claridad en los flujos comerciales. En los últimos 25 años, el peso de Estados Unidos en el comercio latinoamericano cayó del 42.4% al 36.6%, mientras que el de China aumentó del 5.9% al 17.3%. En el caso peruano, el cambio ha sido aún más pronunciado: China pasó de representar el 8.8% del comercio en 2004 al 31.6% en 2024, mientras que Estados Unidos redujo su participación de 24.8% a 15.1%. Empresas chinas tienen un peso significativo en la extracción de cobre y hierro, que representan cerca de un tercio del valor de nuestras exportaciones. Al mismo tiempo, el país se ha incorporado a la Iniciativa de la Franja y la Ruta, uno de los pilares del proyecto chino de largo plazo para asegurar recursos, mercados y cadenas de suministro estables.

La transición del orden internacional liberal hacia una configuración multipolar ha reactivado la competencia hegemónica entre Estados Unidos y China, desplazando el eje del conflicto desde el plano militar hacia el control estructural de recursos naturales, infraestructura y cadenas de suministro. En este contexto, América Latina —y en particular el Perú— se ha convertido en un espacio estratégico clave, no como teatro de confrontación directa, sino como territorio funcional de la disputa. El desafío para el Perú no es elegir entre dos potencias, sino recuperar capacidad estratégica. Sin ella, la integración a la Ruta de la Seda corre el riesgo de reproducir un patrón histórico: abundancia de recursos, pero escasez de soberanía efectiva. Ello exige una política nacional de recursos críticos, una diplomacia económica multipolar activa, una estrategia de industrialización selectiva, una gobernanza sólida de la infraestructura crítica y el fortalecimiento de la capacidad estatal de planificación Churchill decía que siempre se puede contar con los estadounidenses para hacer lo correcto, luego de haber intentado todo lo demás. El problema es que, en un contexto de auge de democracias iliberales y competencia hegemónica sin reglas claras, las grandes potencias pueden arrastrar al sistema internacional a una espiral que termine de pulverizar los mecanismos de convivencia y resolución pacífica de conflictos. Se vienen tiempos recios.

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