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Opinión

Nueva importación: Gringolandia prisoners, por Mirko Lauer

El Perú no tiene por qué entrar a formas de diplomacia carcelaria, y más bien debería dedicarse a establecer cárceles más eficaces y humanas. 

Mirko Lauer
Mirko Lauer

Mientras este gobierno reconoce el tremendo hacinamiento en nuestras cárceles, y no hace mucho al respecto, algunos funcionarios juegan con la posibilidad de subcontratar a Donald Trump estas mismas prisiones que no se dan abasto. La sola posibilidad es dantesca y evoca la idea del campo de concentración, de la justicia como universo concentracionario.

El presidente salvadoreño Nayib Bukele se ganó la gratitud de un pueblo víctima de sanguinarias bandas asesinas. Pero, a la vez, un exceso de celo carcelario lo ha convertido en el creador de un modelo de negocio estatal en países con bandas criminales. Los crímenes son reales, pero las penas y las prisiones tienen un cierto tufo a linchamiento.

¿Por qué Trump quiere enviarnos a sus delincuentes condenados cuando las prisiones privadas son un negocio en 28 estados de su país? Podría ser por un cálculo de precios, o una visión de tipo que los latinos encarcelen a los latinos, o porque los propios gobiernos latinos ven en ello una oportunidad de mejorar sus cárceles.

Siempre hay otra cosa detrás de una deportación a un campo de detención. Durante la Segunda Guerra, Washington se llevó alemanes y japoneses para tener algo que canjearle a esos países por ciudadanos o prisioneros de guerra estadounidenses. En nuestro caso eran ciudadanos peruanos, pero eso no pesó nada a la hora de deportar. La guerra es la guerra, pero el episodio fue sombrío.

Hoy las relaciones entre republicanos bajo Trump y los latinos de EE. UU. son complicadas. Los inmigrantes ilegales no son lo mismo que delincuentes, pero la necesidad de expulsarlos del país es intensa. ¿Por qué? Trump lo ha pedido, y lo sigue haciendo. Así, se va criminalizando la latinidad, pero no se le quiere en cárceles del norte.

El Perú no tiene por qué entrar a formas de diplomacia carcelaria, y más bien debería dedicarse a establecer cárceles más eficaces y humanas. Las penas de nuestros códigos no son formas de maltrato, sino solo de apartamiento de la sociedad. Eso, y evitar que los criminales manejen las cárceles con la complicidad de sus custodios.

A juzgar por las fotos, las cárceles de Bukele dan la impresión de funcionar porque son aterradoramente pulcras. Las cárceles peruanas son, además de hacinadas, escenarios de desorden, desaseo y suciedad. Cualquier privilegio produce un apartamiento de esos espacios. Podemos imaginar prisiones diferenciadas para reos de otras nacionalidades.

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