
* Por José Antonio Vallarino V., Arquitecto, docente, miembro de la AEA (Asoc. Estudios de Arq.) y del CAP (Colegio de Arquitectos del Perú)
Leyendo los comentarios que se han escrito en defensa del nuevo terminal del Aeropuerto Jorge Chávez —celebrando, por ejemplo, que se demoraron poco en pasar por migraciones, que sus maletas salieron pronto o que ahora existe un lugar agradable para comer—, me llamó la atención que buena parte de esas opiniones estaban dirigidas contra quienes hemos criticado esta infraestructura desde diferentes puntos de vista: fallas operativas, instalaciones de dimensiones reducidas, acceso vehicular con señalización deficiente, ingreso peatonal imposible o, incluso, la percepción de que se trata de un edificio de escaso valor arquitectónico.
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Me encuentro entre quienes han cuestionado la arquitectura del nuevo terminal, convencido de que los problemas operativos serían transitorios y que solo era cuestión de tiempo para que los sistemas se afiataran, como parece que efectivamente ha ocurrido. Por eso quisiera concentrarme en la idea desde la cual sostengo que esta terminal es, en realidad, una oportunidad perdida.
La arquitectura puede abordarse desde múltiples perspectivas: la funcional, la formal, la constructiva, la económica. Pero también desde aquella que se interesa por el mensaje que un edificio transmite. Para ello se suele considerar dos planos de “lectura”: el mensaje mediante el cual el edificio comunica lo que es, y el simbólico, que explica su significado.
Todas las edificaciones explican lo que son: cómo funcionan, por dónde se accede, cómo se iluminan, qué espacios principales contienen, de qué manera se protegen del clima. Estos códigos, fáciles de entender, permiten reconocer sin dificultad si se trata de una iglesia, un edificio de oficinas o un almacén.
Pero los edificios no solo comunican su uso; poseen, además, un aspecto simbólico que incluye el significado emocional y cultural que representan. Algunos edificios son limitados en sus mensajes y generan escasa identificación. Otros, en cambio, elaboran mensajes más complejos —palacios, estadios, sedes institucionales— que, a través de sus formas, materiales y dimensiones, buscan transmitir los valores de sus propietarios o mandantes. Valores legítimos o no tanto, pero que exigen ser representados con un lenguaje que excede lo puramente funcional. El Palacio de Justicia es un buen ejemplo: más allá de su operatividad, transmite solemnidad y poder. Algo parecido ocurre con ciertos edificios institucionales o residenciales, que tratan de comunicar aspiraciones más profundas que simplemente resolver un problema de uso.
El aeropuerto de Lima, como la mayoría de terminales que dan acceso a grandes ciudades, no solo comunica su funcionalidad a través de elementos característicos —mangas de embarque y desembarque, salas de espera, estacionamientos, accesos principales—, sino que, sobre todo, constituye un símbolo de la ciudad y del país que representa. Es el “vestíbulo” de ingreso a la capital, como lo es el zaguán de una casa: un espacio en el que se concentran los mejores muebles y adornos para transmitir a los visitantes la importancia que se les otorga.
Por eso, al intentar descubrir cuál es el mensaje que transmite el nuevo terminal al recibir al visitante, resulta difícil reconocer qué elementos espaciales y materiales buscan traducir la bienvenida a un país con tantas fortalezas y valores como el Perú.
El simple hecho de haber mencionado que el terminal está inspirado en el colibrí de las líneas de Nazca revela que se aspiraba a algo más que a un conjunto de ambientes de tránsito: se quiso enlazar con nuestro pasado único. Pero, lamentablemente, ese propósito no se percibe en el resultado final.
Las críticas, entonces, no se centran en si se resolvieron mejor o peor algunos aspectos constructivos —como un techo metálico sin mayores aspiraciones— o espaciales —el tamaño de las salas de embarque o los baños—, ni en los materiales desnudos. La verdadera crítica es que esperábamos que el edificio fuese un lugar excepcional, en el que los peruanos pudiéramos reconocernos y que permitiera a los extranjeros percibir que nos importa recibirlos de la mejor manera posible. Y eso rara vez se logra siendo demasiado prudente, limitado o mezquino en las dimensiones, en la selección de los sistemas constructivos o en los materiales empleados.
No se trata de una cuestión de gustos, como algún abogado atrevido ha escrito con soltura. Se trata de un edificio que nos pertenece a todos, del que esperábamos sentirnos orgullosos, y cuya lectura transmitiera una percepción de los valores que tenemos y de lo que somos. Queríamos generar un legítimo asombro. Pero lo que tenemos es un edificio discreto, sin pretensiones de grandeza, que por fuera se asemeja demasiado a un gran almacén y, por dentro, a un mercado bien decorado.
Tal vez no se trate tanto de lo que es, sino de lo que esperábamos que fuera.

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