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Opinión

Vargas Llosa y la utopía de la unidad, por Juan Carlos Soto

“Varios proyectos de irrigación han fracasado por las discrepancias regionales; ‘el agua es mía y no me la tocas’”.

larepublica.pe
“Varios proyectos de irrigación han fracasado por las discrepancias regionales; ‘el agua es mía y no me la tocas’”.

Leo la última novela de Mario Vargas Llosa. No es su mejor ficción. El mismo autor ha puesto una valla alta con La casa verde, Conversación en La Catedral o La guerra del fin del mundo. Sin embargo, en las primeras páginas de Le dedico mi silencio recorre un deseo sano, la utopía del Perú como unidad.

Es una utopía; en más de 200 años de república el disenso se impuso al consenso. El personaje principal de la historia, Toño Aspilcueta, es un cronista gris de música criolla que escribe una biografía de Lalo Molfino, guitarrista chiclayano excelso. Además de seguir la pista de Molfino, Aspilcueta concluye que la música criolla, el valsecito de letras huachafas que se escucha en costa, sierra y selva, puede convertirse en un elemento de reconciliación.

Parece una tesis disparatada, pero en algún momento, en la realidad, la selección peruana de Ricardo Gareca o los éxitos internacionales de la cocina peruana se convirtieron en símbolos potentes de identidad nacional.

Perú es un país extraordinario, la naturaleza lo ha dotado con una variedad de recursos naturales increíbles. Su gente, el ciudadano de a pie, tiene una capacidad de resiliencia para sobreponerse a los cabes de su clase política o a los desafíos climáticos. Sin duda, un capital precioso. Sin embargo, nuestro emprendedurismo sirve solo para resistir y no hay inventiva para convertirnos en una nación sostenible en el tiempo. Faltan los planes, las hojas de ruta.

Chile da sana envidia, en la última convención minera varias compañías contaron sus experiencias en el norte chileno: ante la falta de agua desalinizan el mar y la energía eléctrica se obtiene de la radiación solar.

En el sur peruano, el 80% del agua de las lluvias la tiramos al mar, no tenemos represas, varios proyectos de irrigación han fracasado por las discrepancias regionales; “el agua es mía y no me la tocas”, se esgrime como argumento ante un Estado débil. La novela de MVLl vuelve a poner en agenda esta utopía, la unidad del Perú, la construcción de un Estado-nación reconciliado. Lo plantea un creador cuya obra estuvo marcada por el escepticismo.

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